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Ponele las ventosas al hombre invisible

viernes, 18 de junio de 2021

Verano del 99

 La primera vez que me tocó viajar adelante en el asiento del copiloto tenía 4 años. Habíamos ido de viaje con mi papá a Mar Azul, a un camping que tenía salida directa al mar. Íbamos a estar solos 3 o 4 días y después llegaba su amigo Sergio con su hija, Macarena. Eran las primeras vacaciones sin mi mamá. 


El camping era gigante. Hicimos un asado ni bien llegamos y yo junte tres tipos de herramientas para prender el fuego: pinochas, ramitas y piñas. Las separé en tres bolsas de nylon diferentes. Mi papá me explicó que las piñas eran las que mejor prendían el asado y me enseñó cómo ubicar todo para que se prenda bien el fuego. Sacó del baúl del auto unos diarios viejos y también los acomodó en la montañita antes de tirar el fósforo. Después jugamos con las pinochas a hacerle preguntas y el que se quedaba con el lado del cabito ganaba. Las preguntas tenían que poder responderse  con "quién va a ...". Yo preguntaba cada dos por tres cuándo llegaba Macarena y mi papá me decía que eso no podía responderse con la pinocha, que respetara las reglas del juego entonces empecé a hacer preguntas para perder a propósito, tipo “quién va a lavar los platos, quién va a juntar la carpa cuando nos vayamos”. A mi papá no le molestaba perder conmigo. Después de un rato el fuego encendió. Me encantaba ver cómo las letras del diario se quemaban y los hechos del pasado se hacían materiales para mi comida. Era una mezcla de naturaleza y cultura contribuyendo para que cenáramos bien esa noche. Mi papá tomó vino y yo soda. Después de un rato tiró la carne y un poco de pan. Me explicó cómo hacer para que no se arrebatara la carne, o sea que no se queme de afuera sin que por dentro esté cocida. Yo prestaba mucha atención a las indicaciones, en ese momento, aunque después me las olvidé y la primera vez que hice asado, ya de grande, lo llamé para preguntarle.

Cuando la carne empezó a largar olorcito rico y se hicieron los choris se hizo de noche. “Pa, ¿por qué en verano se hace de noche más tarde?” Tuve mi primera clase de geografía prematura en ese momento. Fue breve, porque estábamos comiendo y nos distraíamos hablando de otras cosas. Terminamos de comer y nos fuimos a dormir a la carpa. Me daba miedo la oscuridad del camping a la noche, por eso mi papá me dio dos linternas: una para la muñeca, que se ataba con una gomita elástica muy canchera y una para la cabeza. “No me apuntés la luz a la cara” me dijo antes de ir a dormir en la carpa. Le pregunté qué pasaba si se largaba a llover, y me dijo que nada. Que la carpa estaba bien armada. Escuché unas gotitas, insistí con el tema del agua y la lona de la carpa, y que realmente me preocupaba que se mojaran todas nuestras cosas. “No, no va a llover. Debe ser el rocío, dormite”. 

  

Macarena era dos más grande que yo, altísima, rubia. Sergio y papá se conocían del trabajo, hace muchos, muchos años. Habían arreglado vacaciones juntos a último momento. Mi papá me consultó antes de confirmarle. Siempre me trató como una igual, tuviera la edad que tuviera. Por eso no me sorprendió cuando me sentó en el asiento del copiloto, abrochó mi cinturón de seguridad y ordenó: "mira bien al frente y si ves que viene un auto muy cerca, gritá". "Papá, ¿estás enojado?" Le pregunté. "No, estoy asustado". Me dijo. Manejó todo el camino de Mar Azul a Villa Gesell muy despacio. 

Yo nunca había puesto tanta atención a algo como ese día. Ni siquiera la noche anterior con las herramientas para el fuego. Ni siquiera años después el día que rendí mi primer examen para el ingreso al secundario. Ni muchísimos años más tarde, el día que me recibí en la facultad. Nunca estuve tan concentrada como esa tarde.

 

Cuando llegamos a la farmacia papá entró tanteando con los brazos al frente. Tenía un ojo cerrado, era el que no veía. Pidió dos lentes de contacto y le mostró una cajita a la farmacéutica. Otro igual pero del izquierdo. 

La chica nos miró raro. Yo le rogué con los ojos que nos diera lo que mi papá le pedía. No había forma de que las vacaciones se salvarán después de eso. Íbamos a tener que volver manejando lento por la ruta hasta Buenos AIres, mi papá medio a ciegas y yo de copiloto responsabilisima. No me iba a poder distraer ni medio segundo. Durante el viaje de ida básicamente había dormido, pero también había cantado algunas canciones y mirado la ruta. No con atención por si venían autos y nos chocaban, sino disfrutando de las vacas y las cosas que había en el camino. Aunque tampoco había demasiado. Después pensé que quizás mi papá me podía enseñar a manejar, aunque estando sin ver de un ojo iba a ser difícil. Un sinfín de posibilidades sucedieron por mi cabeza en una milésima de segundo, en el tiempo que tardó la chica de la farmacia en ir al fondo y volver con los lentes de contacto.

"Solo vienen de a pares... ¿Tienen receta?".

No, no teníamos. "¿Por qué todo siempre viene de a pares, o para pares?" Pensaría unos años, varios, después, cuando ya vacacionara sola y no en carpa, en un hotel, también en la playa. 

Mi papá sacó la billetera y preguntó si aceptaban tarjeta de crédito. "Despedite del asado por el resto de la semana" me dijo cuando volvíamos en el auto. Yo ya estaba en el asiento de atrás, como correspondía. Papá manejaba más rápido, escuchábamos Los Visitantes en el estéreo del auto, también como correspondía. 

