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Ponele las ventosas al hombre invisible

lunes, 30 de marzo de 2026

Hamtaro

Los domingos, hace ya varios meses, vuelvo al barrio de mi infancia. Almuerzo en lo de mi mamá, paso por la Plaza Almagro, a veces visito a Angie o a Lu o a mis abuelos que viven todos en el mismo radio de cinco cuadras a la redonda. 

Hoy tocó mis abuelos. Les llevé chocolates de Rapa Nui que hicieron un especial de pascuas con unos conejos con confites adentro increíbles. Mi mamá me pidió una pastrafrola de camino y Norber un tiramisú así que parece que estoy yendo más a una cena navideña con todas las bolsas con dulces que a un domingo cualquiera. 

Mi abuela ya está levantada después de su cirugía aunque le quedan todavía quince días de reposo, corta una rosca de pascua, me cuenta que la enfermera la peinó, me muestra fotos del peinado más temprano y su faja que le rodea la cintura:  “soy la acorazada potemkin”. Justo antes habíamos hablado con mi mamá sobre el sistema de enfermeras este mes que estuvo internada ella (dos veces) y mi abuelo se quedó solo en su casa, lo caro que había salido, los problemas de plata de la familia. Ya se lo dije pero vuelvo a pensar en que tiene que leer Mañana digo basta, una novela de Silvina Bullrich donde una mujer de cincuenta años se muda a La Paloma para estar lejos de sus hijas, completamente resentidas, neuróticas e insoportables, sus amantes de la ciudad, sus amigas aspiracionales y su padre, ya retirado que reside en Europa y solo aparece para enviar tarjetas navideñas. Para estar lejos de las demandas en general: “Estoy aquí” dice en un momento “porque necesito saber con exactitud lo que, a decir verdad, sé con exactitud: que una mujer latina que no deba ganarse indefectiblemente su vida puede desaparecer del orbe durante el tiempo que se le antoje sin que a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurra pensar que esa mujer todavía joven, llena de impulsos, de fuerza, de ansias de trabajar podría estar cumpliendo una función útil donde están fingiendo cumplirla tantos hombres inútiles" Releí diez mil veces esa frase. ¡Cómo se le ocurre escribir algo así! sigue su diatriba: "para nosotras los siglos no han pasado, para nuestra madurez nos está reservado el mismo destino que nos predijeron al nacer, al casarnos: la vida de familia, dedicarse a sus hijos y a sus nietos ¡qué conversaciones tan interesantes! ¡qué intercambio de ideas! Siempre los mismos en la misma mesa… entonces una protesta, el derecho a patalear. Pero Señor, yo elegí otro destino, yo sacrifiqué mi juventud, tengo una carrera, tengo un nombre. Estos treinta años de trabajo ininterrumpido no pueden haber pasado en vano. Muy bien, nadie se lo impide: tenga talento. ¿Qué? Pues si, lo que acaba de oír, escriba, pinte ¿Cómo a toda hora? ¿Un libro detrás de otro? ¿Un cuadro después de otro? Exactamente. No es humano, muchos hombres que lucharon como yo obtuvieron cargos que les permiten vivir con decoro y sentir que cumplen una misión mientras esperan que nazca en ellos el tema de otro libro o el cuadro que nunca pintarán. Pero usted no es hombre. Ya sé, pero soy un ser humano. Bueno, el mundo es así, lo mismo les ocurre a los negros, y cada tanto tiempo a los judíos, y el obrero no es patrón, las clases y las razas existen, usted, señora, no puede reducirlas a cenizas. Yo pertenezco a esa clase de la cual salen los cónsules, los embajadores, los agregados culturales, los directores de los directorios. Pero son hombres. Pero yo he trabajado como un hombre. Pero no es un hombre. ¿Y qué debo hacer? No sé, es lamentable que no le divierta llevar a su nieto a la calesita. No hablo de divertirme, hablo de cumplir una misión, de ocupar el lugar que me corresponde, no no me gusta la calesita ni los caballitos ni ningún otro diminutivo. Les daré a mis nietos un nombre de qué enorgullecerse… eso déjelo para los hombres. ¿Y qué hay para las mujeres? Hay calesitas”. 

Me gusta la mente de Bullrich porque entrecruza perfectamente el humor con el hartazgo que le produce vivir en un mundo que es completamente para tipos. Además es cierto: mis abuelas siempre me llevaban a la calesita.

