Las escaleras bajo sin mirar
Mi mente quiere quedarse en las desgracias
¿Qué hiciste entonces cuando todo estaba?
Esta ciudad solo muestra el sol en las ventanas.
Hoy volví a ver a Raquelita después de un año y dos meses. Tenía puesta una blusa de flores, un saquito negro de lanilla y un pantalón rojo. En el hogar pusieron una especie de cabina. Al entrar te dan unos guantes gigantes, un barbijo y te obligan a rociar con alcohol todas las cosas que llevás puestas. En la cabina que separa el exterior y el interior del hogar hay huecos para poner los brazos y abrazarse con la persona que está del otro lado. Es entre bizarro y penoso. En general no fui muy de abrazar, nunca, sin pandemia tampoco lo era. La cosa corporal afectiva me cuesta un poco. “Qué linda blusa, abuela” le digo ni bien entro. “Me la puse para vos” me dijo, Raquelita, sonriente. “Mostrame fotos del departamento, dale, no me digas que tiraste los canteritos, ¿por qué comés sola en el balcón? ¿Así que ahora los muchachos cocinan? Cuando yo tenía tu edad solo cocinábamos nosotras. ¿Y está yendo el fumigador? ¿qué pasó con Enrique, el encargado? Dale mostrame más fotos, a ver cómo quedó, mirá qué luminoso que está con las paredes blancas. La televisión asusta mucho, realmente, eh. El otro día se pusieron a jugar al bingo pero yo no fui, no me muevo de mi habitación, la verdad que el bingo me parece un juego de mierda, y hay un señor en la habitación de al lado que solo se mueve con un tanque de oxígeno. Dale mostrame más fotos del departamento, ¿hay mosquitos? Sabés que yo nunca tuve mosquitos en esa casa, eh”
Hace un par de semanas vi The father. El protagonista Anthony (Anthony Hopkins) es un señor que sufre algún tipo de demencia senil, no se entiende bien si eso o alzheimer o qué. Su hija Anne (Olivia Colman) lo interna en un hogar porque ella se va a vivir a París con su pareja. El punto de vista no se aparta nunca de Anthony entonces la película es confusa. Pienso en películas con estructuras similares a esas: Memento, Promising young woman, Inception. La historia está contada de tal modo que no nos despegamos nunca del punto de vista del protagonista o de la protagonista. Aunque tendemos a creerle siempre a los narradores de las historias, casi tan inocentemente como cuando somos niñxs y le creemos a nuestrxs padres o maestrxs todo lo que nos dicen, esto es engañoso ya que un punto de vista que no varía es, siempre, un punto de vista sesgado. La narración entonces está teñida de aquellas vicisitudes que tiene la cabeza del protagonista. Si el protagonista posee una memoria alterada por la imposibilidad de crear recuerdos a corto plazo, entonces la película constantemente vuelve sobre la misma escena ya que el protagonista debe volver sobre sus pasos para entender qué estaba haciendo, y cómo llegó hasta donde llegó. Hace poco vimos Memento para el taller y les indiqué a lxs estudiantes que estén muy atentos cuando la vieran, que era una peli compleja en su estructura aunque no en su trama. “No me salió verla atenta, entonces no entendí nada” dijo una alumna. Otro alumno cuestionaba al director por “hacernos creer todo el tiempo lo que se contaba a sí mismo el protagonista cuando en realidad el culpable ya estaba preso”. “Ah pero él es el director” decía otro. “Y qué, no por eso puede MENTIRNOS” retrucaba el primero, con su indignación in crescendo. “Que él puede hacer eso”. “No, no puede”. Me acordé de La invención de Morel, Los adioses y Otra vuelta de tuerca en donde todos los narradores de las historias son bastante desconfiables y, a la vez que nos convencen de aquello que narran, entretejen pistas para que descubramos, al final, que en realidad lo figurado está sumamente teñido de su percepción y no es, en concreto, cómo las cosas pasaron. Ahí cabe preguntarse entonces si existe tal cosa como "una verdad acerca de cómo las cosas pasaron". A priori cuando nos entregamos a la escena que supone una lectura o una mirada cinematográfica nos entregamos a lo que tienen para decirnos los narradores de esas historias. Tendemos a creerles. Es como, un poco, estar conociendo a alguien nuevx. Creemos, ilusamente, que van a venir siempre con la verdad o, al