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Ponele las ventosas al hombre invisible

martes, 26 de diciembre de 2023

Cinema verité

 Hay rituales que subsisten a través del tiempo, a pesar de las tecnologías y de los cambios en las formas de hacer arte, de relacionarnos, de concebir el estar en el mundo. Hacer fila es uno de ellos. Llegar a la situación en sí, a la plaza, a la sala de cine, al teatro, y empezar a ver el tumulto y la conducta que nos distingue como argentinos: ponernos uno detrás de los otros. Hay un indicador inconfundible de que una convocatoria a un evento, cualquiera sea el tópico del evento, es exitosa: la fila que se forma en la puerta. Antes que las reseñas, antes incluso que hacer números, las filas nos introducen en la antesala de lo que se dirá después sobre el hito. Pero la fila es también uno de esos rituales implícitos en donde la gente parece entenderse sin tener que hablarse. Como tirar fuegos artificiales en año nuevo, o dejar el asiento en el colectivo. Más allá de los pocos desertores que siempre resaltan, las señales son claras: se llega a determinado horario, según la disposición espacial se espera en la calle o en el hall de algún cine, teatro, restaurante, el supermercado. Uno detrás del otro, grupos de amigos, parejas, familias, gente sola. Siempre se espera en fila, es un estado anfibio: uno fue ahí a hacer otra cosa (comprar, comer, ver algún espectáculo, viajar en avión o en micro, cargar nafta) pero la fila es ese mal necesario. Más allá de las apreciaciones sociológicas, ver y sobre todo observar concentradamente a los demás me permitía dejar de verme a mí, huir de la psicosis autorreferencial.

Tres años atrás había empezado a trabajar en la dirección de festivales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Era un trabajo que me permitía hacer lo que más me gustaba: estar afuera de mi casa, ocupar casi las doce horas del día en algo, estar en cualquier clase de eventos y, sobre todo, observar a la gente. Ese año, sin embargo, hice algo que nunca antes: me ausenté de mi trabajo varios días seguidos para irme a trabajar al Festival de Cine de Mar del Plata. No declaré las verdaderas razones: solamente truché un certificado, dije que tenía pulmonía y saqué un pasaje. Resulta una nadería pensar que todo sucede por alguna razón, pero a veces eso es un poco cierto. Mi amigo Lisandro me había prometido que en ese Festival íbamos a conocer a Pedro Almodóvar. Otro plan de escape de la psicosis autorreferencial, muy efectivo, es superpoblar el cerebro de fantasías delirantes. Ni bien lo mencionó imaginé el encuentro, probablemente en alguna Trattoría de la calle Güemes o en algún barsucho cercano a la Plaza Mitre, o algún café de especialidad nuevo. Hola, me llamo Elena, estudié cine, no, no trabajo de eso, sí, me encantaría vivir de eso. Vivir de. Como si fuera una cuestión fisiológica, no material. Hay muchas formas de vivir del cine, estar en la producción de festivales es una. Ese era mi consuelo autoindulgente. Pero no me perturbaba demasiado porque todas esas otras fantasías, las de la primera juventud, que algún director exitoso me descubra, que viniera alguien casi enviado por el destino a ofrecerme el trabajo de mi vida, habían desaparecido hace ya tiempo. Lo que se despertó cuando Lisandro mencionó la posibilidad de una cena con Almodóvar fue otra cosa. Una especie de llama que me hizo sentir viva, motivada con algo después de mucho tiempo. En realidad la verdadera excusa por la que había salido eyectada de Capital era que me acababa de separar de una relación de varios años. No sabía si necesitaba la oportunidad de mis sueños, conocer a un ídolo, simplemente decir que iba a estar en un lugar y estar en otro, o un poco de aire de mar. Tampoco importaba. En realidad esas cosas nunca importan, porque siempre se está huyendo de algún lugar pero eso es inútil porque uno siempre va hacia donde sea con uno mismo. 