Justo hoy a la mañana terminé la primera temporada de American Crime, la serie de Ryan Murphy sobre el libro The people vs. O.J Simpson. El caso es sobre un jugador de futbol americano que mata a cuchilladas a su mujer y a su nuevo novio. Gana el juicio, lo declaran inocente, básicamente por ser negro y porque la gente lo ama porque es un ídolo popular. Mi arco favorito dentro de la serie fue el del mejor amigo, el papá de las Kardashian, que lo interpreta el que hacía de Ross en Friends. Al chabón se le va rompiendo el hilo que sostiene la camaradería peneana porque, mientras avanza el juicio -que duró un año- no encuentra realmente otra prueba y otra explicación que no sea que su amigo mató a su ex mujer. Pero todo lo que muestra la serie es que en realidad no importa que hayas matado a tu mujer, porque si jugás al futbol y todos te aman, podés ser un femicida en paz. Como lo estoy contando parece una serie aburrida, y además no sería ni el primero ni el último femicida en la historia que dejan impune, pero el modo en que está hecha, la estructura de los capítulos, la adaptación del guion, realmente la vuelven una historia atrapante y muestra lo mismo que la novela de Bullrich: la diferencia de clase, de géneros, de raza, en realidad es todo parte de la misma cosa, de cómo se sostiene el mundo. Y Silvina Bullrich pensó todas estas cosas sin considerarse feminista y siendo, como lo dice el personaje principal de su novela, parte de la aristocracia argentina, de esa clase de donde salieron los cónsules, los embajadores, los agregados culturales: “Yo tengo una noción muy clara de mi situación social, pecuniaria, de mi edad, sé a la perfección quiénes fueron mis padres, mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, mis diecisiete tatarabuelos; en la bóveda de la familia está nuestro nombre y una fecha muy lejana; tenemos una de las primeras bóvedas de Recoleta. Ni muertos nos dejan en paz”, dice unas líneas antes la protagonista de la historia aunque todo el mundo le atribuyó esa cita a la propia biografía de Bullrich. Un pequeño problema que tiene a veces la crítica literaria y es no entender la diferencia entre autofiguración, autoficción y autoría. Y esto deriva, también, en muchas acusaciones, que ella dice son infundadas: la crítica la odia por ser rica, ella se defiende diciendo que no es rica, o que pertenece al sector pobre de los ricos. De todos modos fue una de las escritoras más vendidas de toda la literatura nacional. Hoy por hoy, ya está completamente marginada de la literatura nacional por gorila y por rica (y por haber sido mina, y bastante intratable, digamos todo): ni muerta la dejan en paz.  

En Mañana digo basta tampoco se cuenta una historia demasiado grandilocuente. Lo que importa, de nuevo, es la forma en que está escrita. La protagonista redacta un diario íntimo durante todo ese verano, el verano donde pretendía deshacerse del mandato del mundo, de este entramado filial-amatorio-paternal-patriarcal que la oprime. Y no lo logra, siempre algún reclamo nuevo o tarea nueva le cae, y dice que mañana será el día. Siempre intenta salirse, pero la vuelven a traer hacia el centro. Y ella dice que mañana será el último día. Trust me, i’m a procrastinator. Sus hijas le reclaman constantemente que les dé “la bandera francesa”, tres brillantes que son lo único que queda de una fortuna familiar más grande que se fue dilapidando a lo largo del tiempo. Pienso todo el tiempo en la cantidad de reclamos completamente infundados que una como hija le hace a sus padres. Piglia dice en su texto “Ficciones del dinero” que la plata no es una herramienta para un fin, a veces ni siquiera un fin en sí mismo, sino un regente en la economía de las pasiones. Así funciona, tanto en la vida como en la literatura. 

En la historia de mi familia pero también en la historia nacional, y por qué no en la literatura, los problemas de dinero son una constante. Mis abuelos se casaron hace más de cincuenta años y es la primera vez en su vida que tienen problemas de plata. Sin embargo, no pierden a veces el sentido del humor: “Hoy es nuestra primera noche solos”, me dice mi abuela, contenta, mientras comemos la segunda porción de rosca de pascua, porque a partir de ahora las enfermeras vendrán cada mañana y se irán a las 8 de la noche. Recuperan algo de la autonomía que perdieron en la vejez, de a poco. En realidad le estaba contando sobre esta novela a mi abuelo, que cada vez que me ve me pregunta cómo vengo con la-que-no-debe-ser-nombrada (la tesis). Quería hablarle de Bullrich pero en realidad, por dentro, estaba pensando, preguntándome cómo voy a hacer para, llegado el caso, tener que mantener a mis padres, con un sueldo monotributista docente como el mío, soy guionista, estudié letras, me gusta contar y analizar historias, nunca pensé en enriquecerme ni en hacer guita. Pero para eso falta tiempo y hace cuatro semanas empecé una psicóloga nueva que me dijo que a veces la preocupación en sí misma no ayuda a planificar una hoja de ruta para solucionar eventuales problemas que puedan surgir, los cuales despertaron esa preocupación. Sino, a veces, solamente agrandan el panorama y enturbian la posibilidad de vislumbrar soluciones. Pero, ¿qué debería hacer? ¿cambiar de trabajo ya pensando en esto? Mi mamá siempre me dice que no me preocupe por esas cosas, que la vida se acomoda y que tengo la suerte de tener dos títulos de grado y pronto uno de posgrado y me pregunto si realmente lo dice en serio o si es una manera de calmarme o de calmarse. Mis abuelos teniendo ambos títulos de grado y siendo profesionales, con propiedades, ahorros (yo pertenezco a la clase de donde salieron los intelectuales orgánicos del país en los setenta, la bendita clase media urbana) tienen problemas de plata a los 80 y pico de años. ¿Será que no pensaban vivir tanto? ¿será que no podían prever que el país tomaría el rumbo que tomó? ¿será que quizás, incluso habiendo planificado todo bien, hubo contingencias que escaparon a cualquier tipo de libre albedrío y agencia humana? ¿será que lo que no previeron fue acaso el rumbo que tomó la economía de las pasiones familiares? ¿será?

