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Ponele las ventosas al hombre invisible

sábado, 16 de mayo de 2026

Sin disfraz

Ese lugar en el mundo
Donde reina el mal
Es definitivamente mi lugar. 

Las voces asombrosas de esa oscuridad 
Siempre taladraron mi cicatriz 
Soy
Carne de cañón para dejarme llevar.

(No me conocés, no te conozco
El mundo es tan chico, viejo,
Sin embargo nunca supe de alguien como vos)

Llego sin disfraz,
acostumbrada a perder. 
Sabiendo cuál es el final. 
Hija del rigor 
Solamente cierro la puerta 
cuando ya no hay forma de pedir perdón.

Ulises atado al mástil 
Nos enseñó a decir que no. 
Antes de ayer
Con el pasado a cuestas. 
Llegar a mi tierra después de la guerra
Es un camino muy largo.
Antes de ayer, acostumbrada a atravesar todos los escollos. 
Hubiera dicho que sí. Que ahí voy. 

Las historias de piratas que más me gustan
Tienen siempre un principio agridulce.
Y ese final abrupto. 
Melville, Oda, los griegos 
Saben que no podés entrar al mar.
Sin haber visitado el infierno primero. 

No va a ser fácil volver de Troya
Pero lo importante es 
aprender a perder.
aprender cuándo parar.
aprender. 

El ganador se lleva todo.
Y yo, tan acostumbrada a perder,
quise saborear por primera vez 
Lo que se siente ganar. 


viernes, 1 de mayo de 2026

Hamtaro II (el resto bien)