menos, que tienen la mejor de las intenciones. Quizás porque nosotros las tenemos, quizás porque no queremos sentirnos engañadxs, o quizás no sé, y eso es algo que me pasaba a mí antes de. Y después ya no. La desconfianza me empezó a parecer muy productiva de un tiempo a esta parte. Les recuerdo a lxs chiques: “siempre tienen que hacerle preguntas a la película, recuerden que la trama no siempre es idéntica a todo lo que ve o percibe el protagonista. A veces estamos nosotrxs siempre un paso más adelante que el protagonista. No confundamos aquello que aconteció en el plano de la historia con aquello que percibe o siente o vive el protagonista”. “Como el pelotudo ese de Sexto sentido que ni se dio cuenta en un año de que estaba muerto”. Entonces les pregunto cuál es la diferencia entre Memento y Sexto sentido. Lxs estudiantes aman criticar, sobre todo esa película, se les enciende la mirada cada vez que la mencionan. Se aplastan entre ellxs para ver quién dice la crítica más perspicaz, aunque no lxs dejo decir más de diez malas palabras por clase. “En Memento sabemos que el protagonista está loquito, digo, él lo sabe entonces nosotros lo sabemos porque estamos como que sentimos empatía por el chabón” dice el que no estaba tan indignado, pero que es el que más insulta. “Empatizamos, literalmente” acoto: “estamos en el lugar del protagonista. No nos despegamos de ese punto de vista, no hay alternancias”. La chica que dijo que no prestó tanta atención retruca “no está loco, tuvo un accidente”. A lo que contesto, rápido: "¡ah, viste que sí estuviste atenta!". La chica sonríe. es la única mujer de la clase, y creo que es la más chica, aunque no me acuerdo. El más enojado dice que igual no dan ninguna pista, que en ese sentido es igual que “la poronga de Sexto sentido”. “¿No dan pistas?” repregunto: “¿cómo que no?”. “Yo no entendí lo del arco de Sammy”. “Esa es la subtrama, boludo”, “chicos no digan ‘boludo’”. En el caso de The father al protagonista las figuras, en lugar de olvidarse, se le entremezclan. Se confunde a su hija con su enfermera y al doctor con el marido de su hija que parece, a su vez, no tratarla muy bien, ¿o acaso es una fantasía de padre preocupado, lo último que queda de lucidez de él le alcanza para eso?
La última vez que vi a mi abuela Nora era 12 de octubre, el cumpleaños de mi abuelo Jorge. Fuimos a saludarlo a la puerta de la casa, le llevamos un libro que le hicimos entre familiares e imprimieron mis primos. Después empecé a ver una señora con su misma estatura y sus mismos rasgos, pero ella no estaba ahí. Ya no quedaba nada de la Nora activa, lúcida, psicoanalista, judía, muy judía, que había antes. “Estoy segura de que ese nene recién se estaba masturbando” me dijo en la plaza el día que fui a verlos en Semana Santa. “Abuela” le contesté, aguantando una risa “esas cosas no se dicen públicamente”. “Ah, es que perdió la inhibición” diagnosticó mi abuelo. No le hago caso. “Abuela” le dije después de un rato para traerla a la realidad de nuevo. Les traje un huevo de pascua con florituras de azúcar y chocolate blanco. Estoy a punto de quedármelo yo, pero mi egoismo no llega a tanto y se los doy ni bien llego a la plaza. “Ayer soñé con vos, y tenías una peluca violeta, ¿cómo te pegó la vacuna, ya estás hablando ruso?” “ah sí, muy bien, muy bien, dicen que puedo tener fiebre dentro de quince días, ¿vos sabés si esto es así?”. Le dije que no. Que no sé, pero que no creo que duren tanto tiempo los efectos adversos. Después llegó mi madre. “Mariela, estás tan flaca” le dijo. “Mamá, y vos estás tan loca” retrucó ella.
La de Anthony Hopkins es la última que me queda para ver de las nominadas a los Oscars. Cuando era chica teníamos un ritual. Con mi mamá mirábamos los Oscars en su cama, comiendo con la bandeja negra que se paraba en dos patitas. Era el único día del año que comíamos en la cama. Al día siguiente, generalmente, empezaban las clases. Yo miraba los Oscars hasta el final, incluso cuando mi madre ya se había quedado dormida.
“¿Estás viendo Masterchef, Raquelita?” me dice que no. Que ya para ese entonces está durmiendo y que sin Carmen Barbieri, para qué lo va a ver. "A la Barbarrosa esa no me la banco".
