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Ponele las ventosas al hombre invisible

domingo, 1 de noviembre de 2020

Raquelita II

"Allá, bajo una luz de vitrales roñosos, los marfiles, las tallas en madera, los retablos antigüos, los vasos griegos y otras frutas del arte se amontonaban y contradecían en un desorden agresivo, como si una catástrofe histórica - se dijo Megafón - los hubiese arrojado a esa playa sin decoro"

Mi abuela Nora siempre gustó de llamar “Raquel” a su segunda consuegra Ester. Ester es la abuela de mi hermana. Siempre fue una mujer muy cordial y nunca le dijo nada, pero a mi madre le molestaba. Se ha levantado e ido de cenas por ese motivo.

El marido de mi abuela Nora, Jorge, se casó con ella hace 55 años. En todo ese tiempo nacieron mi tío y mi madre, mis primos, mi hermana, yo, y uno de mis primos se murió. Las cosas, en mi linaje materno, sucedieron al revés de como deberían ser y por eso un nieto se murió antes que un abuelo. 

Vaciar la casa de alguien que todavía está vivo es como matarlo un poco. Faltarle el respeto entrando entre sus cosas, invadiendo su intimidad, con la extrañeza de corregir un texto ajeno, corriendo comas y puntos y borrando mayúsculas mal puestas. 

Cuando la madre de mi abuela, Ana, fue a un hogar fuimos con mi madre y mi abuela a vaciarle la casa y me llevé tres libros: Rojo y negro, de Stendhal; Bouvard y Pecuchet, de Flaubert; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Me acompañaron ya en varias mudanzas y en varios momentos distintos de la vida. Años después volvería a ese departamento. Una señora enana nos recibió para mostrárnoslo, por algún motivo mi madre y ella no se entienden y mi madre abandona la escena al igual que las mesas familiares luego de que mi abuela llame “Raquel” a Ester. Con mi padre y el marido de mi madre lo vemos: mis padres estaban pensando en comprarlo para mí. 

Cuando le conté a mi abuela Nora que iba a vivir en lo de Raquel me dijo que extrañaba que yo viva en la que había sido la casa de Ana. “Pero si nunca viví ahí”, le contesté. “Bueno pero en el barrio, ya sabés”. No entendí muy bien pero no pregunté. Desde que no compraron la casa de Ana mis padres y yo, es decir, nuestra relación, la mía con cada uno de ellos no fue la misma de antes. Las relaciones nunca son las mismas de antes pero con los padres como una se relaciona toda la vida va perdiendo registro. La última vez que hablé por teléfono con mi madre, hará una semana o dos, me dijo que envidiaba el amor que le tenían las hijas de sus amigas a sus amigas, es decir, a sus madres. “Porque me duele que vos seas tan desapegada”. Entiendo que ese lloriqueo es el precio que tengo que pagar por mi libertad. “Bueno. Son cosas que pasan” le dije. Lo bueno de no compartir más cenas es no atravesar ese incómodo instante en que se levanta de la mesa cuando algo no le gusta. Mi madre es de las personas que cree que con su noble y poderoso y prístino amor va a cambiar a todo el mundo y por eso fue docente toda su vida. En abril de este año se lo dije a mi hermana y no lo entendió. Capaz algún día le resuene, o capaz que no. 

El segundo día que fui a la casa de Raquelita justo me llamó Jorge en el camino. Me llama más que mi madre, cada dos o tres días, y yo lo atiendo porque tengo miedo de que no llegue vivo al después de la pandemia. Aunque eso es lo que pasa con los abuelos y las abuelas en algún momento: se mueren. Antes, después que sus nietos, pero se mueren. Es 17 de octubre, día de la lealtad peronista, y escucho el acto digital por teléfono celular y las bocinas desde el piso 15 del balcón. Alberto recita el 17 de octubre de Marechal pero los datos se me cortan. La lectura del presidente se fragmenta como cuando empezamos a mediar y convertir la experiencia en un relato. Cuando tenía 19 años militaba en una agrupación que se llamaba Megafón y entonces leí el libro, y después Adán Buenosayres y ahí empezó el amor por la literatura argentina. ¿Empezó ahí? ¿O leí primero el Adán? Iba a dejar la universidad hasta que la militancia peronista me salvó la vida. Las reuniones de formación política, repatir folletos en las escaleras que decían "Conocé Filo y Letras", estar en los pasillos charlando y fumando con los compañeros debatiendo realidad política nacional e interuniversitaria le dieron un nuevo sentido a todo.

Pero trazar genealogías siempre me resultó una tortura. Como cuando creí que la primera vez que me gustó una mujer fue a los 20 años y después recordé que cuando era chica tenía una amiga con la que nos besuqueábamos desnudas a escondidas de nuestras familias a los 10 años, cuando arreglábamos para ir a dormir una a la casa de la otra. Y después me acordé de que, a los 17, en quinto año del secundario, con una chica a la que había mirado distinto toda la secundaria fuimos a escuchar tango y casi nos damos un beso, y nos prometimos hacerlo en la fiesta de egresados. Todo relato de experiencia es en realidad un recorte, un efecto de. Cuando le dije eso a una alumna entendió que estaba atentando contra “la vida real” (dijo, con sus 14 años, indignación latente y un poco de wifi que se corta). Le pregunté por qué. Por qué creía que un relato de una experiencia era más insignificante que la experiencia en sí misma, y en tal caso, qué cree que es la experiencia en sí. Me preguntó: “cómo qué es? La experiencia es la experiencia, y ya”. Creo que tiene razón. Lo que yo quiero decirle es la posibilidad, la potencia de una narración para dar carne a una vivencia o convertirla en algo más, digamos, hablando rápido y mal. La posibilidad de que algo no sea “y ya”, de subvertir ese “y ya” (o de no subvertirlo, da igual, no se puede ser contestataria todo el tiempo: son cosas que pasan). 