El placebo de sentir que tenía el control de algo mientras toda mi vida se derrumbaba frente a mí funcionaba. La excusa de perseguir a Almodóvar era suficiente para olvidar el padecimiento, no tanto de la ruptura en sí, sino también de los meses previos a la separación. Ese pensamiento y el miedo de que la gente en mi trabajo se enterara de que no estaba enferma realmente, ocuparon mi tiempo de viaje en taxi de la terminal hacia el hotel. No tanto mirar el mar, no tanto la preocupación de que todavía Lisandro no me contestaba ni un mensaje. De todas formas, era buena plata. Nunca había hecho algo tan grave como mentir en mi trabajo pero en realidad sabía que a nadie iba a importarle; que era obvio que se iban a enterar, porque en el ambiente de la cultura la gente se conoce, se comenta cosas al pasar. 

Cuando llegué al hotel Selent, bien cerca del centro, una persona a quien no tenía agendada se contactó conmigo para pasarme la dirección que me tocaba cubrir esos primeros tres días. No era el Hotel Continental, en donde pasaba toda la acción y a donde iban los famosos y los no tan famosos a entrevistarse, sino un cine alejado del centro, el Ambassador. Me desilusioné, pero no pedí que me cambiaran porque quería despojarme de esa sensación con la que peleaba constantemente de querer estar siempre en otro lado. 

Me tomé otro taxi para Avenida Córdoba y Pedro Luro, realmente muerta de hambre. Allí me apersoné en la boletería, y una mujer bastante entrada en años me dio mi cartelito de organizadora. “Yo no soy Jimena Victoria Guzmán”, observé al leer el nombre que rezaba el plastificado. Cuando algo está plastificado es que es en serio, y temí que el equívoco fuera irresoluble. La señora, todavía sin mirarme, exclamó “Ah, no”, sin la enunciación específica para entender si se trataba de una pregunta o de una exclamación. "No… Me llamo E le na Victoria, mi apellido no es Guzmán sino Glusman. Es judío, no ibérico. "¿Cómo? Bueno, no sé, después lo vemos, a mí me dieron esto… a ver, correte, dale que ya va a llegar la gente."

No había nadie llegando. Pero entendí que no tenía nada que ver con ella y entonces me corrí. Le pegué el primer llamado del día a Lisandro, que brillaba por su ausencia, y no me atendió. Probablemente estaba viendo alguna función de algo, pero me empecé a ofuscar. Quizás había sido un error absoluto venir. Miré mi cartel con el nombre de otra persona y me empecé a preguntar si no había sido en realidad un error de audición. Elena Victoria Glusman, Jimena Victoria Guzmán. Éramos prácticamente la misma persona, solo algunas letras de diferencia. Sonreí porque ya empezaba a amigarme con mi nueva identidad cuando vi a una chica intentando deshacerse de una gitana en la esquina del cine. La señora quería encajarle una bolsita de esas que siempre tienen ellas, llenas de mostacillas, hiervas y otras cosas inservibles, y la chica muy pasivamente negaba con la cabeza, pero la gitana se le tiraba encima mientras la perseguía. Me interpuse entre ambas. La gitana me miró como si hubiera visto un fantasma y negó con la cabeza, contrariada. Mientras se daba vuelta conjuró, mirando directamente a la chica “soltera va a quedar”. 

— ¿Te lo dijo a vos o a mí? — dije con los ojos maniáticos. La chica me devolvió una mirada ambigua con el ceño fruncido. Me di cuenta de que tenía más o menos mi edad, y que era o había sido estudiante de Cine también. Éramos inconfundibles: los anteojos, el pelo carré de algún color fantasía, los rulos, el flequillo. Tenía todo lo judío que yo no, a pesar de que mi apellido sí lo era. La chica prendió un cigarrillo y avanzó hacia la puerta del cine, ubicándose primero en la fila. Me indigné porque ni siquiera había agradecido que intercediera entre ella y la gitana que la quería maldecir. Prácticamente la había salvado. Pero los signos del desinterés son inconfundibles: ella había venido ahí a ver una película, no se iba a detener en otra cosa. 


Empecé a cortar entradas y a conversar con conocidos que me fui encontrando hasta que se hizo la hora de dar sala. Al principio pensé en no saludar a nadie pero dado que era Jimena y no Elena la que estaba ahí, pensé que tendría esa especie de salvedad como excusa para negar todo más adelante. Era idiota, obviamente, pero de todos modos volví a la idea de que a nadie le importaba realmente. 