De la rosca de pascua pasamos a los sanguchitos de miga y de la charla sobre la tesis en donde yo me aburro de mí misma pasamos a la charla sobre gatos. La enfermera tiene 6 gatos y un conejo. ¿Seis gatos y un conejo? ¿Y cómo se llevan? Mi abuela contó que una vez, en la escuela que iban mi tío y mi mamá de chicos, muy progre para ser los sesenta, tenían una mascota del grado. Un hamster. Iban rotando y cada finde el hamster iba para una casa diferente. Al llegar a lo de ellos, se murió. “Los hamster se mueren fácilmente, los asusta cualquier cosa y la quedan” dijo Tamara. ¿Los hamster se mueren fácilmente? Me acordé de una compañera de la primaria que se había comprado uno, Hamtaro le puso, como el dibujito. Pero había sobrevivido una semana con su perro salchicha que ladraba sin cesar.

Cuando salí de la casa de mis abuelos, caminando por la Plaza Almagro, pensé en llorar un rato. No entendía si por Hamtaro, por los problemas de dinero, el rumbo del país, la tesis, la economía de las pasiones, las pasiones a secas, mis abuelos y su edad, el estrés de los últimos meses, lo sola que me sentí durante todo el día. Capaz era solamente la humedad. Pero me distraje porque vi a un chico llorando en los brazos de una chica en un banco, y a una señora llorando en los de otra, en el banco contiguo. Era una foto rara. El mundo no está en un buen momento, ni a nivel económico ni pasional, sin duda alguna. Y yo menos. Cada vez tolero menos todo. Creí que cuando cumpliera treinta iba a tener más herramientas para lidiar con la contingencia y la tragedia, pero la realidad es que siento que tengo menos plafón para el dolor y la frustración.

Le conté en un audio a mi mamá cómo había ido todo. Aprovechando la actualización de novedades le hice un chiste por lo del hamster muerto que se llevaron un finde, como tarea del colegio. “No era un hamster, tampoco era el colegio, y tampoco se murió”, me contesta en un segundo. La memoria me resulta complicada, ya no me acuerdo ni de las cosas que leí. “¿Cómo que no?” le pregunto mientras enciendo el auto. “Era una ratita blanca de laboratorio que ganamos en un sorteo en un taller de ciencias al que íbamos, que se llamaba Eureka (muy progre, muy buen nombre, super psicocool -sic-). La abandonamos en la calle porque nos daba asco, después de unos días. Esa es la verdad verdadera”. Largué la carcajada. Ninguna de las dos historias tenía mucho sentido, sobre todo porque era completamente extraño y hasta agresivo imponerle a unos niños que se lleven un animal a sus casas, sobre todo si era un roedor; “cuando yo era chica no existían los hamsters ni nada de eso” agregó mi mamá, como para darle más grosor al verosímil de su versión de la historia, ¿nada de eso qué? ¿los jardines? ¿las consignas escolares? ¿los fines de semana? Pero en la vida funciona como en la literatura: no importaba qué versión era la verdadera, qué había pasado en realidad. Las dos historias funcionaban, justamente por lo desopilante del caso, el alivio cómico del final y la imagen de un niño teniendo como consigna cuidar a un roedor y fracasando en su objetivo.

Cuando llegué a casa no pensaba ni en los problemas presupuestarios, ni en la que no debe ser nombrada, ni en Hamtaro (pobre, ni muerto lo dejo en paz) ni en mis abuelos, ni en el futuro. Pensaba en que la semana pasada dije tres veces "me tengo que acordar de esta frase para ponerla en algún lado, algún cuento, algún guion". Nunca las anoté, y al día de hoy no me acordaba ninguna de las tres. Pensé que no me podía pasar lo mismo con el pobre hamster del jardín de mi mamá y de mi tío, y entonces abrí el blog y me dispuse a escribir: "Los domingos, hace ya varios meses, vuelvo al barrio de mi infancia".




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