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Ponele las ventosas al hombre invisible

miércoles, 24 de junio de 2026

Cover

¿Cómo explicás esto?
Todos con tantas ganas de conocerse
y a la vez tan poco tiempo. 
Miles de personas queriendo entrar en el juego y apostando
Y a la vez
Ya no le quedan cartas al crupier. 
¿Cómo se explica que hay cierta gente que siempre mira a cierto tipo de gente? 
¿Dirías que todas las demandas en realidad son la misma demanda?
Dirías, más bien, que todas las demandas 
son, en cierto punto
una demanda de amor.
Y mientras tanto nuestros ídolos se mueren. 
Allá en la ciudad 
alguien tiene una primera cita,
alguien se separa,
otro miente al oido de una persona
que no ama y nunca va a amar. 
Otro no lo sabe, pero esa misma noche, empezó a enamorarse.
Tantos otros cenan en soledad.
Las luces de los edificios dicen que en realidad 
no estamos tan lejos como parece.
Salvadora, Alejandra, Silvina, Beatriz 
Somos 
la misma mujer. 
Y no parece importarnos. 
Cada vez que amé, 
cada vez que dejé de amar 
dolió como la primera vez.

sábado, 16 de mayo de 2026

Sin disfraz

Ese lugar en el mundo
Donde reina el mal
Es definitivamente mi lugar. 

Las voces asombrosas de esa oscuridad 
Siempre taladraron mi cicatriz 
Soy
Carne de cañón para dejarme llevar.

(No me conocés, no te conozco
El mundo es tan chico, viejo,
Sin embargo nunca supe de alguien como vos)

Llego sin disfraz,
acostumbrada a perder. 
Sabiendo cuál es el final. 
Hija del rigor 
Solamente cierro la puerta 
cuando ya no hay forma de pedir perdón.

Ulises atado al mástil 
Nos enseñó a decir que no. 
Antes de ayer
Con el pasado a cuestas. 
Llegar a mi tierra después de la guerra
Es un camino muy largo.
Antes de ayer, acostumbrada a atravesar todos los escollos. 
Hubiera dicho que sí. Que ahí voy. 

Las historias de piratas que más me gustan
Tienen siempre un principio agridulce.
Y ese final abrupto. 
Melville, Oda, los griegos 
Saben que no podés entrar al mar.
Sin haber visitado el infierno primero. 

No va a ser fácil volver de Troya
Pero lo importante es 
aprender a perder.
aprender cuándo parar.
aprender. 

El ganador se lleva todo.
Y yo, tan acostumbrada a perder,
quise saborear por primera vez 
Lo que se siente ganar. 


viernes, 1 de mayo de 2026

Hamtaro II (el resto bien)