Era el verano del 99 y todo había vuelto a la normalidad: papá veía de los dos ojos, carne 1 vez por semana con suerte. Yo escarbaba sobre la bolsa con casettes y pregunté si podíamos escuchar Locos Recuerdos. Mi papá me dijo que dejáramos Maderita entero. "¿No te acordás que fuimos el año pasado con tu mamá a ver al Palo Pandolfo y a Los Visitantes? Estuviste revoleando la remera toda la noche como la Sole." Abrí los ojos como platos y le pregunté qué remera. Mi papá dudó y se rascó el bigote. “No sé. Una remera”. “Por qué yo tenía una remera? Quién estaba desnudo?”. “No sé, Zoe, ¿no te acordás del show?”. Yo no me acordaba pero mentí y dije que sí. Pero que no entendía lo de la remera. Estuve todo el resto del camino preguntando, tanto que mi papá lamentó mucho haber mencionado el detalle de la remera. 


Macarena llegó dos días después. Tenía unas zapas blancas, sin ningún tipo de mancha de nada, casi nuevas. Corrió a saludarme y me mostró un manojo de pulseritas hechas con hilo encerado que había tejido en el camino. "¿Querés que te enseñe?". Yo obvio que quería. Sergio dijo de hacer asado y papá le contó lo de los anteojos que se perdieron, el lente que se cayó y los nuevos lentes de contacto. Ahí ya era una anécdota graciosa, él contaba riéndose que no sabía cómo hacer y me puso a mí a hacerle de copilota. Sergio se rió, dijo que Macarena ya viajaba adelante hace un año y se ofreció a pagar el asado. Con Maca nos fuimos unos metros aparte. 

“Pone las dos manos así” me dijo. Así cómo. “Así”. Me colocó una al lado de la otra con los dedos bien separados. Entretejió el hilo encerado en las falanges y me explicó cómo hacer el punto que se llamaba “espiga”. Le pregunté por qué se llamaba así. Macarena se rió y dijo que ni idea. Estaba muy cerca mío y podía sentir que tenía aliento a chicle de frutilla, riquísimo, pero no me animé a pedirle que me convide uno. Hizo ella un par de puntos como ejemplo. Había elegido para mí el hilo verde y el azul, aunque yo quería el rojo con el violeta. Yo prestaba atención, mucha, pero no lograba retener la secuencialidad de los movimientos. “A ver ahora probá vos”. Intenté y no me salió, el nudo se torció y en lugar de la espiga prolija que había hecho Maca quedó como si fuera un cono torcido. Macarena se rió a carcajadas."Ay nena qué torpe que sos". 

Se sentó en el piso con las piernas cruzadas y sacó de su mochila una caja gigante con mostacillas y tanza. “Proba con estos, a ver si te sale mejor. Solo tenés que meter las mostacillas en el hilo, ¿ves?”. Me mostró un collar ya hecho de ejemplo. Macarena tenía ejemplos re lindos para todo. Yo no tenía ninguna pulcera de ningún tipo. Usaba una vincha amarilla que me tiraba el pelo para atrás, la bikini negra y rosa (la parte de abajo negra y la parte de arriba rosa), y eso era todo. Tenía unas skippies medio gastadas, ya bastante viejas, y me quedaban algo chicas.  

Todavía tenía enredado el hilo encerado entre los dedos y, sin sentarme, vi a Macarena desde arriba. Ela sentada y yo parada qeudaba yo más alta y sentí, por un momento, que tenía el poder.

— Dale, vení — Me dijo. Como me puse nerviosa no tuve mejor idea que llevarme todo el hilo encerado de las manos a la boca. 

Macarena puso cara de asco. "No es para comer" me retó, indignadisima, puso una cara de seria muy parecida a la que ponía mi mamá cuando se enojaba. Si había algo que no iba a extrañar en lo absoluto eran los retos de mi mamá. 

Como me puse nerviosa empecé a masticar el hilo compulsivamente, frenética, ansiosa, la angustia oral de una nena qué 9 años más tarde conocería el pucho y no lo soltaría nunca más. Macarena me miró un rato más, todos los reproches del mundo entero cargados en sus ojos, mientras yo masticaba. Aunque estaba sentada y yo parada, parecía ahora ella más alta que yo.

Después se cansó de esperar que me siente frente a ella y se puso con las tanzas, muy concentrada. El hilo se había hecho una pasta en mi boca y empezaba a deshilacharse. Cuando empecé a sentir los rastros de cera entre los dientes me senté en frente de Maca y la vi hacer. Me parecía magnífico que fuera tan buena con las manualidades. Todavía con mi chicle-hilo en la boca agarré una mostacilla pero se me cayó al pasto y se perdió entre las hormiguitas que me daban pánico. Maca se río de nuevo, aunque no me miraba "dejala, tonta, agarra otra, mirá tengo miles mil quinientas millones". Me mostró la cajita donde guardaba las mostacillas. Era una caja con más o menos veinte casilleros donde las mostacillas estaban divididas por color. Había de todos los colores, y más. Incluso colores tornasolados, que eran las que tenía Maca en la punta de los dientes, esperando ser enhebradas en su nueva pulsera. Intenté contar la cantidad de mostacillas. "Seguro no son tantas" le dije con la boca llena de chicle-hilo. "Sacate que no te entiendo, tarada". Escupí al lado mío el cacho de hilo encerado. No era buena con las manualidades pero sí era muy buena escupiendo. Más adelante desarrollaría mejor la habilidad del garso, pero hubo un gesto fundacional ahí. Me quedaron los dientes con cera, la boca toda pastosa y me dio tanta vergüenza que salí corriendo. 

Cuando llegué al sector de las carpas papá y Sergio conversaban tomando vino, uno frente a otro. Sus piernas se tocaban y parecían una pierna sola. Me acordé de un documental de nenitos siameses que había visto unos meses antes. Me dio tanto miedo que no había podido dormir por varias semanas. Mi papá se enojaba cunado me pasaba a la cama, pero después de unos días terminó pereciendo y dejándome dormir con él. 