Desde hace poco que mi abuelo, cuando le pinta, bloquea alguna clave de algo. Puede ser del homebanking, la del cajero, la de mercado pago. Hay demasiadas clave de cosas en la vida. Esta última semana fue la de Facebook. No sé por qué lo siento dirigido, como un llamado de atención hacia nosotros. Así logra que alguno de sus nietos vayamos a socorrerlo y vernos un poco. Esta semana tenía mil cosas. Siempre tengo mil cosas pero esta semana era particular, realmente tenía mil cosas y además estaba de muy mal humor, muy cansada, con el cortisol por las nubes. Me acordé de la última serie que salió de Flow, con Benjamín Vicuña: El resto bien. Es de un hombre de cincuenta años que tiene cinco hijos de diversas edades y dos padres viejos, muy demandantes. Hay una edad donde uno es padre de nuestros padres. No es novedad lo que digo. Pasa así. Vicuña está muy gracioso en la serie. Atiende las demandas de la cuidadora de los padres y dice que ante cualquier emergencia no lo llamen, que llamen al 911 o a cualquier número que les sirva, la característica que más te guste. Me gustó mucho que en la serie muestran que hay muchas cosas que el dinero no resuelve. Podes tener cuidadoras, enfermeras, niñera, gente que limpie. Pero no podes tener a nadie que trabaje de hijo o de nieto cuando la demanda se convierte en una demanda de amor. 
Pienso mucho en mis papás últimamente, la generación sandwich. Mis hermanos ya no son chicos (Vicuña en la serie tiene dos bebés de 1 año y un hijo de 14 que realmente lo necesitan) pero demandan, porque son de otra generación. Yo a los 21 cuánto más lejos podía estar de mis papás, mejor. A los 23 trabajaba y vivía sola. Me gusta pedirles favores pero necesitarlos necesitarlos es otra cosa. Yo veo a mis hermanos súper frágiles. Todavía niños. No de 14 o 1 año y medio. Pero en cierto punto todavía demandan. 
Me gustó además el planteo de la serie porque habla un poco de la vida cotidiana de hoy, donde estamos todos quemados, repletos de demanda por doquier. ¿A dónde ir cuando el cerebro te está por explotar? Vicuña se va a la casa de sus papás. Pero solo que esta vez va sin sus papás. Recuerdo miles de escenas de mi vida adulta, una de ellas recurrente, que es la sensación de querer ir a lo de mi mamá o a lo de mi papá después de tener un mal día. Es increíble cómo se reconfigura el vínculo con tus papás una vez que ya no vivís con ellos. Podes entenderlos, humanizarlos, extrañarlos, hasta sentir lástima por algunas cosas que les pasa. Nunca me daban lástima mis papás de chica. Todo lo contrario, sentía que eran una especie de dioses supremos que todo lo podían: trabajaban y además cocinaban rico y tenían tiempo para jugar conmigo y llevarme los Findes a algún plan divertido con amigos o solos. La casa siempre estaba impecable. Siempre había paltas en la heladera. Uno no se da cuenta de cuando es chico que esas paltas alguien las compra e incluso (algo insólito cuando sos un niño de entender) podrían tener ganas de comerlas. Eso lo entendés cuando tenés tu casa, tu plata y no hay paltas en la heladera. Y no hay nada en la heladera, de hecho. Ahí razonas: claro, las cosas que están en la casa alguien las compró, se tomó el tiempo de ir, pagarlas, traerlas hasta acá. No era el hada madrina de las paltas. La serie juega un poco con todo eso. A veces (cuando estoy mal, me hundo en las tinieblas de mi tristeza y solo necesito un abrazo de mi mamá o mi papá) siento que soy muy hija y a veces siento que soy muy muy adulta, que ya no los necesito. Que ahora ellos me necesitan a mí. No sé bien para qué, pero siento que puedo ayudarlos en cosas concretas. Llevarles unas paltas de vez en cuando, agasajarlos en casa con alguna comida. 
Mi mamá me recomendó la serie y yo se la recomendé a mi papá. Los tres lloramos en una escena donde el padre de Vicuña le cuenta a Violeta Urtizberea (su última mujer, la mamá de los melli, los otros 3 hijos son de gestiones anteriores) que su esposa no lo ama más. Ella lo ayuda a reconectar y le pide que piense en momentos de la juventud donde sí se amaban, donde él la conquistaba a ella con algún gesto. El gesto que siempre tenía, le cuenta el papá de Vicuña, era regalarle una Tita a veces, de incógnito, se la dejaba en la cartera o en la mesita de luz. Entonces Violeta Urtizberea le dice que vuelva a la Tita. Se dan la mano, es muy tierno ese primer plano de las manitos avejentadas reencontrandose. 
Yo nunca pude sostener una relación más de dos años y será que por eso no me imagino qué se sentirá estar hace 60 con la misma persona. Rita Cortese, la mamá de Vicuña en la ficción, dice que se quiere divorciar. Vicuña le dice que a su edad los padres se mueren no se divorcian. Tiene razón. Después hace otro chiste con su socio, Daniel Hendler, que le dice "tus papás están bárbaros", y el le responde "están muertos", a lo que Vicuña retruca "por eso". 