Desde hace poco que mi abuelo, cuando le pinta, bloquea alguna clave de algo. Puede ser del homebanking, la del cajero, la de mercado pago. Hay demasiadas clave de cosas en la vida. Esta última semana fue la de Facebook. No sé por qué lo siento dirigido, como un llamado de atención hacia nosotros. Así logra que alguno de sus nietos vayamos a socorrerlo y vernos un poco. Esta semana tenía mil cosas. Siempre tengo mil cosas pero esta semana era particular, realmente tenía mil cosas y además estaba de muy mal humor, muy cansada, con el cortisol por las nubes. Me acordé de la última serie que salió de Flow, con Benjamín Vicuña: El resto bien. Es de un hombre de cincuenta años que tiene cinco hijos de diversas edades y dos padres viejos, muy demandantes. Hay una edad donde uno es padre de nuestros padres. No es novedad lo que digo. Pasa así. Vicuña está muy gracioso en la serie. Atiende las demandas de la cuidadora de los padres y dice que ante cualquier emergencia no lo llamen, que llamen al 911 o a cualquier número que les sirva, la característica que más te guste. Me gustó mucho que en la serie muestran que hay muchas cosas que el dinero no resuelve. Podes tener cuidadoras, enfermeras, niñera, gente que limpie. Pero no podes tener a nadie que trabaje de hijo o de nieto cuando la demanda se convierte en una demanda de amor. 
Pienso mucho en mis papás últimamente, la generación sandwich. Mis hermanos ya no son chicos (Vicuña en la serie tiene dos bebés de 1 año y un hijo de 14 que realmente lo necesitan) pero demandan, porque son de otra generación. Yo a los 21 cuánto más lejos podía estar de mis papás, mejor. A los 23 trabajaba y vivía sola. Me gusta pedirles favores pero necesitarlos necesitarlos es otra cosa. Yo veo a mis hermanos súper frágiles. Todavía niños. No de 14 o 1 año y medio. Pero en cierto punto todavía demandan. 
Me gustó además el planteo de la serie porque habla un poco de la vida cotidiana de hoy, donde estamos todos quemados, repletos de demanda por doquier. ¿A dónde ir cuando el cerebro te está por explotar? Vicuña se va a la casa de sus papás. Pero solo que esta vez va sin sus papás. Recuerdo miles de escenas de mi vida adulta, una de ellas recurrente, que es la sensación de querer ir a lo de mi mamá o a lo de mi papá después de tener un mal día. Es increíble cómo se reconfigura el vínculo con tus papás una vez que ya no vivís con ellos. Podes entenderlos, humanizarlos, extrañarlos, hasta sentir lástima por algunas cosas que les pasa. Nunca me daban lástima mis papás de chica. Todo lo contrario, sentía que eran una especie de dioses supremos que todo lo podían: trabajaban y además cocinaban rico y tenían tiempo para jugar conmigo y llevarme los Findes a algún plan divertido con amigos o solos. La casa siempre estaba impecable. Siempre había paltas en la heladera. Uno no se da cuenta de cuando es chico que esas paltas alguien las compra e incluso (algo insólito cuando sos un niño de entender) podrían tener ganas de comerlas. Eso lo entendés cuando tenés tu casa, tu plata y no hay paltas en la heladera. Y no hay nada en la heladera, de hecho. Ahí razonas: claro, las cosas que están en la casa alguien las compró, se tomó el tiempo de ir, pagarlas, traerlas hasta acá. No era el hada madrina de las paltas. La serie juega un poco con todo eso. A veces (cuando estoy mal, me hundo en las tinieblas de mi tristeza y solo necesito un abrazo de mi mamá o mi papá) siento que soy muy hija y a veces siento que soy muy muy adulta, que ya no los necesito. Que ahora ellos me necesitan a mí. No sé bien para qué, pero siento que puedo ayudarlos en cosas concretas. Llevarles unas paltas de vez en cuando, agasajarlos en casa con alguna comida. 
Mi mamá me recomendó la serie y yo se la recomendé a mi papá. Los tres lloramos en una escena donde el padre de Vicuña le cuenta a Violeta Urtizberea (su última mujer, la mamá de los melli, los otros 3 hijos son de gestiones anteriores) que su esposa no lo ama más. Ella lo ayuda a reconectar y le pide que piense en momentos de la juventud donde sí se amaban, donde él la conquistaba a ella con algún gesto. El gesto que siempre tenía, le cuenta el papá de Vicuña, era regalarle una Tita a veces, de incógnito, se la dejaba en la cartera o en la mesita de luz. Entonces Violeta Urtizberea le dice que vuelva a la Tita. Se dan la mano, es muy tierno ese primer plano de las manitos avejentadas reencontrandose. 
Yo nunca pude sostener una relación más de dos años y será que por eso no me imagino qué se sentirá estar hace 60 con la misma persona. Rita Cortese, la mamá de Vicuña en la ficción, dice que se quiere divorciar. Vicuña le dice que a su edad los padres se mueren no se divorcian. Tiene razón. Después hace otro chiste con su socio, Daniel Hendler, que le dice "tus papás están bárbaros", y el le responde "están muertos", a lo que Vicuña retruca "por eso". 
