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Ponele las ventosas al hombre invisible

viernes, 18 de junio de 2021

Verano del 99

 La primera vez que me tocó viajar adelante en el asiento del copiloto tenía 4 años. Habíamos ido de viaje con mi papá a Mar Azul, a un camping que tenía salida directa al mar. Íbamos a estar solos 3 o 4 días y después llegaba su amigo Sergio con su hija, Macarena. Eran las primeras vacaciones sin mi mamá. 


El camping era gigante. Hicimos un asado ni bien llegamos y yo junte tres tipos de herramientas para prender el fuego: pinochas, ramitas y piñas. Las separé en tres bolsas de nylon diferentes. Mi papá me explicó que las piñas eran las que mejor prendían el asado y me enseñó cómo ubicar todo para que se prenda bien el fuego. Sacó del baúl del auto unos diarios viejos y también los acomodó en la montañita antes de tirar el fósforo. Después jugamos con las pinochas a hacerle preguntas y el que se quedaba con el lado del cabito ganaba. Las preguntas tenían que poder responderse  con "quién va a ...". Yo preguntaba cada dos por tres cuándo llegaba Macarena y mi papá me decía que eso no podía responderse con la pinocha, que respetara las reglas del juego entonces empecé a hacer preguntas para perder a propósito, tipo “quién va a lavar los platos, quién va a juntar la carpa cuando nos vayamos”. A mi papá no le molestaba perder conmigo. Después de un rato el fuego encendió. Me encantaba ver cómo las letras del diario se quemaban y los hechos del pasado se hacían materiales para mi comida. Era una mezcla de naturaleza y cultura contribuyendo para que cenáramos bien esa noche. Mi papá tomó vino y yo soda. Después de un rato tiró la carne y un poco de pan. Me explicó cómo hacer para que no se arrebatara la carne, o sea que no se queme de afuera sin que por dentro esté cocida. Yo prestaba mucha atención a las indicaciones, en ese momento, aunque después me las olvidé y la primera vez que hice asado, ya de grande, lo llamé para preguntarle.

Cuando la carne empezó a largar olorcito rico y se hicieron los choris se hizo de noche. “Pa, ¿por qué en verano se hace de noche más tarde?” Tuve mi primera clase de geografía prematura en ese momento. Fue breve, porque estábamos comiendo y nos distraíamos hablando de otras cosas. Terminamos de comer y nos fuimos a dormir a la carpa. Me daba miedo la oscuridad del camping a la noche, por eso mi papá me dio dos linternas: una para la muñeca, que se ataba con una gomita elástica muy canchera y una para la cabeza. “No me apuntés la luz a la cara” me dijo antes de ir a dormir en la carpa. Le pregunté qué pasaba si se largaba a llover, y me dijo que nada. Que la carpa estaba bien armada. Escuché unas gotitas, insistí con el tema del agua y la lona de la carpa, y que realmente me preocupaba que se mojaran todas nuestras cosas. “No, no va a llover. Debe ser el rocío, dormite”. 

  

Macarena era dos más grande que yo, altísima, rubia. Sergio y papá se conocían del trabajo, hace muchos, muchos años. Habían arreglado vacaciones juntos a último momento. Mi papá me consultó antes de confirmarle. Siempre me trató como una igual, tuviera la edad que tuviera. Por eso no me sorprendió cuando me sentó en el asiento del copiloto, abrochó mi cinturón de seguridad y ordenó: "mira bien al frente y si ves que viene un auto muy cerca, gritá". "Papá, ¿estás enojado?" Le pregunté. "No, estoy asustado". Me dijo. Manejó todo el camino de Mar Azul a Villa Gesell muy despacio. 

Yo nunca había puesto tanta atención a algo como ese día. Ni siquiera la noche anterior con las herramientas para el fuego. Ni siquiera años después el día que rendí mi primer examen para el ingreso al secundario. Ni muchísimos años más tarde, el día que me recibí en la facultad. Nunca estuve tan concentrada como esa tarde.

 

Cuando llegamos a la farmacia papá entró tanteando con los brazos al frente. Tenía un ojo cerrado, era el que no veía. Pidió dos lentes de contacto y le mostró una cajita a la farmacéutica. Otro igual pero del izquierdo. 

