Translate

Ponele las ventosas al hombre invisible

domingo, 16 de mayo de 2021

Febrero, marzo, abril

 Febrero

Justo te recordé porque empecé a leer el libro que me regaló mi amiga la primera vez que fui a tu casa. En el comienzo leo el final. Pasé de largo aquellos poemas que hablan de la dicha o aquellos que hablan mal de los hombres, fui directamente a aquellos recovecos en los que el libro me hablaba directamente porque a veces me cuesta no ver la tristeza en todas partes, sobre todo cuando me acuerdo de vos, sobre todo cuando me acuerdo de una de nuestras últimas cenas. Charlamos de banalidades (lo que se nos da bien) mientras deshilachamos nuestra intimidad precaria, vos me das una hebilla y yo te doy un par de ojotas y así, la charla y la cena y cuando ya quiero (intento, erro) ser un poco más profunda, o más canchera, o más seductora, piso otra vez el palito. Me mostraste todo un espectro de placeres, y yo que soy porfiada en todo lo vinculado al deseo, perdí por goleada. Nunca supe enseñarte algo semejante. Nunca supe desconocerte y desquererte con la convicción que vos lo hacías. Nunca supe escribirte en un tono alegre, aunque en efecto, me hiciste muy feliz muchísimas veces. Nunca supe escribirte, de hecho, porque sabía que nunca, jamás de los jamases, me ibas a leer. Me endurecí y perdí la ternura. Ya se venció el plazo para dejar de estar triste y yo todavía tengo un gusto amargo en cada sector de mi memoria. Fueron muchos, agobiantes e inconducentes los diálogos, y a la vez, me quedó todo por decirte. Algún día, quizás, conversaremos. Por lo pronto quiero dejar de pensarme a mí misma como la víctima, porque soy mi propia victimaria. Te encarcelé en mi memoria, en un sector de biografía del que no dejo irte, y me acongoja pensar en la potencia de un futuro mejor en donde no estamos juntas. Ni física, ni mentalmente. No te pienso, no te recuerdo, no te lloro. Sé que ese futuro existe y está en algún lado pero me cuesta ser paciente. Nunca supe abrazar la calma y entregarme, sencillamente, entregarme a la espera. 

Me hubiera gustado no escribirte esto. Algún día voy a olvidarlo también, como toda nuestra historia y todos los momentos felices que tanto me pesan, sobre todo porque me acecha la duda de si fueron también felices para vos. No te lo pregunto ni te lo preguntaré. Todo lo que se dijo fue excesivo y lo que callamos me pesa. Quiero liberarte, librarnos de esta cárcel y no encuentro la clave, la cerradura, la estrategia, como no encuentro el mejor artilugio en el lenguaje para escribir sobre vos, sobre nosotras. 

Hace poco pasé por ese lugar donde fuimos a comer por última vez, y me imaginé que me veías. Yo estaba en el auto con una amiga, nos estábamos riendo. Si me hubiera dejado ver como era tal cual, quizás nos hubiéramos enamorado. Pero la tensión no me permitió hacer que me conocieras más y mejor. Ahora ya es demasiado tarde pero el error me pesa y lo padezco. 

Ya pasó más de un mes de la última vez que nos vimos. No sé qué habrás hecho con las velas para Januka, ojalá las hayas usado, ojalá que seas muy feliz.


Marzo

Hace un año nos íbamos de vacaciones juntas. No lo confesé nunca abiertamente, pero el viaje fue un desastre. No acostumbro a que las cosas me salgan mal, por eso cuando lo mencionaste al volver lo negué. 

Por primera vez hoy estuve contenta. De no estar juntas, digo. Me sentí relajada. Durante el día, comí pizza, dije tonterías con mis amigos. Lloré leyendo un libro, lo terminé, empecé otro. Me di cuenta de que estando con vos no lograba descansar bien. Obviamente esto no es tu culpa. Me pedías que me alejara de lo infantil y a la vez me reclamabas no tener sentido del humor, ¿cómo es eso posible si no hay nada más cerca de la infancia que el humor? Sé que debería haber sido más displicente y no intentar seguirte el ritmo, minuto a minuto, porque realmente sos incansable. Y por eso me gustabas tanto. Sé que la sensibilidad antigua y ansiosa tampoco maridaba bien con tu sensibilidad arenguera, maníaca y fogosa. Yo a veces realmente no soy de este siglo, creo que lo sabes, y aquella vez que lo mencioné lo negaste.