Varias veces pensé en que mis abuelos se mueran para que mi mamá tuviera menos demanda y pueda disfrutar un poco de su jubilación, su vida. Sus actividades. No tener la agenda plagada de turnos y horarios de ellos. Los viernes a la mañana ir a hacer las transferencias. Llamar a la neuróloga. Cita con la nefróloga. Pero a la vez pienso en que quizás ella en algún lado necesita todavía a sus papás aunque tenga sesenta años. ¿Hasta que edad uno necesita necesita a sus padres? No digo tenerles cariño. Digo de verdad. Yo siento que me moriría de tristeza si mis papás se murieran. Todavía no me doctoré, no tuve hijos, no me compré una casa. Hay muchas cosas de mí que no vieron. Y quisiera que vean. Pero yo siento que mis papás ya están hechos, que pueden dejar a sus papás morirse tranquilos. Pero con el tema de la muerte de los viejos es todo muy complicado. No de los padres, digo los viejos, la gente vieja. Está mal desear que la gente muera. Yo solo quiero que la gente no sufra, pero el sufrimiento es parte de la vida. ¿Cómo conectar con emociones tan complejas? Bueno, viendo series es una buena forma. 
Hace poco me propuse conectarme más con lo que siento, dejarme habitar por la emoción sin intelectualizarla. No me sale: por algo estoy escribiendo. 
Nunca conocí a mis papás como una pareja. No sé qué hubiera pasado si hubieran seguido juntos mucho tiempo. Con una amiga hablábamos de eso: de los hábitos familiares que uno naturaliza e introyecta y repite para su vida. Yo crecí rodeada de familias ensambladas. Gestiones que se superponen, zapatos que salen y entran, comida que se acumula en taperes, horarios superpuestos. En un momento en la serie de Vicuña en la casa están: sus papás, 2 gatos, los 5 hijos, la esposa y un alemán de intercambio con una de las hijas. Me hizo acordar a cuando en lo de mi papá éramos yo, mi hermano, mi papá, su ex mujer y la sobrina de ella, la prima de mi hermano. Desayunar era un lío. Nunca desayunábamos todos juntos. La ex de mi papá, la mamá de mi hermano, trabajaba en una radio de 2 a 6 am. Llegaba cuando yo me levantaba para ir al Campo de deportes y mi hermano para ir a la escuela. A eso de las 10 am se levantaba Sabrina, su sobrina, a estudiar y después cursar el CBC. Salía tipo 12, 13, cuando mi hermano volvía del colegio. Su mamá se levantaba a esa hora. Preparaba el almuerzo, comían sin hablar. Yo no aparecía hasta las 18 hs que volvía del colegio. Tipo 20hs cenábamos todos juntos, cansados, agobiados de la rutina. Yo hablaba mucho siempre. Nunca tolere los mal humores ajenos entonces hacia chistes compulsivamente a ver si alguien se reía. Mis primeros stand-ups fallidos. El hijo de vicuña en la serie hace stand up. Es raro el circuito de la comedia acá en CABA, pero existe. 
Creo que el humor es la mejor forma de vivir hoy y en todos los tiempos. Pero a veces es difícil hacer humor o reírse. Con mi amiga hablamos mucho hoy sobre esos chistes que hacemos cuando algo nos duele porque no queremos exacerbar ese dolor, como una forma de procesarlo. Pero que no por eso duele menos. 
Le fui a desbloquear el Facebook a mi abuelo, tome dos vasos de coca. Ente el primero y el segundo mi abuela se quejó de las indicaciones de la nefrologa: como tiene un riñón menos ya no puede comer nada con sal. "A vos te parece, tengo 82 años, tener que cuidarme con la comida". Le dije que mejor ni lo hiciera y se rió. Me dijo que a veces come con sal. Entre el primer vaso y el segundo de coca mi abuela quemó una tarta y una salsa para unos ñoquis de mi abuelo. 
Como era 29 había menu ñoquis en todos lados para cenar. Mi abuela estaba mal porque ella quería sus ñoquis pero tenía que conformarse con una tarta quemada. Y un riñón menos. 
Después fui a lo de mi papá, hablamos de la serie. Le pregunté si le había resultado muy "fregadero-fregadero", así decimos cuando algo de la ficción se nos pega demasiado a la vida. Es una frase que usa Hitchcock en una de sus charlas con Truffaut. Dice que siempre que su mujer elige la película que van a ver en el cine hay mujeres fregando cosas y que, para eso, ya tiene a su mujer en la casa. Y que la ficción tiene que ser más grande que la vida. 
Yo me dedico en parte a hacer o a analizar la ficción. Sea como sea, hago cosas con la ficción. La ficción, la fantasía, carcomió siempre mi vida. Fue siempre mi obsesión, mi manera de entender el vínculo con la existencia. Y el describir cómo otros lo hicieron su forma de tamizar la experiencia y posicionarse ante el mundo, también. 
Este abril tuve que entregar un piloto de una serie, informes de mis clases de Lengua, dos publicaciones académicas, 2 cumpleaños, juntadas para ver a Boca, varios asados. Volví a dar clases de guión, así que hubo que corregir todas las semanas de nuevo. Seguir con el plan de la-que-no-debe-ser-nombrada. Se me rompió el aire acondicionado del auto, la bomba de nafta y una bobina. Dos veces. Tuve que desbloquearle la contraseña de Facebook a mi abuelo, organizar una escapada express. 