Llegó mi padre y se puso a ver cosas en un armario que hay en el pasillo. Me pregunta si quiero hacer un estudio de género de las recetas de cocina y unos libros que tenía Raquelita de una editorial gallega, una colección que se llama “Para mejorar tus actitudes”, y se dividen en tres series diferentes “tus hijos”, “tu profesión” y “tus hobbies”. Son tres libros gordos pero sospecho que Raquelita no los habrá leído ni una vez. En el esquinero hay un CD adentro del envoltorio y dice “abu: feliz 2014, te quiero, Clari”. Es un CD de Ricardo Montaner que no recuerdo haber comprado nunca aunque esa es mi letra.

Raquelita no solía usar los regalos que le hacíamos, es como Rachel de Friends, solo que no los cambia, solamente los acumula y los deja ahí mientras dan testimonio del paso de los años, los rituales, los recuerdos, y esas cosas que después arman el recorte de la vida, resuenan (o no, da igual). En uno de sus cajones tiene unos pirinchos del carnaval carioca de vaya una a saber qué fiesta. Me pregunto por qué habrá acumulado tantas cosas, después me acuerdo que quizás haber pasado hambre, tanto hambre, en la infancia, tuvo algo que ver. Como si quisiera hacer de cada suceso un evento asible, de cada cumpleaños un souvenir y poder guardarlo todo, después de no haber tenido nada. 

Cuando terminamos de vaciar el aparador y embalar la vajilla de la boda de Raquelita y Alberto abrimos otro placard y mi padre me dice que esté atenta porque ahí puede haber plata. A Raquelita también la salvó a su modo el peronismo, mejor dicho el segundo gobierno peronista. A Alberto lo conoció en el 48 y se casaron en el 50, gracias al desarrollo de la industria nacional pudieron abrir el negocio que los mantendría a ellos y a sus tres hijos, comprar la casa de Joaquín V. González y un Ford cinco puertas. Toda la vajilla de la boda es 'hecha en argentina'. En esos juegos de copas, cubiertos, tacitas y platos de diferentes tamaños se encuentra entera la potencia del país que hemos sabido ser. Antes de vivir con Alberto, Raquelita nunca había ni siquiera imaginado comer más de una vez al día. En cada aniversario Alberto le regalaba a Raquelita una esclava de plata. Ninguna de todas las treinta de los años que cumplieron está en el departamento de Caballito. Asumimos que se fueron, al igual que con todo el dinero de la herencia, cuando le robaron en 2015. Como el macrismo para los militantes peronistas, el 2015 fue una bisagra en su vida, un momento donde la desesperanza desmoronó todo lo conocido hasta entonces, y del que nunca terminó de recomponerse del todo.

Aprovecho para ir a la cocina. Como había hecho hace 10 años con los libros de Ana, esta vez escruto los cacharros en desuso. Me guardo tres pírex, una azucarera, un mate grande como a mí me gustan (aunque de nada sirve el tamaño ya, eso también se convirtió en un acontecimiento solitario). Un juego de vasos, un aparato para hacer el repulgue de empanadas que tiene forma de boca de cocodrilo y unos mexicanitos regordetes que ofician de salero y pimentero. Son horribles pero me parecieron graciosos. La vajilla de la boda y los otros dos juegos más antigüos le corresponden a mis primos y primas. En realidad creo debería decir “un salero y un pimentero que tienen forma de mexicanitos regordetes”, pero todo depende de dónde una ponga el foco, el huevo o la gallina, y si quiere ser contestataria (o no). Mi padre termina de vaciar el placard pero no encontró un solo peso. Creo que el "puede haber plata" era más una expresión de deseo que de posibilidad. Mi padre siempre cuenta que cuando se murió Alberto Raquelita no los dejaba llorar, y les decía "Bueno. Son cosas que pasan", tal como le digo yo a mi madre siempre que se queja de algo. De todas formas, ella nunca se volvió a casar ni siquiera novió con nadie, o no al menos que haya contada. Se quedó viuda hace 37 años y viuda sigue, y probablemente viuda termine, esclava de la plata y eterna devota de su luto colorido y silencioso. Nunca hablaba de su marido, aunque no hacía falta. Mis tías dicen siempre que una vez muerto, Raquelita fue al negocio, lo vació entero y cuando vinieron a reclamar una deuda aseguró y reaseguró que ellos no tenían nada, absolutamente nada, que el negocio lo habían fundido los milicos como al resto del país. Era un poco, solamente un poco, cierto. A ella nunca le importó nada de todo eso, para Raquelita el silencio era realmente salud.

En el baño hay todavía un par de zapatillas con las medias adentro. Es difícil trazar genealogías, recortar la experiencia en un relato; pero seguro si tuviera que contar cómo empezó a morirse Raquelita fue en el momento en que la llevaron a un geriátrico sin decirle nada, de modo que dejó en el baño de su casa un par de zapatillas con las medias adentro, esperando lo que no iba a pasar nunca: algún día volver. 

A diferencia del peronismo, que siempre está volviendo, como si fuese en cada ciclo que se reinventa, un nuevo 17 de octubre de 1945.