Somos más parecidas de lo que jamás podríamos aceptar la una frente a la otra. No lo digo yo, lo dice el mundo.

Echada en mi reposera de mi balcón piso 15 te dejo de ir de a poco. Primero me olvido de tu voz, después de tu cara, por último de las cosas felices compartidas.  El sentimiento de querer que estés acá compartiendo el momento conmigo se difumina y entreteje con otro distinto que no detecto del todo. Me quedo, por mi propio bien, con las cosas no felices y recuerdo ese poema de Blatt que dice "qué lindo todo lo que nos pasó, aun habiéndonos pasado cosas no tan lindas". Quizás alcance la tranquilidad, cuando acepte finalmente que la dicha que supiste traer a mi vida, con tan poco, con tan nada, no existe en otros lugares. Sé, de todas formas y porque no pierdo la costumbre de siempre salirme con la mía, proveerme mis propios placeres. Aquellos que no te nombran ni te tocan ni te recuerdan. Aquellos que son un tesoro mío, solo mío, que inventé yo, o que me regalaron otras personas. 

Mi balcón tiene una vista panorámica al Oeste de la ciudad, es una pena que no lo conozcas, aunque sé que preferís las casas bajas y el verde de un jardín ajeno. A la mañana hace mucho calor y una de mis plantas favoritas se queja. Le doy agua, la muevo de lugar, no hay caso, quiere estar adentro. Yo la entiendo, quizás, porque la bauticé "el dementor" entonces la luz no le hará tan bien. La calathea tiene unas manchitas preciosas. La begonia a veces parece triste, pero cuando le da el sol brilla. A mí la luz me encanta. Cuando comienza a oscurecer se prenden todas las luces de todos los balcones de la ciudad, hay una hora en la que realmente pareciera que estuviéramos todos los porteños participando de la misma liturgia. 

Hacer la cena, tomar una cerveza, ver una película. Una liturgia cotidiana en la que estás ahora realmente muy lejos. Más lejos, quizás, que nunca. 

Ni un sólo día que no estuvimos juntas dejé de extrañarte. Me aterra la idea de que tengas un recuerdo torcido de mí, que no hayas llegado a conocerme mejor. Siempre es insuficiente, porque soy insaciable. Ya me lo decía una conocida el otro día. 

No quisiera borrar con el codo todo lo que supimos escribir con el resto del cuerpo.

Se van las cosas que tengo ganas de contarte todos los días, la idea de un futuro de compañerismo que nunca fue posible ni existió. Me hubiera gustado ser suficiente, que me quisieras lo suficiente. Te recuerdo tan linda, echada en el balcón con la merienda. Te creí todas las veces que me dijiste que no ibas a irte, te dejé ir todas las veces que me pediste que me fuera.


Abril


Durante aquellos meses las campanas de la iglesia sonaron a destiempo. A veces dos, a veces tres veces por día, a veces ninguna. A las 18:45, sin embargo, tocaban una melodía que anunciaba la misa diaria. La luz de la cúpula titilaba con la misma intermitencia impredecible que el sonido de las campanadas. Fue una buena forma de perder el registro del paso del tiempo. El sonido me hacía acordar al del reloj del living de la casa de mi padre, a dos estaciones de subte de la mía. Hace ya tiempo no vivía ahí, pero el sonido había quedado guardado en mí memoria, y eso que suele ser de las primeras cosas que olvido. El sonido de una voz, de una risa. No así el tacto ni la forma de las manos de la gente a la que quise mucho. 

Una noche de aquellas donde todavía hacía calor en una charla de balcón mientras fumábamos una amiga dijo que ahí en frente estaban en una fiesta. No entendí si lo dijo en chiste, pero simulé que si. "La joda del niño Jesús" le contesté.