¿Cuanto pesa tu vida? Escribe algún reseñador temprano de la serie. El último episodio responde un poco eso, que la gente que demanda también a veces te acompañan en momentos lindos. Son soporte, red, encuentros, festejos. Alivian. El peso entonces se relativiza, empezas a darte cuenta de que toda moneda tiene su otra cara. Es cliché pero a la vez no lo es. Porque de eso se trata un poco vivir. De trabajar para gestionar momentos de ocio, de goce. Y a dónde ir cuando no sabes cómo aliviar ese peso? Paraguay, o la casa de tus viejos. Lo importante es saber pedir ayuda a tiempo, aunque eso a veces se sienta demanda. Porque toda demanda es una demanda de afecto. 

Cuando mi mamá me llevó a Retiro esta mañana (como no tenía el auto decidimos viajar en un micro) me preguntó cómo estoy. "Agotada" le dije "plagada de cosas de trabajo. Pero el resto bien". 

jueves, 16 de abril de 2026

Diatriba contra la mentira

Pudiendo decir la verdad, muchas veces la gente decide mentir. No es nada original lo que digo. Es obvio, de hecho. La tonta soy yo por no acordarme de que pudiendo decir la verdad, muchas veces, la gente decide mentir.
No me refiero a mentir para defenderse o para no lastimar. Tampoco a eso que pasa cuando sin querer decís algo diferente, algo similar a cambiar de parecer o sencillamente olvidaste que antes dijiste una cosa y después otra, probablemente porque no prestaste tanta atención o no te importaba tanto.
No.
Me refiero a cuando pudiendo decirte la verdad, la gente decide mentirte. En la geta. A boca de jarro. A cara de perro. 
Yo siempre fui inocente, crédula, tirando a boluda más bien. 
La primera vez que alguien me mintió tenía 13 años. Seguro no fue la primera vez pero es la que me acuerdo como la primera vez. Tenía una amiga, una mejor amiga. Éramos inseparables: hablábamos todo el día, todo el tiempo. Sabíamos todo la una de la otra. A mí me gustaba mucho un chico, fuimos novios creo que dos días y ella después fue y se lo chapó. Me dijo que no había pasado nada. Él me contó la verdad. Al mismo tiempo que ella me decía que no había pasado nada.
Y ahí entendí: que la gente si puede te va a mentir. Pudiendo decirte la verdad, a veces, elige mentirte. No lo hizo para cuidarme, lo hizo para cuidarse. 
Es más común que la gente mienta a que la gente no mienta. Jack Antonoff, por ejemplo. Le mintió durante meses a Lena Dunham. Y Lorde... 
Hay gente que sostiene mucho las mentiras. A mí se me nota mucho cuando miento. No puedo sostener nada. Se me desfigura la cara, parezco Chandler intentando sonreír para las fotos. 
Una vez le mentí a un novio. Habíamos acordado los dos ir a terapia, nos estábamos llevando mal. Pésimo. Fui dos sesiones y dejé, porque el psicólogo me dijo que me tenía que separar. Entonces no fui más. Él ni se dió cuenta de que no seguí yendo. Mi novio, digo. No el psicólogo. Hubiera sido gracioso que el psicólogo no se dé cuenta de que no fui más. De repente creía que estaba tratándome y no. No era yo. Era otra persona que se parecía a mí. 
Mi novio de ese momento se quejó de algo del dinero y ahí confesé que no estaba yendo más al psicólogo. Se enojó. No porque le hubiera ocultado la verdad sino porque él seguía yendo y yo no, cuando habíamos acordado ir los dos. "Vos lo necesitás más" le dije. No me discutió, sabía que tenía razón. Igual nos separamos. Necesitábamos muchos psicólogos y muchas mentiras para rescatar esa relación. 
Mentir es como ser un poco otra persona. 
Conocer a alguien nuevo es la oportunidad de mentir descaradamente. Si esa persona no tiene amigos en común con vos no tiene forma de chequear que lo que digas es cierto. 
Las apps de citas y las redes sociales sirven mucho para mentir. De hecho es donde la gente más miente. Dice que vio series que no vio, que leyó libros que no leyó, que es feliz cuando no lo es. Una vez subí una foto en un lugar donde ya no estaba, era una foto vieja. De unos días atrás. La vieron bastantes personas. Me sentí mentirosa: Yo no estaba ahí en ese mismísimo instante. Había estado ahí. Pero ya no. Era jueves o viernes o lunes. No me acuerdo bien, pero estaba pensando en eso porque había visto a una amiga mentirme descaradamente varias veces, en cosas sin importancia, y pensé "si ella puede, por qué yo no". 
Agarré a la primera persona con la que matchee en Tinder, la invité a salir y propuse un bar aleatorio. Si me pregunta cuándo nací le voy a decir que el 14 de abril: todo el mundo cumple años el 14 de abril. Además es armónico, suena lindo. Mi fecha de cumpleaños también pero el chiste es mentir. Mentir sin piedad. Porque sí. Decir que soy alguien que no soy. Que tengo otro signo solar, otra historia de vida: ¿Quién quiero ser? ¿Alguien más aburrido? ¿Alguien más exitoso? ¿Cuál es mi nueva origin story? Todos tenemos una. La araña que picó a Peter Parker. Voldemort intentando matar a Harry cuando tenía un año y fracasando. Marty Mc Fly intentando que su mamá no se enamore de él. 
No puedo decir nada relacionado a Deloreans y viajes en el tiempo, arañas con poderes o magos que me odian porque ya está trillado. Cualquiera se daría cuenta de que esas historias no son mías. Yo quiero una historia propia: una nueva, no la mía de siempre. Cada vez que me conozco con alguien cuento lo mismo. Se vuelve automático, después de varias veces: una, dos, tres citas. Cerveza artesanal o Fernet, garches y conversaciones mediocres. Dos, tres citas. Tu casa. Si me caes un poco bien quizás la mía. Si me pareciste un poco lindo e interesante, quizas conozcas a algún amigo mío pero de casualidad. Dos, tres citas. Mensajes todos los días: "buenos diassss bella como andas?" Mal ando. Mal. Mi vida está completamente desordenada, me cuesta todo e igual estoy en esta tarea enfermiza de intentar tener alguna conexión real con alguien. En todo el rally de citas quizás alguno, de casualidad, quizás, la estadística dice 1 cada 20, me guste, me mueva algo. Un poco. Es lindo cuando pasa eso: empezás a tener cierta sensación. Una parecida a ver una buena peli. Un dejo de esperanza. Saliste y... ¿Te... reíste? Con alguien. Generaste complicidad. Encima hubo piel. Le importó ALGO tu existencia. Insólito. Esperás mensajes con cierto ahínco y de repente lo vislumbrás, ahí, muy muy a lo lejos: claro, cierto. Yo tenía la capacidad de sentir... cosas. No me estoy convirtiendo en una IA. Pero al toque ya entendés que no va a poder ser. 