Sergio se paró cuando me vio llegar y me dijo que la llame a Macarena, que estaba la comida. Le dije que no con la cabeza. “Dale, Zoe, ¿qué te pasa?” dijo mi papá. Entre él y Sergio se miraron raro. “Tuve un problema con el hilo encerado” les dije. No podía explicar con palabras toda la situación del nudo espiga, el chicle, las mostacillas perdidas entre las hormigas. Sergio se rio, parecía aliviado. “No pasa nada, con el tiempo vas a aprender. Ella se hace la cachera ahora pero cuando era chica como vos tampoco sabía”. “Yo no soy chica” le dije y corrí a donde estaba Macarena: “te llama tu papá” le dije. Maca seguía en el piso con las piernas cruzadas como india y había avanzado un montón en la pulcera. “Cuando la termines me la regalás?” le dije mientras caminábamos hasta la parrilla. Había juntado todo tan rápido y prolijamente que no me había dado cuenta. Macarena me dijo que no, que me iba a hacer una más linda, de los colores que yo quisiera. “Yo soy de boca como mi mamá” le dije, “¿me podés hacer una de Boca?”. “Obvio, de los colores que vos quieras” repitió. Sergio nos esperaba con un choripán y un vaso de Coca Cola a cada una. 

Después de comer el asado Macarena me dijo de ir a caminar por el bosquecito que tenía el camping. “No vayamos muy lejos que me da miedo” le dije. “No pasa nada, no tengas miedo, estás conmigo”. Me agarró de la mano y me llevó por todos lados. Yo me sentía protegida, aunque seguía teniendo un poco de miedo porque si perdía de vista la carpa no iba a saber cómo volver. 

Maca -— le dije después de un rato ¿Nos estamos quemando con el sol?

Macarena miró hacia arriba y después hacia abajo intermitentemente.

-— No, no creo, hay un poco de nubes. ¿Vos cómo te llamabas?

Zoe

Me hizo gracia que después de casi un día entero recién me preguntara mi nombre, que encima ya lo re sabía porque nos habíamos cruzado un montón de otras veces, en un montón de otros lados: cumpleaños, fiestas, incluso me había quedado a dormir a su casa unas veces. De todos modos no le pregunté si no se acordaba o si lo decía para molestarme. En la escuela varias veces me hacían chistes para molestarme, o me preguntaban cosas que ya sabían porque les parecía divertido como chiste. Yo no entendía pero igual respondía. Nunca aprendí bien a defenderme. 

Cuando llegamos a una especie de médano lleno de pinocha vimos a unos nenes jugar con unos sapitos. Maca los agarró de a dos, uno con cada mano, y los revoleó por el aire. Los nenes se sumaron a la joda y empezaron a revolear sapos por ahí. Yo me moría de miedo que cayeran a la carpa de alguien, y además me daba mucha lástima por los pobres sapos que nada tenían que ver con ningún tipo de juego que pudiéramos hacer nosotros. Me dio tanto miedo que salí corriendo. Corrí para un lugar que creo estaba más lejos de la carpa. No se cómo llegué a la playa. No sabía cómo volverme entonces fui caminando hasta el mar. había bandera negra: era cuando estaba peligroso y no nos podíamos meter bajo ningún tipo de punto de vista. Me acordé unos días atrás, cuando nos metimos y a mi papá se le habían volado los anteojos. Salió arrastrándose de una ola gigante y yo pensé que se había perdido. Él, no sus anteojos. Después de que salió y tosió un poco fuimos con el guardavidas a preguntarle si había visto unos anteojos. El guardavidas se rió mucho, dijo que no, que seguramente se habían perdido en el mar. a mi papá no le hizo ninguna gracia. Esa misma mañana se le había perdido uno de sus lentes de contacto entre el pasto, tal como a mí hace unas horas se me habían perdido las mostacillas de Macarena. Me había parecido chistoso la legión de hormigas cargando un lente de contacto, transparente y pegajoso, pero a mí papá tampoco le hizo ninguna gracia. 

Cuestión que ahí estaba, mirando la bandera negra y recordando la ola y los anteojos volando por los aires cuando me di cuenta de que estaba perdida. No tenía ninguna forma de saber cómo volver, ni al camping, ni mucho menos a mi carpa, ni a donde estaba Maca con los chicos revoleando sapitos. No tuve mejor idea que sentarme frente al mar y empezar a hacer un pozo en la arena. Las uñas me quedaron llenas de pedacitos de cosas de la playa: caracoles, y otras cosas que no supe distinguir si eran parte de la arena o de la mugre que había. Estaba lleno de gente pero nadie me prestaba atención. Seguí cavando y cavando y cavando hasta que empecé a tener frío. Me acerqué a la garita del guardavidas, donde estaba el mismo señor que nos había cargado hace unos días. Me reconoció al segundo y me preguntó qué estaba haciendo sola ahí. Le dije que estaba cavando un pozo, y le mostré mi pozo, un metro más adelante. El guardavidas fingió asombro. Yo me daba cuenta cuando los adultos actuaban cosas para complacernos a los chicos. Se creían que no se notaba pero se les notaba todo. Y además se veían bastante bastante tontos haciendo de cuenta que distintas cosas cuando realmente les pasaba otra cosa. “¿Vamos a buscar a tu papá?”. Le pregunté si no podía probar meterme adentro del pozo, porque había sentido tanta vergüenza ese día con todo el asunto del hilo encerado y las mostacillas que lo mejor iba a ser quedarme ahí para siempre. Lo último no se lo dije, solamente lo pensé. El guardavidas dijo que mejor no, porque además ya se estaba haciendo de noche y se tenía que ir a su casa. Mientras caminábamos hasta el camping le pregunté si vivía con su mamá. El guardavidas se rió y me dijo que no, que vivía con su esposa y sus hijos. Le pregunté si todo el año vivían ahí o solo en el verano, y me dijo que sí, que todo el año. En Mar Azul a penas había casas. Solo camping, dos: donde estábamos nosotros, y uno más por el lado del centro. Frente a ese camping un super, y una heladería. Y listo. Eso era todo. Capaz el señor vivía en la heladería. Algunos negocios estaban hechos así, en al parte de adelante de las casas de la gente.

