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Ponele las ventosas al hombre invisible

lunes, 12 de octubre de 2020

Raquelita I

Todo en mi vida sucede de manera anfibia. No sé cómo se vive si no es entre dos mundos. Nunca tuve una sola casa hasta los 23 años. Creo que fue por eso que aprendí a hacer hogar en cualquier lado. 

Cuando nací mis casas eran la de mis padres y la de Raquelita. Vivíamos a tres cuadras de distancia. En lo de mis padres me cuidaba Marisa, la niñera que después de grande me enteré que es lesbiana. En lo de Raquelita me cuidaba yo. Raquelita acomodaba sus pupas, se sacaba los collares, se acostaba en la cama después del almuerzo y ponía la repetición de Videomatch a todo lo que da. Yo jugaba con los relojes que eran de su difunto marido, que era relojero, y con una torá chiquita que tenía un yad en miniatura. A mí me encantaba y una vez Raquelita me descubrió intentando llevármelo. “No, no no, eso va ahí adentro”. Me dijo y señaló la mini torá. Fingí demencia como hago y como hice siempre. Pero a las dos cuadras le dije a mi madre que teníamos que volver “es que me olvidé de algo”. Le devolví el yad con mirada culposa pero Raquelita no me retó. Nunca me retaba. 

El viernes 9 de octubre de 2020 volvimos a ir a lo de Raquelita. La llave se me traba, “tu abuela tenía la puerta blindada” dijo mi padre con un gesto de desaprobación. Pienso “quién le iba a entrar a robar en un piso 15”. Igual le robaron. En 2015 un día como cualquier otro la llamaron, supuestamente del banco, y le hicieron el cuento del tío. Nunca nadie supo exactamente cuánta cantidad de dinero le habían sacado, pero seguramente era mucho, porque toda la herencia de Alberto se la había quedado ella. Raquelita nunca volvió a ser la que era desde ese día. Dejó de salir. Siempre salía a tomar el té con las amigas, iban a Las Violetas o a algún café de barrio si era fin de mes. Dejó de comer. Dejó de cocinar. Llegó a estar, todavía está, muy medicada. Antes de eso cocinaba mucho. Nunca me enseñó, ni a mí ni a ninguno de mis primos o primas, a cocinar kepes. Después todos aprendimos por nuestra cuenta. Ahora todos mis primos y primas tienen sus esposas y maridos respectivamente a las y los que les cocinan kepes. Después de lo del robo a Raquelita le costaba mucho quedarse sola, o se caía o llamaba a alguno de sus hijxs o nietxs cada dos por tres. Entonces mis tías y mi padre contrataron una chica para que la cuide, como a mí me cuidaba ella de chica. No se llevaban muy bien. Mi abuela decía que la acompañante le cantaba con sorna “la abuelita, la abuelita, qué viejita la abuelita”. Estoy segura de que tenía motivos de sobra para hacerlo. No quiero decir que esté bien, quiero decir que seguro Raquelita la había provocado. Lo de la sorna lo digo yo, seguro Raquelita ni sabía qué significa “sorna”. Mi abuela no terminó el secundario. Se casó a los 20 años con Alberto Charrúa. El apellido es mentira, originalmente era otro y lo cambiaron cuando llegaron de Damasco a la costa uruguaya del Río de la Plata porque no le entendieron la pronunciación. Todo empieza entonces con un mal entendido. De mi genealogía ficcional debo haber heredado el amor por inventar historias, por eso me debo haber hecho guionista.

Raquelita enviudó a los 43 años y nunca se volvió a casar, pero nunca hizo duelo ni decía que era viuda. A los 56, cuando mi padre -que es el hermano menor- se mudó con mi madre, vendió su departamento en la calle Joaquín V. González y se mudó a uno en la calle Hortiguera. La casa que ahora va a ser mía. 

Yo no tengo pareja pero igual cocino para mí. Cocino mucho y estoy segura de que si Raquelita probara algo de todo lo que hago no le gustaría nada. No había muchas cosas en general en el mundo que le gustaran. Igual siempre me recibía y cuando pasaba mi madre o mi padre a buscarme ponía la pava y cebaba unos mates dulces espantosos. 