La chica nos miró raro. Yo le rogué con los ojos que nos diera lo que mi papá le pedía. No había forma de que las vacaciones se salvarán después de eso. Íbamos a tener que volver manejando lento por la ruta hasta Buenos AIres, mi papá medio a ciegas y yo de copiloto responsabilisima. No me iba a poder distraer ni medio segundo. Durante el viaje de ida básicamente había dormido, pero también había cantado algunas canciones y mirado la ruta. No con atención por si venían autos y nos chocaban, sino disfrutando de las vacas y las cosas que había en el camino. Aunque tampoco había demasiado. Después pensé que quizás mi papá me podía enseñar a manejar, aunque estando sin ver de un ojo iba a ser difícil. Un sinfín de posibilidades sucedieron por mi cabeza en una milésima de segundo, en el tiempo que tardó la chica de la farmacia en ir al fondo y volver con los lentes de contacto.

"Solo vienen de a pares... ¿Tienen receta?".

No, no teníamos. "¿Por qué todo siempre viene de a pares, o para pares?" Pensaría unos años, varios, después, cuando ya vacacionara sola y no en carpa, en un hotel, también en la playa. 

Mi papá sacó la billetera y preguntó si aceptaban tarjeta de crédito. "Despedite del asado por el resto de la semana" me dijo cuando volvíamos en el auto. Yo ya estaba en el asiento de atrás, como correspondía. Papá manejaba más rápido, escuchábamos Los Visitantes en el estéreo del auto, también como correspondía. 

Era el verano del 99 y todo había vuelto a la normalidad: papá veía de los dos ojos, carne 1 vez por semana con suerte. Yo escarbaba sobre la bolsa con casettes y pregunté si podíamos escuchar Locos Recuerdos. Mi papá me dijo que dejáramos Maderita entero. "¿No te acordás que fuimos el año pasado con tu mamá a ver al Palo Pandolfo y a Los Visitantes? Estuviste revoleando la remera toda la noche como la Sole." Abrí los ojos como platos y le pregunté qué remera. Mi papá dudó y se rascó el bigote. “No sé. Una remera”. “Por qué yo tenía una remera? Quién estaba desnudo?”. “No sé, Zoe, ¿no te acordás del show?”. Yo no me acordaba pero mentí y dije que sí. Pero que no entendía lo de la remera. Estuve todo el resto del camino preguntando, tanto que mi papá lamentó mucho haber mencionado el detalle de la remera. 


Macarena llegó dos días después. Tenía unas zapas blancas, sin ningún tipo de mancha de nada, casi nuevas. Corrió a saludarme y me mostró un manojo de pulseritas hechas con hilo encerado que había tejido en el camino. "¿Querés que te enseñe?". Yo obvio que quería. Sergio dijo de hacer asado y papá le contó lo de los anteojos que se perdieron, el lente que se cayó y los nuevos lentes de contacto. Ahí ya era una anécdota graciosa, él contaba riéndose que no sabía cómo hacer y me puso a mí a hacerle de copilota. Sergio se rió, dijo que Macarena ya viajaba adelante hace un año y se ofreció a pagar el asado. Con Maca nos fuimos unos metros aparte. 

“Pone las dos manos así” me dijo. Así cómo. “Así”. Me colocó una al lado de la otra con los dedos bien separados. Entretejió el hilo encerado en las falanges y me explicó cómo hacer el punto que se llamaba “espiga”. Le pregunté por qué se llamaba así. Macarena se rió y dijo que ni idea. Estaba muy cerca mío y podía sentir que tenía aliento a chicle de frutilla, riquísimo, pero no me animé a pedirle que me convide uno. Hizo ella un par de puntos como ejemplo. Había elegido para mí el hilo verde y el azul, aunque yo quería el rojo con el violeta. Yo prestaba atención, mucha, pero no lograba retener la secuencialidad de los movimientos. “A ver ahora probá vos”. Intenté y no me salió, el nudo se torció y en lugar de la espiga prolija que había hecho Maca quedó como si fuera un cono torcido. Macarena se rió a carcajadas."Ay nena qué torpe que sos". 