Por suerte no me preguntó si yo vivía con mi mamá porque iba a ser raro tener que explicarle todo el asunto. En el camino el mar empezó a hacer cada vez más ruido y se empezó a escuchar viento y sonido de truenos. Ahora sí iba a llover, y seguro mañana o pasado, cuando parara, habría mucho más sapos para que Macarena y sus nuevos amigos revolearan por todos lados.


Desde ese verano a mi lista de temores le sumé las palabras empezadas con "m": el mar, pero no cualquier mar, el mar picado de bandera negra cuando se aproxima una tormenta. La miopía. Una mujer a la que quise mucho (años, muchos, muchísimos años después, cuando Macarena y yo ya ni nos hablábamos) cuyo nombre empieza con M. La mentira, la mediocridad (no como concepto abstracto: volverme yo mediocre). Las mostacillas. 


Cuando llegamos al sector de las carpas del camping encontré a Macarena sentada de nuevo con sus mostacillas. No entendía cómo hacía para seguir enhebrando con la poquísima luz que había. Ni siquiera tenía una linterna. Le dije al guardavidas que ya estaba, que había encontrado a mi amiga. El guardavidas me dijo que me cuide y yo me quedé pensando cómo sería el mar en invierno, y a qué escuela iban sus hijos, pero no llegué a preguntarle.

 

Macarena me sonrió cuando me vio llegar. “Se está haciendo de noche, ¿volvemos?”. Le dije que sí con la cabeza. Cuando estábamos cerca de las carpas Macarena me frenó en seco, otra vez me habló a dos centímetros de la cara. "No digas nada, eh". Le pregunté qué cosa. "Lo que hicimos". Yo no entendía si hablaba de los sapitos o algo más que había pasado mientras yo no estaba. “¿Pero qué pasó?”. Macarena ni había registrado que yo había desaparecido durante un tiempo que para mí había sido muy largo, pero capaz era corto.  "Lo que vos hiciste, querrás decir". Espeté, en voz bajita, casi inaudible. Tenía miedo de que me ponga en su bolsa revoleasapitos así como así, cuando yo no había tocado un sapo en mi vida. "TODOS hicimos", enfatizó. Fue tajante. Dije que sí con la cabeza porque no quería discutir, estaba cansada, con mucho hambre y además un poco agobiada. 


Con los años aprendí muchísimas cosas. Volví a la playa muchísimas veces. Mar Azul cerró su camping gigante y dejó solo el chiquito del centro. Se fue llenando de casas, negocios medio hippies medio cools, y hasta hay un colegio. 


Sé hacer con las palabras, con la cabeza, con otras partes del cuerpo. Las manos (también palabra que empieza con M) nunca fueron mi fuerte y ya entrada en la adolescencia dejé de intentarlo. Aprendí a manejar a los diecisiete años gracias a que me enseñó un amigo, a quien le conté varias veces la anécdota del verano del 99 en el que debuté como copilota y ojos de mi papá por única vez. Después, más o menos a los diez, empecé a ver menos. Mucho menos, casi tan poco como mi papá, quien se fue quedando cada vez más solo y más ciego. 

Lo que nunca aprendí fue a cuestionar una orden de una mujer más poderosa, linda, ágil, habilidosa, inteligente, autoritaria y mucho, muchísimo menos miedosa que yo


domingo, 16 de mayo de 2021

Febrero, marzo, abril

 Febrero

Justo te recordé porque empecé a leer el libro que me regaló mi amiga la primera vez que fui a tu casa. En el comienzo leo el final. Pasé de largo aquellos poemas que hablan de la dicha o aquellos que hablan mal de los hombres, fui directamente a aquellos recovecos en los que el libro me hablaba directamente porque a veces me cuesta no ver la tristeza en todas partes, sobre todo cuando me acuerdo de vos, sobre todo cuando me acuerdo de una de nuestras últimas cenas. Charlamos de banalidades (lo que se nos da bien) mientras deshilachamos nuestra intimidad precaria, vos me das una hebilla y yo te doy un par de ojotas y así, la charla y la cena y cuando ya quiero (intento, erro) ser un poco más profunda, o más canchera, o más seductora, piso otra vez el palito. Me mostraste todo un espectro de placeres, y yo que soy porfiada en todo lo vinculado al deseo, perdí por goleada. Nunca supe enseñarte algo semejante. Nunca supe desconocerte y desquererte con la convicción que vos lo hacías. Nunca supe escribirte en un tono alegre, aunque en efecto, me hiciste muy feliz muchísimas veces. Nunca supe escribirte, de hecho, porque sabía que nunca, jamás de los jamases, me ibas a leer. Me endurecí y perdí la ternura. Ya se venció el plazo para dejar de estar triste y yo todavía tengo un gusto amargo en cada sector de mi memoria. Fueron muchos, agobiantes e inconducentes los diálogos, y a la vez, me quedó todo por decirte. Algún día, quizás, conversaremos. Por lo pronto quiero dejar de pensarme a mí misma como la víctima, porque soy mi propia victimaria. Te encarcelé en mi memoria, en un sector de biografía del que no dejo irte, y me acongoja pensar en la potencia de un futuro mejor en donde no estamos juntas. Ni física, ni mentalmente. No te pienso, no te recuerdo, no te lloro. Sé que ese futuro existe y está en algún lado pero me cuesta ser paciente. Nunca supe abrazar la calma y entregarme, sencillamente, entregarme a la espera. 