Esa noche no hablé con Lisandro, no conocí a Almodóvar, y a la salida tampoco había visto a la chica a la que la gitana la había maldecido (¿a mí o a ella?). Sin embargo, al salir de la última función ya había entablado buenas conversaciones con los otros que estaban trabajando en el Ambassador, me invitaron a una fiesta en el Club Alsina, una especie de vórtice carnavalesco hacia los años noventa, donde había bastante gente extraña. Ahí conocí a Martín, un director que estaba presentando su ópera prima y tenía 17 años más que yo. La conversación viró extraña sobre cuestiones aleatorias, hasta que dijimos que sería lindo ir a ver el mar, y nos retiramos amablemente sin saludar a nadie. Me preguntó cómo me llamaba, “Jimena”, le dije. Pasamos juntos la noche pero a la mañana siguiente se fue antes de desayunar porque tenía una rueda de prensa. A todo esto, Lisandro seguía sin aparecer, y de nuevo me tocaba el Ambassador con mi falsa identidad. Ya había desechado toda esperanza de conocer a Pedro Almodóvar. Al lado del velador genérico de hotel, había un bon o bon, una notita con el teléfono de Martín y escrito en letras rápidas “ojalá pronto nos volvamos a ver”. Sonreí, pensando en el gesto vintage, aunque supuse que debía ser algún tipo de afán reivindicatorio e inconducente de las costumbres de su generación. Me calcé y salí al desayuno. En el patio del hotel había una leve brisa pero hacía bastante calor. Tomé café amargo, sin azúcar, y decidí embarcarme en un nuevo día de trabajo.

Esa noche cité a Martín en el puerto, lejos del resto de la sociedad y no apareció, ni virtualmente ni de otra forma. Supuse que estaría cenando, quizás hasta con Almodóvar, o haciendo alguna otra cosa y entendí que ese sería el primero de varios comportamientos erráticos en los que si me dejaba llevar me arrastraría a la locura. La gente como Martín es indetectable, como bichitos bolitas en el pasto un día de lluvia, pero hay cierto momento de la vida en el que una los detecta rápido como a un mosquito gigante que está por succionarte la sangre. Mejor siempre pegarle la palmada aniquiladora antes, y no dejarlo que haga un banquete a cuesta de la vida de una. De todas formas, sabía que podía conseguir algo de él y lo tomé como eso: una mera función a cumplir. Era apático, pero iba a ser mucho mejor aprovechar lo que tenía para ofrecerme en términos laborales, porque sabía que afectivamente no iba a poder ofrecerme absolutamente nada.

Mis intuiciones estaban en lo correcto. Comencé a trabajar con Martín en su productora al mes de habernos conocido. Me convertí en su asistente de dirección. Lo que tardé en darme cuenta un poco más, era que mi traba emocional hacia el resto de las personas tenía que ver, fundamentalmente, por el amor gigante que sentía hacia él. Nunca nadie iba a igualarlo. Cuando me di cuenta de que estaba realmente metida en un brete, pensé en renunciar, pero me dije a mí misma que no podía ser tan pero tan débil, y haber estado en su momento tan pero tan equivocada creyendo que podía manejar como yo quisiera la situación. Nadie en realidad puede. Intenté de todo. Salir con gente presentada por amigos, salir con gente que conocía por aplicaciones, salir con gente del secundario. Los meses iban pasando y la opinión que tenía de mí misma quedaba cada vez más degradada. Martín por lo pronto se había vuelto a casar, tenido más hijos, y yo seguía siendo su amante. Era todo tan cliché que ni siquiera me esforzaba en analizar las posibilidades de salir de la situación. Solamente vivía mi plano emocional casi casi por inercia, fingiendo que no me importaba. 