Que justo ese con el que hubo un ápice de onda se va a estar separando, o va a estar en un pozo clínico depresivo, o vendiendo falopa, o te va a contar como si nada que tiene armas en la casa. O todo eso junto. 
Entonces lo mismo. Una cita, dos citas. Ya estoy repitiendo tangas. Nadie lo sabrá, de todos modos. Conversaciones genéricas, algo que se supone que es comer y cojer pero que ya es una repetición de eso. Como un croquis. Una maqueta. De repente, lo esperado. Alguien deja morir el chat. Fácil, expeditivo. Excusas que no son mentira pero sabés que el que quiere mueve cualquier cosa para ver a alguien que le gusta, le roba cualquier segundo a la rutina para encontrarse: "uy, estuve a full, disculpame, justo un amigo se mudó y lo tuvimos que ayudar estos días". "Tuve mucho laburo". "Se me rompió el celular". 
Nadie vuelve a hablarse con nadie. Nadie vuelve a coger con nadie. El ciclo vuelve a empezar. Abrir una app, hacer match. 
Podría ser azafata. Sería increíble. Pero no. No doy azafata. Para empezar, no sé ningún idioma. Apenas puedo con el español. 
Podría ser arqueóloga, no, mejor música... Pero no tengo motricidad fina.
¿Actriz? Ingeniera. Programadora. El mundo entero está a mis pies. Es como tener un menú infinito y poder elegir la comida que yo quiera. 
A ver, nací el 14 de abril y soy... Astronauta. No. Imposible, ningún astronauta usa apps de citas. Conocen gente en la NASA o en los lugares donde suelen ir los astronautas. ¿Dónde suelen ir los astronautas?
¿Maestra? No sería mentira. 
O sea sí, pero no. Profesora dice mi título. La edad de los chicos a los que les enseño dice que soy maestra. 
Por eso soy pésima con las mentiras, no podría ni siquiera empezar a pensar en dónde mentir, en dónde inventarme algo diferente a la realidad.
Llega el primer "Hola" de la víctima, "no conozco ese bar pero me copa la idea", ¿La gente que miente sabe al cien por ciento que está mintiendo o se creen todo lo que dicen? Clavo el visto. Ya me aburrió el objetivo que me puse en frente. Me metí en un berenjenal yo sola, ahora necesito inventarme una identidad nueva, una historia de vida que sea espectacular y no se me ocurre nada. 
Voy a la cita. Ya fue. Voy a improvisar. Todos los profes somos medio comediantes, improvisamos todo el tiempo. Puedo hacer eso. Sí. 
En lugar de inventarme algo solamente hago preguntas y evado las respuestas. Los tipos son increíbles, deben ser la única especie en el planeta que pueden estar tres horas hablando sin repreguntarte absolutamente NADA de lo que les preguntan. Si los orangutanes hablaran estoy segura de que harían más preguntas que un tipo. 
¿Cuáles son tus discos favoritos? The dark side of the moon, Led Zeppelin II, La biblia, LA Woman. ¿Y tus libros? No leo nada bueno hace mucho pero si tuviera que decir uno... Sí, claramente, Farenheit 451 y Un mundo feliz. La indignación por su falta de preguntas instantáneamente desaparece cuando pienso que este tipo es yo a los 14 años. ¿Cómo tú libro favorito va a ser Farenheit 451 si tenés más de 30? Ahí entiendo que me está mintiendo. Le da vergüenza decirme que no lee un carajo, que desde tercer año del secundario no se sienta a escuchar un disco nuevo y nombró todos sus gustos de la adolescencia. ¿No ponés el Spotify descubrimiento semanal? ¿Ningún amigo te mostró una banda nueva desde 1980? Este chabón no tiene personalidad: ¿Realmente se llamará Elías, como dice su biografía de Tinder? Sonrío mientras pido otra birra. 
Le propongo un juego: Kill, Marry, Fuck con personajes de Los Simpson: Krusty, Homero, Lisa. Me dice que se cojería a Lisa, le pregunto si se culearía a una menor de edad y siento asco. No le cuento que ví Los Simpson de grande. Hice muchas cosas que todos experimentaron entre los 3 y los 16 años de grande: probar falopa, ver los Simpson, ver Gossip Girl, cojer en el baño del San Bernardo después de probar falopa. 
Me hago la fanática número 1 de los Simpson. Nombro unos personajes medio random que aparecen en un sólo capítulo, tipo Fidel Castro, el hermano malvado de Bart y Lenin: mi primera mentira de la noche. Aunque pensé que iba a tener alguna sensación de satisfacción, o algo. Culpa. Aunque sea culpa. No sentí nada. Era lo mismo decirle que amo Los Simpson como que mi papá fue soldado nazi en la segunda guerra. Del otro lado: nada.
Elías me invita a la casa, pide la cuenta y se va al baño. Probablemente a tomar falopa. Pago. Cuando vuelve no le pido que me pase su parte: me hago la pudiente. Segunda mentira de la noche. Busco en el más profundo hueco de mí ser alguna señal que se parezca a alguna sensación: nada. Quizás porque ya tengo tres birras encima, pero siento que es súper aburrido mentir y encima ahora tengo mucha guita menos y es fin de mes.
Al día siguiente me voy a arrepentir de esto, pero ya entré en la vorágine. No sé bien qué vorágine porque no terminé de diagramar bien mi personaje, no sé si puedo pagar las 100 lucas que gastamos porque soy ingeniera, programadora, heredera, dealer. Me carcome la cabeza no saber, pero si al chabon no le importa a mí tampoco. Siga siga todo pelota. 
Mientras caminamos para su casa le digo "che, el 14 de abril es mi cumple, ¿qué me vas a regalar?" Me sonríe, "yo cumplo el 14 de mayo, un mes después, ¿qué loco no? Cuando nací había 7 planetas en tauro, por eso soy un pajero, bah... Eso dice mi vieja, yo de astrología ni idea". Todavía no me vio una teta y ya me está mencionando a la mamá: ¿Por qué? ¿Y por qué se ríe como un chanchito? Me fuerzo a sonreír, le digo que mi vieja también es astróloga, ya para este momento perdí la cuenta de en cuanto le mentí pero de algo estoy segura: no siento nada. No me siento ni más feliz ni más parte de algo como todos esos que ponen en Instagram que están viendo la serie de moda que todos están viendo, o que aman ese disco inescuchable nuevo que salió ayer. No-siento-nada. Ni siquiera tristeza por no sentir nada. Solo vacío. Lo peor que puede pasarte como mentiroso es que a tu audiencia es que no le importe la grandiosa historia que tenés para contarle.
Podría tener algún tipo de historia de vida conmovedora de movilidad social ascendente como las del siglo pasado: de madre bruja esotérica y agrafa, a hija ingeniera que paga 100 lucas un viernes cualquiera a fin de mes. Podría, si tan solo este ser supiera... Preguntarme algo y escuchar.  