Se sentó en el piso con las piernas cruzadas y sacó de su mochila una caja gigante con mostacillas y tanza. “Proba con estos, a ver si te sale mejor. Solo tenés que meter las mostacillas en el hilo, ¿ves?”. Me mostró un collar ya hecho de ejemplo. Macarena tenía ejemplos re lindos para todo. Yo no tenía ninguna pulcera de ningún tipo. Usaba una vincha amarilla que me tiraba el pelo para atrás, la bikini negra y rosa (la parte de abajo negra y la parte de arriba rosa), y eso era todo. Tenía unas skippies medio gastadas, ya bastante viejas, y me quedaban algo chicas.  

Todavía tenía enredado el hilo encerado entre los dedos y, sin sentarme, vi a Macarena desde arriba. Ela sentada y yo parada qeudaba yo más alta y sentí, por un momento, que tenía el poder.

— Dale, vení — Me dijo. Como me puse nerviosa no tuve mejor idea que llevarme todo el hilo encerado de las manos a la boca. 

Macarena puso cara de asco. "No es para comer" me retó, indignadisima, puso una cara de seria muy parecida a la que ponía mi mamá cuando se enojaba. Si había algo que no iba a extrañar en lo absoluto eran los retos de mi mamá. 

Como me puse nerviosa empecé a masticar el hilo compulsivamente, frenética, ansiosa, la angustia oral de una nena qué 9 años más tarde conocería el pucho y no lo soltaría nunca más. Macarena me miró un rato más, todos los reproches del mundo entero cargados en sus ojos, mientras yo masticaba. Aunque estaba sentada y yo parada, parecía ahora ella más alta que yo.

Después se cansó de esperar que me siente frente a ella y se puso con las tanzas, muy concentrada. El hilo se había hecho una pasta en mi boca y empezaba a deshilacharse. Cuando empecé a sentir los rastros de cera entre los dientes me senté en frente de Maca y la vi hacer. Me parecía magnífico que fuera tan buena con las manualidades. Todavía con mi chicle-hilo en la boca agarré una mostacilla pero se me cayó al pasto y se perdió entre las hormiguitas que me daban pánico. Maca se río de nuevo, aunque no me miraba "dejala, tonta, agarra otra, mirá tengo miles mil quinientas millones". Me mostró la cajita donde guardaba las mostacillas. Era una caja con más o menos veinte casilleros donde las mostacillas estaban divididas por color. Había de todos los colores, y más. Incluso colores tornasolados, que eran las que tenía Maca en la punta de los dientes, esperando ser enhebradas en su nueva pulsera. Intenté contar la cantidad de mostacillas. "Seguro no son tantas" le dije con la boca llena de chicle-hilo. "Sacate que no te entiendo, tarada". Escupí al lado mío el cacho de hilo encerado. No era buena con las manualidades pero sí era muy buena escupiendo. Más adelante desarrollaría mejor la habilidad del garso, pero hubo un gesto fundacional ahí. Me quedaron los dientes con cera, la boca toda pastosa y me dio tanta vergüenza que salí corriendo. 

Cuando llegué al sector de las carpas papá y Sergio conversaban tomando vino, uno frente a otro. Sus piernas se tocaban y parecían una pierna sola. Me acordé de un documental de nenitos siameses que había visto unos meses antes. Me dio tanto miedo que no había podido dormir por varias semanas. Mi papá se enojaba cunado me pasaba a la cama, pero después de unos días terminó pereciendo y dejándome dormir con él. 

Sergio se paró cuando me vio llegar y me dijo que la llame a Macarena, que estaba la comida. Le dije que no con la cabeza. “Dale, Zoe, ¿qué te pasa?” dijo mi papá. Entre él y Sergio se miraron raro. “Tuve un problema con el hilo encerado” les dije. No podía explicar con palabras toda la situación del nudo espiga, el chicle, las mostacillas perdidas entre las hormigas. Sergio se rio, parecía aliviado. “No pasa nada, con el tiempo vas a aprender. Ella se hace la cachera ahora pero cuando era chica como vos tampoco sabía”. “Yo no soy chica” le dije y corrí a donde estaba Macarena: “te llama tu papá” le dije. Maca seguía en el piso con las piernas cruzadas como india y había avanzado un montón en la pulcera. “Cuando la termines me la regalás?” le dije mientras caminábamos hasta la parrilla. Había juntado todo tan rápido y prolijamente que no me había dado cuenta. Macarena me dijo que no, que me iba a hacer una más linda, de los colores que yo quisiera. “Yo soy de boca como mi mamá” le dije, “¿me podés hacer una de Boca?”. “Obvio, de los colores que vos quieras” repitió. Sergio nos esperaba con un choripán y un vaso de Coca Cola a cada una. 