Esa noche nos detuvimos a comentar acerca del ruido de los murciélagos. A algunos se los escuchaba cerca y a otros lejos y empecé a dejar de tener tanto miedo a la oscuridad y a lo desconocido. 

Cuando era chica y todavía vivía con mi padre, a las doce de la noche, contaba las campanadas, mientras sonaban, una por una. Era como tomar asistencia. Tenía miedo de que algún día faltara alguna. Pero el sonido de las 12 en punto no me traicionaba. Mi fiel amigo en las noches de adolescencia y café noctámbulo se hallaba impoluto. Muchas veces conversaba con los amigos que me visitaban. "¿Cómo hacés para no asustarte cada vez que suena esa cosa?". "Es que ya estoy acostumbrada". 

Con los años me fui volviendo más asustadiza. El mar y los murciélagos son las cosas que más me dan miedo. También la muerte y estar lejos de mis amigas durante mucho tiempo. Lejos metafóricamente, quiero decir, o sea no hablar y llegar a un punto donde ya no nos entendamos. Suelen darme miedo las cosas con "m". 


Hace unos días arreglaron tanto la luz como las campanadas de la iglesia de en frente. La cúpula ya no titila y ni bien se pone el sol se enciende la luz, leal, hasta la madrugada, sin intermitencias. A cada hora, la cantidad de veces que suena aquel ruido estridente marca la llegada de un nuevo momento del día. A la noche se calla para dejarnos dormir. A las siete de la mañana vuelve a sonar. Siete veces. De ahí en más, una por cada media hora.  


El día que se vino a llevar los relojes el baúl del auto le goleó la cabeza. Le dije en chiste que era el fantasma de su padre que no le hacía gracia que sacara los relojes de su lugar. Al que no le hizo gracia el comentario fue a mí papá. Él se toma muy en serio el tema de la visita de los seres queridos que ya se murieron. No le tengo tanto miedo a los fantasmas como a la muerte. Pienso que es una especie de puente. Además mi papá dice que en tal caso, la casa donde yo vivo no es su lugar original. El lugar original ya no existe. La relojería la vendieron hace muchos años, incluso antes de que yo naciera. 

Así que de ahí la tara de querer encapsular, como en los relojes, el sonido como efecto del paso del tiempo. Tengo en mi almanaque el día que nos conocimos, y el día que nos dejamos de conocer. Mejor dicho, los días. Todas las veces, una por una, si hago un poco de esfuerzo puedo recordarlas. Es que una se acuerda de las fechas terribles y no de los momentos bonitos. No tengo recuerdos de fechas concretas de algún día que hayamos ido al cine. Sé que estuvimos de viaje de tal día a tal otro, pero no tengo en mi memoria todas las veces concretamente que nos dormimos abrazadas, o que te dije que te quería, o que me dijiste que vos también. Ni me acuerdo con certezas de todas las llamadas telefónicas (aunque en eso me podría ayudar el celular). Quisiera que hicieran conmigo lo que con la iglesia de enfrente. Que arreglaran mi luz intermitente de una vez y se vaya esta inconstancia de mi cabeza. Que se queden en los lapsos entre una hora y la otra lindos sonidos (como el de tu risa o el de las veces que pronunciabas mí nombre), o que no quede nada. Que te vayas de una vez y para siempre de mi cabeza, de los recuerdos más bellos y podamos decir "ahí están de fiesta". Y que no sepamos si hablamos o no en serio, pero que eso no sea importante. 

Quisiera mostrarte lo linda que va la vida y lo bien que se pusieron el tiempo y el espacio en el mes de abril. A l mañana hace calor. A veces me levanto temprano y tomo sol en el balcón. A las 8 de la noche todo cierra. El club de enfrente donde de chica practicaba natación apaga sus luces. La ciudad intenta sobrevivir como yo a pesar de tu ausencia. Agrego uno a mi lista de miedos: que te olvides de mí, que un día abandones la inconstancia, y que no sea conmigo. Que en a tu luz intermitente se le escape mi nombre y todas las fechas y todos los rincones de la ciudad donde alguna vez tomamos café.