"No, no, la mía astróloga no es... ¿Te imaginás?" Se ríe de nuevo con esa risa horrible, y siento que o se le escapó un pedo o algo muy feo hay alrededor oliendo o quizás soy yo que para este momento de la noche me quiero ir a mi casa con mis gatas, hacer un twit misántropo cualquiera, hasta prendería la computadora y trabajaría en cosas pendientes. Podría fumarme un porro e irme a dormir escuchando música. Un disco más actual que Led Zeppelin II. 
Pero ya estoy embarcada. Ahora quiero ver dónde vive Elías y si efectivamente se llama Elías. Además algo me ancla: la sensación de que si me vuelvo ahora, ya, me voy a preguntar qué hubiera pasado si. No me banco no saber el final. No puede ser tan difícil sacarle el DNI o ver algún certificado de algo... En la casa todo está oscuro. Prendo la luz del living y es blanca. Pálida como la de un resonador. Me quiero morir. No. En realidad quiero no haber nacido nunca, abortarme retroactivamente. 
Le pregunto si tiene porro,  prende una tuca penosa y después la tele. Se genera algo parecido a un clima. Algo que está mucho menos lejos que antes de ser lindo. La luz de la tele es más cálida que la otra espantosa de hospital que está en el techo, entonces me levanto del sillón y la apago. Dejo solo la de la tele. 
Aprovecho y pongo un disco de Tame Impala. Elías me tira el humo de su porro en la cara, un gesto que él cree que le queda espectacular pero solo me hace toser. "Estás fuertísima, ¿Sabías?". Sí, ya lo sé, pelotudo del orto, voy al gimnasio todos los días y me cago de hambre. Si no estoy fuertísima así me tengo que cagar muriendo. No le respondo nada, sonrío haciéndome la tonta. Los tipos no buscan una compañera. Buscan porristas. 
"En la secundaria fui porrista, ¿Sabías?" Le digo iluminada por un halo de inspiración.
Elias levanta las cejas, sabe que lo estoy bolaceando: fue demasiado inverosímil porque acá en Argentina no hay porristas en ninguna secundaria. Es algo de las series yanquis de cuando éramos pendejos y solo habíamos leído Un mundo feliz. 
"Me das un poco de miedo, te confieso. Tenés como una aura... Avasallante". ¿Miedo? Pensé. No dije una puta palabra en toda la noche.  ¿"Una" aura? ¿Por qué la cacofonía? Claro, no sabe escuchar, por eso no le suena raro al decirlo. ¿Será sordo y mintió diciéndome que no? Pero Elías tiene linda voz y yo un toque fumada y un toque en pedo estoy entonces decidí jugar la mentira más fuerte de la noche: me mentí a mí misma haciéndome creer que estaba re caliente con el loco y le encajé un beso. "¿Avasallante así?"
Entonces hace algo que me descoloca: se levanta y va a buscar una birra a la heladera. Trae dos latas mugrosas, a penas frías, que seguro están en su casa desde el año en el que salió The dark side of the moon. Miro el celu: son las 3 de la mañana y nadie ha cojido con nadie todavía, y además de perder el tiempo fumando una tuca vieja y tomando birra caliente estoy escuchando en loop una canción que suena desde el YouTube gratis de una laptop a la que le falta la Ñ enchufada precariamente a una televisor del año del hornero. Me quiero pegar un tir0. Ojalá me encuentren y el primer sospechoso sea Elías. 
"En realidad mi vieja aprendió astrología por mi abuela, viste" suelta de toque y completamente fuera de contexto. Yo estaba con la mirada fija en el pixel del video de la canción que estaba sonando, y de repente el boludo con el que estoy perdiendo mi preciado viernes a la noche me señala una caja en la biblioteca: nada más y nada menos que una urna. "De mi abuela, que está ahí". Una urna con cenizas de una abuela muerta. 
Me levanto de un salto del sillón sin creer lo que escucho y lo que veo. El flaco me sonríe como diciendo "sí, te conté mi más precioso secreto". Claro, ahora entiendo por qué la gente miente. Nadie puede ir diciéndole a los demás que tiene las cenizas de su finada abuela en su biblioteca: no está bien. No es sano. Es eso pero con el volumen un toque más bajo, siempre la mentira está fundada en la aspiración de ser o pertenecer. Sí, me encanta Borges, me leí todas sus novelas. Amo Los redonditos de ricota. Son mi plato de pastas favorito. No, no tengo a mi abuela muerta en la biblioteca, es una locura eso.
Me parece que me estoy pasando de gauchita y fue suficiente. No voy a poder cojer con alguien que tiene una abuela muerta en su casa. Empiezo a mal flashear. Le digo a Elías que me abra y antes de despedirme para siempre de él, le digo que me transfiera lo de la cena y le paso mi alias. 
Llegué a mi casa de donde nunca tendría que haber salido, me desinstalé Tinder, Instagram, MiArgentina y solicité la eutanasia. O sea, espiritualmente hablando. Nadie quiere conocer a nadie, pensé. Sin ir más lejos yo misma, que me clavé con un forro que tiene a su abuela muerta en su biblioteca para explorar hasta dónde y hasta cuándo sostenía una mentira. Una mentira que ni siquiera empecé a decir, porque apenas pude hablar. 
Si tuviera el Delorean volvería exactamente el tiempo al día en que discutiendo con mi ex le dije que él necesitaba terapia más que yo. Le pediría disculpas y me comprometería a buscar un terapeuta mejor. De hecho haría eso mismo. Mejoraría, cambiaría. No lo dejaría ir jamás.
Sé que todo eso es mentira. Que en realidad me siento sola, despechada porque estoy solísima y herida y hace años no me enamoro de nadie y la complicidad que tenía con él no la pude ni siquiera empezar a imaginar con nadie más. Pudiendo decirme toda esta verdad, elegí mentirme. 
Sabía que era mentira, pero igual seguí por ese carril. "Haría todo mejor" me prometí. "Daría todo por no volver a conocer a ningún tipo más como Elías". 
No le hablo a ninguna amiga de todo esto. De mi fracaso hasta para inventarme una identidad graciosa. Sé que me van a decir cualquier otra mentira: hay muchos peces en el agua, el amor está afuera esperándote. Peor es culearte a tu ex. Son tiempos rarísimos.
¿Cómo creer que el amor está ahí afuera esperándome, si invito a salir a alguien y no es capaz ni siquiera de amagar a preguntarme algo sobre mi vida? Es más fácil preguntar que no hacerlo. Requiere más esfuerzo ignorar completamente al otro que lanzar un "¿Y vos?" de compromiso. ¿La gente se olvidó de cómo conversar? Es algo que la gente que está hace mucho tiempo de novia nunca va a entender. Algo se rompió y en la grieta simbólica quedamos de un lado los solteros y del otro los que están en pareja. Pero la gente se separa y se junta todo el tiempo... No sé. No así. Igual escarbás y nadie es del todo feliz: otra mentira que me digo para dormir tranquila. "Igual todos lloran. Como yo."
Pero bueno, peor es tener una urna con cenizas de tu abuela en tu biblioteca. 