Me hubiera gustado no escribirte esto. Algún día voy a olvidarlo también, como toda nuestra historia y todos los momentos felices que tanto me pesan, sobre todo porque me acecha la duda de si fueron también felices para vos. No te lo pregunto ni te lo preguntaré. Todo lo que se dijo fue excesivo y lo que callamos me pesa. Quiero liberarte, librarnos de esta cárcel y no encuentro la clave, la cerradura, la estrategia, como no encuentro el mejor artilugio en el lenguaje para escribir sobre vos, sobre nosotras. 

Hace poco pasé por ese lugar donde fuimos a comer por última vez, y me imaginé que me veías. Yo estaba en el auto con una amiga, nos estábamos riendo. Si me hubiera dejado ver como era tal cual, quizás nos hubiéramos enamorado. Pero la tensión no me permitió hacer que me conocieras más y mejor. Ahora ya es demasiado tarde pero el error me pesa y lo padezco. 

Ya pasó más de un mes de la última vez que nos vimos. No sé qué habrás hecho con las velas para Januka, ojalá las hayas usado, ojalá que seas muy feliz.


Marzo

Hace un año nos íbamos de vacaciones juntas. No lo confesé nunca abiertamente, pero el viaje fue un desastre. No acostumbro a que las cosas me salgan mal, por eso cuando lo mencionaste al volver lo negué. 

Por primera vez hoy estuve contenta. De no estar juntas, digo. Me sentí relajada. Durante el día, comí pizza, dije tonterías con mis amigos. Lloré leyendo un libro, lo terminé, empecé otro. Me di cuenta de que estando con vos no lograba descansar bien. Obviamente esto no es tu culpa. Me pedías que me alejara de lo infantil y a la vez me reclamabas no tener sentido del humor, ¿cómo es eso posible si no hay nada más cerca de la infancia que el humor? Sé que debería haber sido más displicente y no intentar seguirte el ritmo, minuto a minuto, porque realmente sos incansable. Y por eso me gustabas tanto. Sé que la sensibilidad antigua y ansiosa tampoco maridaba bien con tu sensibilidad arenguera, maníaca y fogosa. Yo a veces realmente no soy de este siglo, creo que lo sabes, y aquella vez que lo mencioné lo negaste.

Somos más parecidas de lo que jamás podríamos aceptar la una frente a la otra. No lo digo yo, lo dice el mundo.

Echada en mi reposera de mi balcón piso 15 te dejo de ir de a poco. Primero me olvido de tu voz, después de tu cara, por último de las cosas felices compartidas.  El sentimiento de querer que estés acá compartiendo el momento conmigo se difumina y entreteje con otro distinto que no detecto del todo. Me quedo, por mi propio bien, con las cosas no felices y recuerdo ese poema de Blatt que dice "qué lindo todo lo que nos pasó, aun habiéndonos pasado cosas no tan lindas". Quizás alcance la tranquilidad, cuando acepte finalmente que la dicha que supiste traer a mi vida, con tan poco, con tan nada, no existe en otros lugares. Sé, de todas formas y porque no pierdo la costumbre de siempre salirme con la mía, proveerme mis propios placeres. Aquellos que no te nombran ni te tocan ni te recuerdan. Aquellos que son un tesoro mío, solo mío, que inventé yo, o que me regalaron otras personas. 

Mi balcón tiene una vista panorámica al Oeste de la ciudad, es una pena que no lo conozcas, aunque sé que preferís las casas bajas y el verde de un jardín ajeno. A la mañana hace mucho calor y una de mis plantas favoritas se queja. Le doy agua, la muevo de lugar, no hay caso, quiere estar adentro. Yo la entiendo, quizás, porque la bauticé "el dementor" entonces la luz no le hará tan bien. La calathea tiene unas manchitas preciosas. La begonia a veces parece triste, pero cuando le da el sol brilla. A mí la luz me encanta. Cuando comienza a oscurecer se prenden todas las luces de todos los balcones de la ciudad, hay una hora en la que realmente pareciera que estuviéramos todos los porteños participando de la misma liturgia. 

Hacer la cena, tomar una cerveza, ver una película. Una liturgia cotidiana en la que estás ahora realmente muy lejos. Más lejos, quizás, que nunca. 

Ni un sólo día que no estuvimos juntas dejé de extrañarte. Me aterra la idea de que tengas un recuerdo torcido de mí, que no hayas llegado a conocerme mejor. Siempre es insuficiente, porque soy insaciable. Ya me lo decía una conocida el otro día. 

No quisiera borrar con el codo todo lo que supimos escribir con el resto del cuerpo.

Se van las cosas que tengo ganas de contarte todos los días, la idea de un futuro de compañerismo que nunca fue posible ni existió. Me hubiera gustado ser suficiente, que me quisieras lo suficiente. Te recuerdo tan linda, echada en el balcón con la merienda. Te creí todas las veces que me dijiste que no ibas a irte, te dejé ir todas las veces que me pediste que me fuera.


Abril


Durante aquellos meses las campanas de la iglesia sonaron a destiempo. A veces dos, a veces tres veces por día, a veces ninguna. A las 18:45, sin embargo, tocaban una melodía que anunciaba la misa diaria. La luz de la cúpula titilaba con la misma intermitencia impredecible que el sonido de las campanadas. Fue una buena forma de perder el registro del paso del tiempo. El sonido me hacía acordar al del reloj del living de la casa de mi padre, a dos estaciones de subte de la mía. Hace ya tiempo no vivía ahí, pero el sonido había quedado guardado en mí memoria, y eso que suele ser de las primeras cosas que olvido. El sonido de una voz, de una risa. No así el tacto ni la forma de las manos de la gente a la que quise mucho. 

Una noche de aquellas donde todavía hacía calor en una charla de balcón mientras fumábamos una amiga dijo que ahí en frente estaban en una fiesta. No entendí si lo dijo en chiste, pero simulé que si. "La joda del niño Jesús" le contesté.

Esa noche nos detuvimos a comentar acerca del ruido de los murciélagos. A algunos se los escuchaba cerca y a otros lejos y empecé a dejar de tener tanto miedo a la oscuridad y a lo desconocido. 