Después de comer el asado Macarena me dijo de ir a caminar por el bosquecito que tenía el camping. “No vayamos muy lejos que me da miedo” le dije. “No pasa nada, no tengas miedo, estás conmigo”. Me agarró de la mano y me llevó por todos lados. Yo me sentía protegida, aunque seguía teniendo un poco de miedo porque si perdía de vista la carpa no iba a saber cómo volver. 

Maca -— le dije después de un rato ¿Nos estamos quemando con el sol?

Macarena miró hacia arriba y después hacia abajo intermitentemente.

-— No, no creo, hay un poco de nubes. ¿Vos cómo te llamabas?

Zoe

Me hizo gracia que después de casi un día entero recién me preguntara mi nombre, que encima ya lo re sabía porque nos habíamos cruzado un montón de otras veces, en un montón de otros lados: cumpleaños, fiestas, incluso me había quedado a dormir a su casa unas veces. De todos modos no le pregunté si no se acordaba o si lo decía para molestarme. En la escuela varias veces me hacían chistes para molestarme, o me preguntaban cosas que ya sabían porque les parecía divertido como chiste. Yo no entendía pero igual respondía. Nunca aprendí bien a defenderme. 

Cuando llegamos a una especie de médano lleno de pinocha vimos a unos nenes jugar con unos sapitos. Maca los agarró de a dos, uno con cada mano, y los revoleó por el aire. Los nenes se sumaron a la joda y empezaron a revolear sapos por ahí. Yo me moría de miedo que cayeran a la carpa de alguien, y además me daba mucha lástima por los pobres sapos que nada tenían que ver con ningún tipo de juego que pudiéramos hacer nosotros. Me dio tanto miedo que salí corriendo. Corrí para un lugar que creo estaba más lejos de la carpa. No se cómo llegué a la playa. No sabía cómo volverme entonces fui caminando hasta el mar. había bandera negra: era cuando estaba peligroso y no nos podíamos meter bajo ningún tipo de punto de vista. Me acordé unos días atrás, cuando nos metimos y a mi papá se le habían volado los anteojos. Salió arrastrándose de una ola gigante y yo pensé que se había perdido. Él, no sus anteojos. Después de que salió y tosió un poco fuimos con el guardavidas a preguntarle si había visto unos anteojos. El guardavidas se rió mucho, dijo que no, que seguramente se habían perdido en el mar. a mi papá no le hizo ninguna gracia. Esa misma mañana se le había perdido uno de sus lentes de contacto entre el pasto, tal como a mí hace unas horas se me habían perdido las mostacillas de Macarena. Me había parecido chistoso la legión de hormigas cargando un lente de contacto, transparente y pegajoso, pero a mí papá tampoco le hizo ninguna gracia. 

Cuestión que ahí estaba, mirando la bandera negra y recordando la ola y los anteojos volando por los aires cuando me di cuenta de que estaba perdida. No tenía ninguna forma de saber cómo volver, ni al camping, ni mucho menos a mi carpa, ni a donde estaba Maca con los chicos revoleando sapitos. No tuve mejor idea que sentarme frente al mar y empezar a hacer un pozo en la arena. Las uñas me quedaron llenas de pedacitos de cosas de la playa: caracoles, y otras cosas que no supe distinguir si eran parte de la arena o de la mugre que había. Estaba lleno de gente pero nadie me prestaba atención. Seguí cavando y cavando y cavando hasta que empecé a tener frío. Me acerqué a la garita del guardavidas, donde estaba el mismo señor que nos había cargado hace unos días. Me reconoció al segundo y me preguntó qué estaba haciendo sola ahí. Le dije que estaba cavando un pozo, y le mostré mi pozo, un metro más adelante. El guardavidas fingió asombro. Yo me daba cuenta cuando los adultos actuaban cosas para complacernos a los chicos. Se creían que no se notaba pero se les notaba todo. Y además se veían bastante bastante tontos haciendo de cuenta que distintas cosas cuando realmente les pasaba otra cosa. “¿Vamos a buscar a tu papá?”. Le pregunté si no podía probar meterme adentro del pozo, porque había sentido tanta vergüenza ese día con todo el asunto del hilo encerado y las mostacillas que lo mejor iba a ser quedarme ahí para siempre. Lo último no se lo dije, solamente lo pensé. El guardavidas dijo que mejor no, porque además ya se estaba haciendo de noche y se tenía que ir a su casa. Mientras caminábamos hasta el camping le pregunté si vivía con su mamá. El guardavidas se rió y me dijo que no, que vivía con su esposa y sus hijos. Le pregunté si todo el año vivían ahí o solo en el verano, y me dijo que sí, que todo el año. En Mar Azul a penas había casas. Solo camping, dos: donde estábamos nosotros, y uno más por el lado del centro. Frente a ese camping un super, y una heladería. Y listo. Eso era todo. Capaz el señor vivía en la heladería. Algunos negocios estaban hechos así, en al parte de adelante de las casas de la gente.