El día que cumplí 25 años llamé a Raquelita al número del geriátrico. Me preguntó cuándo iba a tener un novio porque ya tenía todo: “el título, la casa”. No se refería a su casa, ni sabía que ahora su casa iba a ser mi casa, yo tampoco lo sabía para ese entonces. Todo en mi vida sucede de manera anfibia y siempre un poco a los ponchazos, no de la forma ordenada que a mí me gustaría que suceda. De todos modos las cosas, más o menos prolijamente, siempre se acomodan. “Abuela, qué estás haciendo estos días” le pregunté mientras daba unas vueltas por el parque. “Tejo y tejo, nada más que eso, todos los días lo mismo. Acá ya se murieron varios con eso del Covid, eh. Bueno, no tantos, pero yo ni salgo de mi habitación. ¿Vos estás bien? Yo te quiero mucho”. “Estoy bien, abu. Yo también te quiero mucho”. Le digo. Raquelita tampoco sabe que soy lesbiana y que no está en mis planes tener un novio. No se lo dije. Mi padre lo sabe pero se lo olvida a propósito sistemáticamente. 

La semana de su cumpleaños número 83 la llevamos al hogar y festejamos ahí con sanguchitos, alfajores de maicena comprados, coca cola y un café quemado que hacen en la cafetería ahí mismo. Raquelita no comió ni tomó nada. Lxs hijxs de mis primxs corrían por todos lados y llevaban y traían unas sillas de plástico. Cuando nos despedimos mi abuela le pidió a mi tía Gra, su hija mayor, que por favor no se vaya. Pensé "por qué será que las madres siempre son más hijas de puta con la hermana mayor".

En el departamento de Hortiguera las cosas están como las dejaron dos años atrás, cuando se la llevaron medio engañada a Raquelita al geriátrico, “al hogar”, como le dicen. Ella no sabía que nunca iba a volver. Hay un esmalte sin abrir en la mesa del living. “¿Todo se puede tocar, no? Digo, acá no entró el covid” le pregunto a mi padre. El departamento se estancó en el tiempo. La torá miniatura y las fotos, todo intacto. Intento abrirla a ver si todavía sigue ahí el yad pero está oxidada la ranura. En la habitación hay tres de esos relojes despertadores que fabricaba Alberto, el marido de Raquelita, bueno, el ex marido, ¿el finado? ¿cómo se dice cuando alguien era el marido de alguien pero se murió? Tienen una gallinita y hacen un ruido horrible. Cuando nació J y compartíamos habitación en la casa de mi padre en Palermo teníamos uno de esos en el cuarto. J se levantaba en medio de la noche y lloraba mucho. Solamente se calmaba con el ruido del bendito reloj que a mí no me dejaba dormir. Una vez me molestó tanto que lo saqué al balcón, después de que J se duerma, y con el ruido de los postigos se volvió a despertar. Nuevamente, fingí demencia. En realidad fingí estar dormida. La casa de Palermo era de las casas más lindas en las que viví. Teníamos dos pianos verticales, uno de la madre de J, Victoria, quien ni bien me conoció me quiso como a una hija. Para ese entonces me cuidaba ella mientras mi padre trabajaba. Marisa ya no venía porque había conseguido trabajo de abogada. El día que nació Emilia Victoria me llevó al hospital a conocerla. Se llevaban muy bien con mi madre, mejor que mi madre y mi padre, de hecho. 

Al año de que mis hermanxs nacieran ya nadie me cuidó nunca más. Iba y venía sola a todos lados. Mi madre me compró una Guía T y así conocí Buenos Aires por mi cuenta cuando tenía 11 años. Empecé a ir a la escuela sola, a comer con mis amigxs sola, luego al instituto para hacer el curso de ingreso. Iba de la casa de mi padre a la de mi madre, de Palermo a Almagro con el 36. Siempre me perdía y tardaba el doble de tiempo en llegar a los lugares, pero siempre los caminos se acomodaban. 

En Hortiguera no entra ni un solo piano, igual ya no toco. Toqué pocos años, pero ese es otro tema. El departamento se me hace gigante para mí sola y me pregunto si a la gata le va a gustar. No recordaba que era tan grande. Se ve que cuando venía siempre había más gente. Mi padre pelea con la persiana baja mientras yo revuelvo los cajones de la cómoda y miro a mi alrededor. Anoto en una lista todo lo que hay que arreglar, vaciar, limpiar, poner en bolsas, donar, vender, pintar, electrificar. Tengo que definir yo demasiadas cosas y sé que aunque voy a intentar hacerlo de forma ordenada no se va a poder tan ordenado y prolijo como a mí me gustaría. 

“Papá” le digo antes de salir señalando la pared “con razón la abuela se volvió loca: por mirar la 24 horas del día este empapelado tan feo”.


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