Pero lo cierto es que como dupla creativa nos iba bien. Funcionábamos, nos entendíamos. Empecé a ganar plata. Bastante. Finalmente trabajaba en cine, no sé si se podría decir que vivía. Empecé a liderar algunos proyectos de la productora. Volvimos al festival de Mar del Plata, y fuimos juntos a otros festivales. Nos expandíamos. La vorágine del trabajo hacía que los encuentros amorosos sean cada vez más furtivos, más pasionales y más vacíos de palabras y llenos de intimidad. No conversábamos de otra cosa, pero no importaba, estaba implícito: cojer era condición necesaria y suficiente para que el trabajo funcionara. Fuera de Martín tenía historias ocasionales, pero eran eso: historias ocasionales. Nada pasaba de un par de meses, o a lo sumo medio año. Veía a mis seres queridos alrededor construyendo cosas con otros en ese terreno, comprando autos, casas en conjunto, teniendo hijos. Todos hacían que pareciera tan fácil... Sabía que no lo era, pero el pasto siempre es más verde en frente. Una amiga siempre me preguntaba si yo realmente quería eso, y cómo imaginaba que era, si me la pasaba trabajando. “No se puede criar un bebé si estás veinte horas editando proyectos y reunida con productores, eh”. Mi hermana me decía algo parecido. Criar un bebé. Yo ni siquiera fantaseaba con criar a nadie, solamente pasar más de dos noches seguidas acompañada por alguien que me quisiera. No podía ser tan difícil. Me resultaba, además, un misterio. Casi ciencia ficción. 

Mis pocas amigas solteras siempre decían que me envidiaban. Ay, si yo fuera tan buena como vos en el trabajo. Claro, pensaba yo, el pasto siempre es más verde en frente. Yo lo daba por hecho, pero de afuera, quizás, parecía tan fácil. Me gustaba tener algo propio, pero no podía ser lo único. Y a la vez, ni siquiera me esforzaba por conocer gente No hacía, literalmente, nada al respecto. Cedí el control. Me parecía bien. Un poco es como los espectadores de cine: hay quienes hacen catarsis cuando ven una película, introyectando el recorrido del protagonista y sintiéndolo propio, y hay quienes eyectan hacia afuera los males, creyendo que a ellos no. Nunca les pasaría algo así. Juzgan las decisiones del protagonista, dicen cómo lo hubieran resuelto. Al final, son dos caras de la misma moneda. Quienes ven la verdad en el cine postergando tomar decisiones con la promesa de que en algún momento la vida se va a poner así, de película; y quienes directamente buscan la trascendencia en la vida, sin entender que hay cosas muchísimo más grandes que la vida.


Pero los paranoicos también tenemos enemigos. No pensé en esa frase hasta el último Festival de Mar del Plata en el que me acosté con Martín. Era el primer día, en la función de apertura. Los directores y directoras saludaban y sonreían ante las fotos de prensa. Fue ahí cuando la vi. De nuevo, vi en la fila una joven, muy parecida a aquella que estaba en el Ambassador el año en el que fui detrás de Almodóvar impúdica e infructuosamente. Estábamos, esta vez, en el hall del Hotel Continental, donde siempre sucede todo. Al llegar había detectado que detrás de la estatua del lobo marino de la izquierda se asomaba una lluvia torrencial. Había hecho calor todo el día, porque noviembre en la costa funciona como si fuese enero. 

Fue adentro que la joven llamó mi atención, no tanto por el hecho de parecerse a aquella que vi esa vez, sino porque era la única persona sola de todo el lugar. Los demás conversaban, debatían entre sí, se sacaban fotos, iban, venían. La chica no. Leía un libro y escuchaba música con headphones, estaba tiesa en la fila como esperando un colectivo. Yo ya no cortaba entradas. Hacía mucho tiempo que no hacía fila para casi nada. El dinero trae comodidades como ordenar comida que traen a tu casa sin tener que esperar para pagar en ninguna caja de supermercado, entrar directamente a lugares se había convertido en la normalidad. 

En eso, Martín y otros compañeros de trabajo se acercaron a mí para avisarme que en la sala acababa de entrar Pedro Almodóvar; “dale, Ele, vamos, ¿qué pasa?”. Volví a mí intentando no perder de vista a la chica de la fila, la de los auriculares, la del Ambassador. Tenía una excelente memoria visual, estaba bastante segura de que si no era ella por lo pronto era una hermana menor. Fue en vano. No la volví a ver hasta después de la función. Todavía la luz estaba a medio prender y la sala estaba en silencio, mirando los créditos. Me di cuenta de que estaba solo a dos butacas de distancia. A su lado, una butaca vacía, quizás la única de toda la sala. Una señora con varios bártulos y retazos de ropa puesta - podría ser tranquilamente una gitana - se le acercó y le gritó: “me dijiste que estaba ocupado este lugar, sabía que era mentira. ¿Ves que era mentira? Que te perdone Dios por ser tan sinvergüenza”. La señora salió sin esperar respuesta. La joven se empezó a reír y se generó un murmullo bastante incómodo. Ya nadie miraba los créditos después del griterío. ¿Habría escuchado Almodóvar toda la batahola entre estas dos mujeres solitarias que van al cine y pelean por sus lugares? 