Por suerte no me preguntó si yo vivía con mi mamá porque iba a ser raro tener que explicarle todo el asunto. En el camino el mar empezó a hacer cada vez más ruido y se empezó a escuchar viento y sonido de truenos. Ahora sí iba a llover, y seguro mañana o pasado, cuando parara, habría mucho más sapos para que Macarena y sus nuevos amigos revolearan por todos lados.


Desde ese verano a mi lista de temores le sumé las palabras empezadas con "m": el mar, pero no cualquier mar, el mar picado de bandera negra cuando se aproxima una tormenta. La miopía. Una mujer a la que quise mucho (años, muchos, muchísimos años después, cuando Macarena y yo ya ni nos hablábamos) cuyo nombre empieza con M. La mentira, la mediocridad (no como concepto abstracto: volverme yo mediocre). Las mostacillas. 


Cuando llegamos al sector de las carpas del camping encontré a Macarena sentada de nuevo con sus mostacillas. No entendía cómo hacía para seguir enhebrando con la poquísima luz que había. Ni siquiera tenía una linterna. Le dije al guardavidas que ya estaba, que había encontrado a mi amiga. El guardavidas me dijo que me cuide y yo me quedé pensando cómo sería el mar en invierno, y a qué escuela iban sus hijos, pero no llegué a preguntarle.

 

Macarena me sonrió cuando me vio llegar. “Se está haciendo de noche, ¿volvemos?”. Le dije que sí con la cabeza. Cuando estábamos cerca de las carpas Macarena me frenó en seco, otra vez me habló a dos centímetros de la cara. "No digas nada, eh". Le pregunté qué cosa. "Lo que hicimos". Yo no entendía si hablaba de los sapitos o algo más que había pasado mientras yo no estaba. “¿Pero qué pasó?”. Macarena ni había registrado que yo había desaparecido durante un tiempo que para mí había sido muy largo, pero capaz era corto.  "Lo que vos hiciste, querrás decir". Espeté, en voz bajita, casi inaudible. Tenía miedo de que me ponga en su bolsa revoleasapitos así como así, cuando yo no había tocado un sapo en mi vida. "TODOS hicimos", enfatizó. Fue tajante. Dije que sí con la cabeza porque no quería discutir, estaba cansada, con mucho hambre y además un poco agobiada. 


Con los años aprendí muchísimas cosas. Volví a la playa muchísimas veces. Mar Azul cerró su camping gigante y dejó solo el chiquito del centro. Se fue llenando de casas, negocios medio hippies medio cools, y hasta hay un colegio. 


Sé hacer con las palabras, con la cabeza, con otras partes del cuerpo. Las manos (también palabra que empieza con M) nunca fueron mi fuerte y ya entrada en la adolescencia dejé de intentarlo. Aprendí a manejar a los diecisiete años gracias a que me enseñó un amigo, a quien le conté varias veces la anécdota del verano del 99 en el que debuté como copilota y ojos de mi papá por única vez. Después, más o menos a los diez, empecé a ver menos. Mucho menos, casi tan poco como mi papá, quien se fue quedando cada vez más solo y más ciego. 

Lo que nunca aprendí fue a cuestionar una orden de una mujer más poderosa, linda, ágil, habilidosa, inteligente, autoritaria y mucho, muchísimo menos miedosa que yo


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