lunes, 30 de marzo de 2026

Hamtaro

Los domingos, hace ya varios meses, vuelvo al barrio de mi infancia. Almuerzo en lo de mi mamá, paso por la Plaza Almagro, a veces visito a Angie o a Lu o a mis abuelos que viven todos en el mismo radio de cinco cuadras a la redonda. 

Hoy tocó mis abuelos. Les llevé chocolates de Rapa Nui que hicieron un especial de pascuas con unos conejos con confites adentro increíbles. Mi mamá me pidió una pastrafrola de camino y Norber un tiramisú así que parece que estoy yendo más a una cena navideña con todas las bolsas con dulces que a un domingo cualquiera. 

Mi abuela ya está levantada después de su cirugía aunque le quedan todavía quince días de reposo, corta una rosca de pascua, me cuenta que la enfermera la peinó, me muestra fotos del peinado más temprano y su faja que le rodea la cintura:  “soy la acorazada potemkin”. Justo antes habíamos hablado con mi mamá sobre el sistema de enfermeras este mes que estuvo internada ella (dos veces) y mi abuelo se quedó solo en su casa, lo caro que había salido, los problemas de plata de la familia. Ya se lo dije pero vuelvo a pensar en que tiene que leer Mañana digo basta, una novela de Silvina Bullrich donde una mujer de cincuenta años se muda a La Paloma para estar lejos de sus hijas, completamente resentidas, neuróticas e insoportables, sus amantes de la ciudad, sus amigas aspiracionales y su padre, ya retirado que reside en Europa y solo aparece para enviar tarjetas navideñas. Para estar lejos de las demandas en general: “Estoy aquí” dice en un momento “porque necesito saber con exactitud lo que, a decir verdad, sé con exactitud: que una mujer latina que no deba ganarse indefectiblemente su vida puede desaparecer del orbe durante el tiempo que se le antoje sin que a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurra pensar que esa mujer todavía joven, llena de impulsos, de fuerza, de ansias de trabajar podría estar cumpliendo una función útil donde están fingiendo cumplirla tantos hombres inútiles" Releí diez mil veces esa frase. ¡Cómo se le ocurre escribir algo así! sigue su diatriba: "para nosotras los siglos no han pasado, para nuestra madurez nos está reservado el mismo destino que nos predijeron al nacer, al casarnos: la vida de familia, dedicarse a sus hijos y a sus nietos ¡qué conversaciones tan interesantes! ¡qué intercambio de ideas! Siempre los mismos en la misma mesa… entonces una protesta, el derecho a patalear. Pero Señor, yo elegí otro destino, yo sacrifiqué mi juventud, tengo una carrera, tengo un nombre. Estos treinta años de trabajo ininterrumpido no pueden haber pasado en vano. Muy bien, nadie se lo impide: tenga talento. ¿Qué? Pues si, lo que acaba de oír, escriba, pinte ¿Cómo a toda hora? ¿Un libro detrás de otro? ¿Un cuadro después de otro? Exactamente. No es humano, muchos hombres que lucharon como yo obtuvieron cargos que les permiten vivir con decoro y sentir que cumplen una misión mientras esperan que nazca en ellos el tema de otro libro o el cuadro que nunca pintarán. Pero usted no es hombre. Ya sé, pero soy un ser humano. Bueno, el mundo es así, lo mismo les ocurre a los negros, y cada tanto tiempo a los judíos, y el obrero no es patrón, las clases y las razas existen, usted, señora, no puede reducirlas a cenizas. Yo pertenezco a esa clase de la cual salen los cónsules, los embajadores, los agregados culturales, los directores de los directorios. Pero son hombres. Pero yo he trabajado como un hombre. Pero no es un hombre. ¿Y qué debo hacer? No sé, es lamentable que no le divierta llevar a su nieto a la calesita. No hablo de divertirme, hablo de cumplir una misión, de ocupar el lugar que me corresponde, no no me gusta la calesita ni los caballitos ni ningún otro diminutivo. Les daré a mis nietos un nombre de qué enorgullecerse… eso déjelo para los hombres. ¿Y qué hay para las mujeres? Hay calesitas”. 