Cuando era chica y todavía vivía con mi padre, a las doce de la noche, contaba las campanadas, mientras sonaban, una por una. Era como tomar asistencia. Tenía miedo de que algún día faltara alguna. Pero el sonido de las 12 en punto no me traicionaba. Mi fiel amigo en las noches de adolescencia y café noctámbulo se hallaba impoluto. Muchas veces conversaba con los amigos que me visitaban. "¿Cómo hacés para no asustarte cada vez que suena esa cosa?". "Es que ya estoy acostumbrada". 

Con los años me fui volviendo más asustadiza. El mar y los murciélagos son las cosas que más me dan miedo. También la muerte y estar lejos de mis amigas durante mucho tiempo. Lejos metafóricamente, quiero decir, o sea no hablar y llegar a un punto donde ya no nos entendamos. Suelen darme miedo las cosas con "m". 


Hace unos días arreglaron tanto la luz como las campanadas de la iglesia de en frente. La cúpula ya no titila y ni bien se pone el sol se enciende la luz, leal, hasta la madrugada, sin intermitencias. A cada hora, la cantidad de veces que suena aquel ruido estridente marca la llegada de un nuevo momento del día. A la noche se calla para dejarnos dormir. A las siete de la mañana vuelve a sonar. Siete veces. De ahí en más, una por cada media hora.  


El día que se vino a llevar los relojes el baúl del auto le goleó la cabeza. Le dije en chiste que era el fantasma de su padre que no le hacía gracia que sacara los relojes de su lugar. Al que no le hizo gracia el comentario fue a mí papá. Él se toma muy en serio el tema de la visita de los seres queridos que ya se murieron. No le tengo tanto miedo a los fantasmas como a la muerte. Pienso que es una especie de puente. Además mi papá dice que en tal caso, la casa donde yo vivo no es su lugar original. El lugar original ya no existe. La relojería la vendieron hace muchos años, incluso antes de que yo naciera. 

Así que de ahí la tara de querer encapsular, como en los relojes, el sonido como efecto del paso del tiempo. Tengo en mi almanaque el día que nos conocimos, y el día que nos dejamos de conocer. Mejor dicho, los días. Todas las veces, una por una, si hago un poco de esfuerzo puedo recordarlas. Es que una se acuerda de las fechas terribles y no de los momentos bonitos. No tengo recuerdos de fechas concretas de algún día que hayamos ido al cine. Sé que estuvimos de viaje de tal día a tal otro, pero no tengo en mi memoria todas las veces concretamente que nos dormimos abrazadas, o que te dije que te quería, o que me dijiste que vos también. Ni me acuerdo con certezas de todas las llamadas telefónicas (aunque en eso me podría ayudar el celular). Quisiera que hicieran conmigo lo que con la iglesia de enfrente. Que arreglaran mi luz intermitente de una vez y se vaya esta inconstancia de mi cabeza. Que se queden en los lapsos entre una hora y la otra lindos sonidos (como el de tu risa o el de las veces que pronunciabas mí nombre), o que no quede nada. Que te vayas de una vez y para siempre de mi cabeza, de los recuerdos más bellos y podamos decir "ahí están de fiesta". Y que no sepamos si hablamos o no en serio, pero que eso no sea importante. 

Quisiera mostrarte lo linda que va la vida y lo bien que se pusieron el tiempo y el espacio en el mes de abril. A l mañana hace calor. A veces me levanto temprano y tomo sol en el balcón. A las 8 de la noche todo cierra. El club de enfrente donde de chica practicaba natación apaga sus luces. La ciudad intenta sobrevivir como yo a pesar de tu ausencia. Agrego uno a mi lista de miedos: que te olvides de mí, que un día abandones la inconstancia, y que no sea conmigo. Que en a tu luz intermitente se le escape mi nombre y todas las fechas y todos los rincones de la ciudad donde alguna vez tomamos café.


sábado, 10 de abril de 2021

Raquelita III


Las escaleras bajo sin mirar

Mi mente quiere quedarse en las desgracias

¿Qué hiciste entonces cuando todo estaba?

Esta ciudad solo muestra el sol en las ventanas.


Hoy volví a ver a Raquelita después de un año y dos meses. Tenía puesta una blusa de flores, un saquito negro de lanilla y un pantalón rojo. En el hogar pusieron una especie de cabina. Al entrar te dan unos guantes gigantes, un barbijo y te obligan a rociar con alcohol todas las cosas que llevás puestas. En la cabina que separa el exterior y el interior del hogar hay huecos para poner los brazos y abrazarse con la persona que está del otro lado. Es entre bizarro y penoso. En general no fui muy de abrazar, nunca, sin pandemia tampoco lo era. La cosa corporal afectiva me cuesta un poco. “Qué linda blusa, abuela” le digo ni bien entro. “Me la puse para vos” me dijo, Raquelita, sonriente. “Mostrame fotos del departamento, dale, no me digas que tiraste los canteritos, ¿por qué comés sola en el balcón? ¿Así que ahora los muchachos cocinan? Cuando yo tenía tu edad solo cocinábamos nosotras. ¿Y está yendo el fumigador? ¿qué pasó con Enrique, el encargado? Dale mostrame más fotos, a ver cómo quedó, mirá qué luminoso que está con las paredes blancas. La televisión asusta mucho, realmente, eh. El otro día se pusieron a jugar al bingo pero yo no fui, no me muevo de mi habitación, la verdad que el bingo me parece un juego de mierda, y hay un señor en la habitación de al lado que solo se mueve con un tanque de oxígeno. Dale mostrame más fotos del departamento, ¿hay mosquitos? Sabés que yo nunca tuve mosquitos en esa casa, eh”