Nunca lograba dormirme después de la ceremonia. Me quedaba despierta hasta que se hacía la hora de entrar al colegio. Siempre me daba nervios que sea todo diferente: que mis amigxs ya no estuvieran, que la maestra no me cayera bien, que el colegio sea otro. Ahora no voy hace mucho al colegio pero cada vez que estoy por empezar una clase nueva siento un poco ese vértigo en la panza: ¿qué pasa si digo algo mal? Eso pensaba mientras le mostraba las fotos a Raquelita de cómo había quedado su casa. “Qué pasa si algo no le gusta”. Entre los sueños en que veo a mi abuela con peluca sueño que Raquelita donó su casa a una sinagoga, como en la película Disobedience, y me tengo que mudar rápido, de un día para el otro. Hace poco le comento este sueño a un amigo, me pregunta las chances que hay de que eso pase realmente, y le digo que en serio son muchas. Que él no conoce a Raquelita. “Uh, no, y boluda, charlalo”. Hablar esas cosas implica poner sobre la mesa conflictos que nadie puso hasta el momento, y eso no es algo que se me da demasiado bien. ¿Por qué la gente siempre quiere que las cosas se hablen? ¿No saben acaso que la gente miente, a veces incluso no a propósito? ¿Por qué creen siempre que les están diciendo la verdad, y que a priori son todos buenas personas, con las mejores de las intenciones?
Me pregunto, cuando termina la película, si Florian Zeller le puso así al protagonista por el actor. Si en nombrarlos del mismo modo había, en cierto sentido, algún tipo de reflexión metacinematográfica, como cuando Orson Welles se puso a sí mismo haciendo de policía malo y corrupto en Sed de mal. Lo que Ángel Faretta llama “mediación icónica”. Aquello que empieza a generar sentido cinematográfico cuando aparece dos veces en una historia audiovisual (no, primero como tragedia y después como farsa no, eso es otra historia). Creo que el nombre actoral-personaje igualado es mera casualidad, esta película está basada en una obra de teatro (¡con razón el modelo de producción 1 locación y 4 actores, tan efectivo para los tiempos donde el pan no abunda!). Cuando termina la película también me remuevo en el sillón y lloro. Lloro porque a veces la memoria, y la vejez, y el tiempo, y esta pandemia está arruinando los años más felices de mi vida y entonces pienso que no. que, como en guion, quizás estos años llenos de tragedias y de miedos cotidianos sean necesarios para un desenlace tal que, como un buen guion, no es más que el desprendimiento de todos los elementos previamente planteados en el resto de la historia, es la respuesta a aquello que se plantea como pregunta en el minuto 14 de película.
La señora que está en el cuerpo que antes era de mi abuela Nora tenía anotado en la muñeca el número de su psiquiatra. “Como Memento” se burlaba mi abuelo, pero no le sigo el chiste ni la burla. Fijo demencia, miro para otro lado. Mi madre puso los ojos en blanco.
“Bueno entonces la próxima vez veo la peli me voy haciendo anotaciones en los brazos como el protagonista” dice mi alumna que alegó estar desatenta, al final de la clase.
“Sí, no, chicos, eso: acuérdense siempre que vean las películas, anotense todo”. “Sí, sí, Clari vos ya nos dijiste que tenés libretitas hasta en el baño de tu casa”. ¿Yo les conté eso? Es una vil mentira, en primer punto, en segundo: no creo haber nunca mencionado un baño durante mis clases. Mi baño. Sonrío: “sigan mis pasos, entonces”. “Sí” dice el que primero estaba más indignado. “Yo sé que algún día a mí me va a salir escribir como vos”.
Tengo la sensación de que en la casa de Raquelita, ahora mi hogar, voy a escribir cosas más lindas. Estoy escribiendo más, y mucho mejor que antes. La luz que entra por la ventana me alínea las ideas. A veces paro la actividad diaria para llorar. Después me lavo la cara y sigo. Entre clases, reuniones, actividad académica y de gestión cada vez quedan menos horas en el día para llorar. Desde las seis aproximadamente empiezo a pensar cuál va a ser la película de esa noche, y quizás aprovecho si la película es medio triste (lo que es el caso de todas las de los Oscars) y lloro mientras ceno y la veo. Ya no le tengo miedo a la hoja en blanco, ni a la soledad tan concreta que son, un poco, la misma cosa. Recuerdo las indicaciones de mi directora de tesis: “escribí primero como si estuvieras explicándoselo a alguien que no sabe ni quién es Jorge Luis Borges”.
- Sos como tu abuela, acumuladora.
- Es que tengo miedo de olvidarme de las cosas que hablo con la gente, y creer que son todos buenos.