Salimos del Continental hacia la Avenida. No sabía cuánto tiempo había pasado pero había empezado a llover. Los demás conversaban sobre la película, a dónde ir a comer, y yo seguía absorta. Estaba segura de que eran las mismas dos personas que había visto en el mismo lugar, en otro cine, años atrás, e intentaba encontrarle algún sentido a la banal coincidencia, pero no lo tenía. Los paranoicos también tenemos enemigos. Me acordé de un cuento en donde un hombre bastante neurasténico conoce al amor de su vida pero decide dejarla porque sabe que su neurosis será permanentemente una carga para ambos. Se reencuentran diez años después en el carnaval de Venecia. La mujer, bióloga, se casa con su mejor amigo pero ese vínculo tampoco funciona y luego ella hace un clon de sí misma para que ocupe su lugar. Finalmente, a pesar de que lo sigue queriendo - al protagonista - sabe que la relación es inviable, y ella se va y él también. Siempre me había parecido un cuento un poco zonzo. Sobre todo porque ese mismo autor había escrito algo muy parecido cuarenta años antes, en otra historia, en donde el hombre con tal de no deshacerse de una mujer que ama inventa una máquina para perpetuar su imagen de forma hologramática en la tierra. Básicamente, el cine. El inventor, en este caso, es un niño que juega con sus playmobil y le da la dirección de sentido que se le antoja a la trama. Otro personaje, el narrador, es quien cae y es víctima del engaño. Se enamora de la proyección, descubre la invención pero luego descubre, también, la verdad. Gracias y en torno al cine. Los personajes no son conscientes de que son marionetas, de lo que sienten, incluso de sus fobias más grandes. Solo eso lo saben los autores.


Las señoras que se acercan a decirnos cosas en la calle, sin tapujos, como unos enviados de otras galaxias o dimensiones donde se ven cosas más allá, serían grandes personajes de una historia. Pero nunca entendí cómo escribir historias. Sólo mirar, indicarle a los intérpretes qué hacer. Me había acostumbrado a manejar las vidas de otros, en la ficción, y había olvidado que también a lo largo de mi existencia alguna que otra vez debería tomar decisiones. Todo, absolutamente todo, había sucedido por azar. Mar del Plata, Almodóvar, Club Alsina. Yo: siempre espectadora. Por eso ahora era castigada por algunos dioses que me odian y me aman al mismo tiempo. Los paranoicos también tenemos enemigos. No podemos aprender de los grandes errores de la vida, porque en cierto punto sabemos que no importa y que hay que seguir jugando. ¿Quiénes tienen las verdaderas máquinas de mirar? En la obra de este escritor hay un sistema que reúne a todos sus tópicos y personajes como un octágono en el que están conectados sin un sentido claro pero en líneas horizontales que forman una figura. En el momento en que dejé de ser Elena y pasé a ser Jimena, en el momento en que falté a mi trabajo por un sueño insignificante, solo por estar, por pertenecer, por querer verlo todo, es que perdí el control. Al final todo se trata del juego entre los que buscamos ser queridos, y los que no pueden dejar de querer más y más. El juego de Dios es más complejo, porque no juega a los dados sino a una partida de truco entre seis jugadores que maneja, cada uno, un sistema de señas completamente diferente. Un sistema en el que es más fácil encontrarse que perderse, aunque todos hablemos diferentes idiomas. 

Seguí a la turba de gente abriendo mi paraguas de forma torpe, habiendo perdido completamente el rastro del lugar que habían mencionado para la cena de esa noche. Los seguí, aun sin tener hambre, ni ganas de estar ahí.

Sí, Dios me había castigado por ser tan sin vergüenza. Me enamoré de una persona que nunca me amó en lo absoluto. Siempre fui mejor amante que novia. Nunca hice nada para que las cosas sean como yo quería que sean, me detuve en señales inconexas de la vida, del universo, de las mujeres que vociferan en la calle. 


Por eso, como me dijo la gitana hace seis años, sigo soltera.