Varias veces pensé en que mis abuelos se mueran para que mi mamá tuviera menos demanda y pueda disfrutar un poco de su jubilación, su vida. Sus actividades. No tener la agenda plagada de turnos y horarios de ellos. Los viernes a la mañana ir a hacer las transferencias. Llamar a la neuróloga. Cita con la nefróloga. Pero a la vez pienso en que quizás ella en algún lado necesita todavía a sus papás aunque tenga sesenta años. ¿Hasta que edad uno necesita necesita a sus padres? No digo tenerles cariño. Digo de verdad. Yo siento que me moriría de tristeza si mis papás se murieran. Todavía no me doctoré, no tuve hijos, no me compré una casa. Hay muchas cosas de mí que no vieron. Y quisiera que vean. Pero yo siento que mis papás ya están hechos, que pueden dejar a sus papás morirse tranquilos. Pero con el tema de la muerte de los viejos es todo muy complicado. No de los padres, digo los viejos, la gente vieja. Está mal desear que la gente muera. Yo solo quiero que la gente no sufra, pero el sufrimiento es parte de la vida. ¿Cómo conectar con emociones tan complejas? Bueno, viendo series es una buena forma. 
Hace poco me propuse conectarme más con lo que siento, dejarme habitar por la emoción sin intelectualizarla. No me sale: por algo estoy escribiendo. 
Nunca conocí a mis papás como una pareja. No sé qué hubiera pasado si hubieran seguido juntos mucho tiempo. Con una amiga hablábamos de eso: de los hábitos familiares que uno naturaliza e introyecta y repite para su vida. Yo crecí rodeada de familias ensambladas. Gestiones que se superponen, zapatos que salen y entran, comida que se acumula en taperes, horarios superpuestos. En un momento en la serie de Vicuña en la casa están: sus papás, 2 gatos, los 5 hijos, la esposa y un alemán de intercambio con una de las hijas. Me hizo acordar a cuando en lo de mi papá éramos yo, mi hermano, mi papá, su ex mujer y la sobrina de ella, la prima de mi hermano. Desayunar era un lío. Nunca desayunábamos todos juntos. La ex de mi papá, la mamá de mi hermano, trabajaba en una radio de 2 a 6 am. Llegaba cuando yo me levantaba para ir al Campo de deportes y mi hermano para ir a la escuela. A eso de las 10 am se levantaba Sabrina, su sobrina, a estudiar y después cursar el CBC. Salía tipo 12, 13, cuando mi hermano volvía del colegio. Su mamá se levantaba a esa hora. Preparaba el almuerzo, comían sin hablar. Yo no aparecía hasta las 18 hs que volvía del colegio. Tipo 20hs cenábamos todos juntos, cansados, agobiados de la rutina. Yo hablaba mucho siempre. Nunca tolere los mal humores ajenos entonces hacia chistes compulsivamente a ver si alguien se reía. Mis primeros stand-ups fallidos. El hijo de vicuña en la serie hace stand up. Es raro el circuito de la comedia acá en CABA, pero existe. 
Creo que el humor es la mejor forma de vivir hoy y en todos los tiempos. Pero a veces es difícil hacer humor o reírse. Con mi amiga hablamos mucho hoy sobre esos chistes que hacemos cuando algo nos duele porque no queremos exacerbar ese dolor, como una forma de procesarlo. Pero que no por eso duele menos. 
Le fui a desbloquear el Facebook a mi abuelo, tome dos vasos de coca. Ente el primero y el segundo mi abuela se quejó de las indicaciones de la nefrologa: como tiene un riñón menos ya no puede comer nada con sal. "A vos te parece, tengo 82 años, tener que cuidarme con la comida". Le dije que mejor ni lo hiciera y se rió. Me dijo que a veces come con sal. Entre el primer vaso y el segundo de coca mi abuela quemó una tarta y una salsa para unos ñoquis de mi abuelo. 
Como era 29 había menu ñoquis en todos lados para cenar. Mi abuela estaba mal porque ella quería sus ñoquis pero tenía que conformarse con una tarta quemada. Y un riñón menos. 
Después fui a lo de mi papá, hablamos de la serie. Le pregunté si le había resultado muy "fregadero-fregadero", así decimos cuando algo de la ficción se nos pega demasiado a la vida. Es una frase que usa Hitchcock en una de sus charlas con Truffaut. Dice que siempre que su mujer elige la película que van a ver en el cine hay mujeres fregando cosas y que, para eso, ya tiene a su mujer en la casa. Y que la ficción tiene que ser más grande que la vida. 
Yo me dedico en parte a hacer o a analizar la ficción. Sea como sea, hago cosas con la ficción. La ficción, la fantasía, carcomió siempre mi vida. Fue siempre mi obsesión, mi manera de entender el vínculo con la existencia. Y el describir cómo otros lo hicieron su forma de tamizar la experiencia y posicionarse ante el mundo, también. 
Este abril tuve que entregar un piloto de una serie, informes de mis clases de Lengua, dos publicaciones académicas, 2 cumpleaños, juntadas para ver a Boca, varios asados. Volví a dar clases de guión, así que hubo que corregir todas las semanas de nuevo. Seguir con el plan de la-que-no-debe-ser-nombrada. Se me rompió el aire acondicionado del auto, la bomba de nafta y una bobina. Dos veces. Tuve que desbloquearle la contraseña de Facebook a mi abuelo, organizar una escapada express. 

¿Cuanto pesa tu vida? Escribe algún reseñador temprano de la serie. El último episodio responde un poco eso, que la gente que demanda también a veces te acompañan en momentos lindos. Son soporte, red, encuentros, festejos. Alivian. El peso entonces se relativiza, empezas a darte cuenta de que toda moneda tiene su otra cara. Es cliché pero a la vez no lo es. Porque de eso se trata un poco vivir. De trabajar para gestionar momentos de ocio, de goce. Y a dónde ir cuando no sabes cómo aliviar ese peso? Paraguay, o la casa de tus viejos. Lo importante es saber pedir ayuda a tiempo, aunque eso a veces se sienta demanda. Porque toda demanda es una demanda de afecto. 

Cuando mi mamá me llevó a Retiro esta mañana (como no tenía el auto decidimos viajar en un micro) me preguntó cómo estoy. "Agotada" le dije "plagada de cosas de trabajo. Pero el resto bien".