Hace un par de semanas vi The father. El protagonista Anthony (Anthony Hopkins) es un señor que sufre algún tipo de demencia senil, no se entiende bien si eso o alzheimer o qué. Su hija Anne (Olivia Colman) lo interna en un hogar porque ella se va a vivir a París con su pareja. El punto de vista no se aparta nunca de Anthony entonces la película es confusa. Pienso en películas con estructuras similares a esas: Memento, Promising young woman, Inception. La historia está contada de tal modo que no nos despegamos nunca del punto de vista del protagonista o de la protagonista. Aunque tendemos a creerle siempre a los narradores de las historias, casi tan inocentemente como cuando somos niñxs y le creemos a nuestrxs padres o maestrxs todo lo que nos dicen, esto es engañoso ya que un punto de vista que no varía es, siempre, un punto de vista sesgado. La narración entonces está teñida de aquellas vicisitudes que tiene la cabeza del protagonista. Si el protagonista posee una memoria alterada por la imposibilidad de crear recuerdos a corto plazo, entonces la película constantemente vuelve sobre la misma escena ya que el protagonista debe volver sobre sus pasos para entender qué estaba haciendo, y cómo llegó hasta donde llegó. Hace poco vimos Memento para el taller y les indiqué a lxs estudiantes que estén muy atentos cuando la vieran, que era una peli compleja en su estructura aunque no en su trama. “No me salió verla atenta, entonces no entendí nada” dijo una alumna. Otro alumno cuestionaba al director por “hacernos creer todo el tiempo lo que se contaba a sí mismo el protagonista cuando en realidad el culpable ya estaba preso”. “Ah pero él es el director” decía otro. “Y qué, no por eso puede MENTIRNOS” retrucaba el primero, con su indignación in crescendo. “Que él puede hacer eso”. “No, no puede”. Me acordé de La invención de Morel, Los adioses y Otra vuelta de tuerca en donde todos los narradores de las historias son bastante desconfiables y, a la vez que nos convencen de aquello que narran, entretejen pistas para que descubramos, al final, que en realidad lo figurado está sumamente teñido de su percepción y no es, en concreto, cómo las cosas pasaron. Ahí cabe preguntarse entonces si existe tal cosa como "una verdad acerca de cómo las cosas pasaron". A priori cuando nos entregamos a la escena que supone una lectura o una mirada cinematográfica nos entregamos a lo que tienen para decirnos los narradores de esas historias. Tendemos a creerles. Es como, un poco, estar conociendo a alguien nuevx. Creemos, ilusamente, que van a venir siempre con la verdad o, al menos, que tienen la mejor de las intenciones. Quizás porque nosotros las tenemos, quizás porque no queremos sentirnos engañadxs, o quizás no sé, y eso es algo que me pasaba a mí antes de. Y después ya no. La desconfianza me empezó a parecer muy productiva de un tiempo a esta parte. Les recuerdo a lxs chiques: “siempre tienen que hacerle preguntas a la película, recuerden que la trama no siempre es idéntica a todo lo que ve o percibe el protagonista. A veces estamos nosotrxs siempre un paso más adelante que el protagonista. No confundamos aquello que aconteció en el plano de la historia con aquello que percibe o siente o vive el protagonista”. “Como el pelotudo ese de Sexto sentido que ni se dio cuenta en un año de que estaba muerto”. Entonces les pregunto cuál es la diferencia entre Memento y Sexto sentido. Lxs estudiantes aman criticar, sobre todo esa película, se les enciende la mirada cada vez que la mencionan. Se aplastan entre ellxs para ver quién dice la crítica más perspicaz, aunque no lxs dejo decir más de diez malas palabras por clase. “En Memento sabemos que el protagonista está loquito, digo, él lo sabe entonces nosotros lo sabemos porque estamos como que sentimos empatía por el chabón” dice el que no estaba tan indignado, pero que es el que más insulta. “Empatizamos, literalmente” acoto: “estamos en el lugar del protagonista. No nos despegamos de ese punto de vista, no hay alternancias”. La chica que dijo que no prestó tanta atención retruca “no está loco, tuvo un accidente”. A lo que contesto, rápido: "¡ah, viste que sí estuviste atenta!". La chica sonríe. es la única mujer de la clase, y creo que es la más chica, aunque no me acuerdo. El más enojado dice que igual no dan ninguna pista, que en ese sentido es igual que “la poronga de Sexto sentido”. “¿No dan pistas?” repregunto: “¿cómo que no?”. “Yo no entendí lo del arco de Sammy”. “Esa es la subtrama, boludo”, “chicos no digan ‘boludo’”. En el caso de The father al protagonista las figuras, en lugar de olvidarse, se le entremezclan. Se confunde a su hija con su enfermera y al doctor con el marido de su hija que parece, a su vez, no tratarla muy bien, ¿o acaso es una fantasía de padre preocupado, lo último que queda de lucidez de él le alcanza para eso? 


La última vez que vi a mi abuela Nora era 12 de octubre, el cumpleaños de mi abuelo Jorge. Fuimos a saludarlo a la puerta de la casa, le llevamos un libro que le hicimos entre familiares e imprimieron mis primos. Después empecé a ver una señora con su misma estatura y sus mismos rasgos, pero ella no estaba ahí. Ya no quedaba nada de la Nora activa, lúcida, psicoanalista, judía, muy judía, que había antes. “Estoy segura de que ese nene recién se estaba masturbando” me dijo en la plaza el día que fui a verlos en Semana Santa. “Abuela” le contesté, aguantando una risa “esas cosas no se dicen públicamente”. “Ah, es que perdió la inhibición” diagnosticó mi abuelo. No le hago caso. “Abuela” le dije después de un rato para traerla a la realidad de nuevo. Les traje un huevo de pascua con florituras de azúcar y chocolate blanco. Estoy a punto de quedármelo yo, pero mi egoismo no llega a tanto y se los doy ni bien llego a la plaza. “Ayer soñé con vos, y tenías una peluca violeta, ¿cómo te pegó la vacuna, ya estás hablando ruso?” “ah sí, muy bien, muy bien, dicen que puedo tener fiebre dentro de quince días, ¿vos sabés si esto es así?”. Le dije que no. Que no sé, pero que no creo que duren tanto tiempo los efectos adversos. Después llegó mi madre. “Mariela, estás tan flaca” le dijo. “Mamá, y vos estás tan loca” retrucó ella. 


La de Anthony Hopkins es la última que me queda para ver de las nominadas a los Oscars. Cuando era chica teníamos un ritual. Con mi mamá mirábamos los Oscars en su cama, comiendo con la bandeja negra que se paraba en dos patitas. Era el único día del año que comíamos en la cama. Al día siguiente, generalmente, empezaban las clases. Yo miraba los Oscars hasta el final, incluso cuando mi madre ya se había quedado dormida. 


“¿Estás viendo Masterchef, Raquelita?” me dice que no. Que ya para ese entonces está durmiendo y que sin Carmen Barbieri, para qué lo va a ver. "A la Barbarrosa esa no me la banco".


Nunca lograba dormirme después de la ceremonia. Me quedaba despierta hasta que se hacía la hora de entrar al colegio. Siempre me daba nervios que sea todo diferente: que mis amigxs ya no estuvieran, que la maestra no me cayera bien, que el colegio sea otro. Ahora no voy hace mucho al colegio pero cada vez que estoy por empezar una clase nueva siento un poco ese vértigo en la panza: ¿qué pasa si digo algo mal? Eso pensaba mientras le mostraba las fotos a Raquelita de cómo había quedado su casa. “Qué pasa si algo no le gusta”. Entre los sueños en que veo a mi abuela con peluca sueño que Raquelita donó su casa a una sinagoga, como en la película Disobedience, y me tengo que mudar rápido, de un día para el otro. Hace poco le comento este sueño a un amigo, me pregunta las chances que hay de que eso pase realmente, y le digo que en serio son muchas. Que él no conoce a Raquelita. “Uh, no, y boluda, charlalo”. Hablar esas cosas implica poner sobre la mesa conflictos que nadie puso hasta el momento, y eso no es algo que se me da demasiado bien. ¿Por qué la gente siempre quiere que las cosas se hablen? ¿No saben acaso que la gente miente, a veces incluso no a propósito? ¿Por qué creen siempre que les están diciendo la verdad, y que a priori son todos buenas personas, con las mejores de las intenciones?


Me pregunto, cuando termina la película, si Florian Zeller le puso así al protagonista por el actor. Si en nombrarlos del mismo modo había, en cierto sentido, algún tipo de reflexión metacinematográfica, como cuando Orson Welles se puso a sí mismo haciendo de policía malo y corrupto en Sed de mal. Lo que Ángel Faretta llama “mediación icónica”. Aquello que empieza a generar sentido cinematográfico cuando aparece dos veces en una historia audiovisual (no, primero como tragedia y después como farsa no, eso es otra historia). Creo que el nombre actoral-personaje igualado es mera casualidad, esta película está basada en una obra de teatro (¡con razón el modelo de producción 1 locación y 4 actores, tan efectivo para los tiempos donde el pan no abunda!). Cuando termina la película también me remuevo en el sillón y lloro. Lloro porque a veces la memoria, y la vejez, y el tiempo, y esta pandemia está arruinando los años más felices de mi vida y entonces pienso que no. que, como en guion, quizás estos años llenos de tragedias y de miedos cotidianos sean necesarios para un desenlace tal que, como un buen guion, no es más que el desprendimiento de todos los elementos previamente planteados en el resto de la historia, es la respuesta a aquello que se plantea como pregunta en el minuto 14 de película. 


La señora que está en el cuerpo que antes era de mi abuela Nora tenía anotado en la muñeca el número de su psiquiatra. “Como Memento” se burlaba mi abuelo, pero no le sigo el chiste ni la burla. Fijo demencia, miro para otro lado. Mi madre puso los ojos en blanco.


“Bueno entonces la próxima vez veo la peli me voy haciendo anotaciones en los brazos como el protagonista” dice mi alumna que alegó estar desatenta, al final de la clase. 

“Sí, no, chicos, eso: acuérdense siempre que vean las películas, anotense todo”. “Sí, sí, Clari vos ya nos dijiste que tenés libretitas hasta en el baño de tu casa”. ¿Yo les conté eso? Es una vil mentira, en primer punto, en segundo: no creo haber nunca mencionado un baño durante mis clases. Mi baño. Sonrío: “sigan mis pasos, entonces”. “Sí” dice el que primero estaba más indignado. “Yo sé que algún día a mí me va a salir escribir como vos”. 


Tengo la sensación de que en la casa de Raquelita, ahora mi hogar, voy a escribir cosas más lindas. Estoy escribiendo más, y mucho mejor que antes. La luz que entra por la ventana me alínea las ideas. A veces paro la actividad diaria para llorar. Después me lavo la cara y sigo. Entre clases, reuniones, actividad académica y de gestión cada vez quedan menos horas en el día para llorar. Desde las seis aproximadamente empiezo a pensar cuál va a ser la película de esa noche, y quizás aprovecho si la película es medio triste (lo que es el caso de todas las de los Oscars) y lloro mientras ceno y la veo. Ya no le tengo miedo a la hoja en blanco, ni a la soledad tan concreta que son, un poco, la misma cosa. Recuerdo las indicaciones de mi directora de tesis: “escribí primero como si estuvieras explicándoselo a alguien que no sabe ni quién es Jorge Luis Borges”. 


-¿Por qué te ocupa tanto espacio el whatsapp? - pregunta mi padre cuando salimos de ver a Raquelita y le pedí que me arregle el parlante del teléfono, que hace ya varios días no funciona.
- Nunca borré un chat.

- Sos como tu abuela, acumuladora.

- Es que tengo miedo de olvidarme de las cosas que hablo con la gente, y creer que son todos buenos.