Me gusta la mente de Bullrich porque entrecruza perfectamente el humor con el hartazgo que le produce vivir en un mundo que es completamente para tipos. Además es cierto: mis abuelas siempre me llevaban a la calesita.

Justo hoy a la mañana terminé la primera temporada de American Crime, la serie de Ryan Murphy sobre el libro The people vs. O.J Simpson. El caso es sobre un jugador de futbol americano que mata a cuchilladas a su mujer y a su nuevo novio. Gana el juicio, lo declaran inocente, básicamente por ser negro y porque la gente lo ama porque es un ídolo popular. Mi arco favorito dentro de la serie fue el del mejor amigo, el papá de las Kardashian, que lo interpreta el que hacía de Ross en Friends. Al chabón se le va rompiendo el hilo que sostiene la camaradería peneana porque, mientras avanza el juicio -que duró un año- no encuentra realmente otra prueba y otra explicación que no sea que su amigo mató a su ex mujer. Pero todo lo que muestra la serie es que en realidad no importa que hayas matado a tu mujer, porque si jugás al futbol y todos te aman, podés ser un femicida en paz. Como lo estoy contando parece una serie aburrida, y además no sería ni el primero ni el último femicida en la historia que dejan impune, pero el modo en que está hecha, la estructura de los capítulos, la adaptación del guion, realmente la vuelven una historia atrapante y muestra lo mismo que la novela de Bullrich: la diferencia de clase, de géneros, de raza, en realidad es todo parte de la misma cosa, de cómo se sostiene el mundo. Y Silvina Bullrich pensó todas estas cosas sin considerarse feminista y siendo, como lo dice el personaje principal de su novela, parte de la aristocracia argentina, de esa clase de donde salieron los cónsules, los embajadores, los agregados culturales: “Yo tengo una noción muy clara de mi situación social, pecuniaria, de mi edad, sé a la perfección quiénes fueron mis padres, mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, mis diecisiete tatarabuelos; en la bóveda de la familia está nuestro nombre y una fecha muy lejana; tenemos una de las primeras bóvedas de Recoleta. Ni muertos nos dejan en paz”, dice unas líneas antes la protagonista de la historia aunque todo el mundo le atribuyó esa cita a la propia biografía de Bullrich. Un pequeño problema que tiene a veces la crítica literaria y es no entender la diferencia entre autofiguración, autoficción y autoría. Y esto deriva, también, en muchas acusaciones, que ella dice son infundadas: la crítica la odia por ser rica, ella se defiende diciendo que no es rica, o que pertenece al sector pobre de los ricos. De todos modos fue una de las escritoras más vendidas de toda la literatura nacional. Hoy por hoy, ya está completamente marginada de la literatura nacional por gorila y por rica (y por haber sido mina, y bastante intratable, digamos todo): ni muerta la dejan en paz.  

En Mañana digo basta tampoco se cuenta una historia demasiado grandilocuente. Lo que importa, de nuevo, es la forma en que está escrita. La protagonista redacta un diario íntimo durante todo ese verano, el verano donde pretendía deshacerse del mandato del mundo, de este entramado filial-amatorio-paternal-patriarcal que la oprime. Y no lo logra, siempre algún reclamo nuevo o tarea nueva le cae, y dice que mañana será el día. Siempre intenta salirse, pero la vuelven a traer hacia el centro. Y ella dice que mañana será el último día. Trust me, i’m a procrastinator. Sus hijas le reclaman constantemente que les dé “la bandera francesa”, tres brillantes que son lo único que queda de una fortuna familiar más grande que se fue dilapidando a lo largo del tiempo. Pienso todo el tiempo en la cantidad de reclamos completamente infundados que una como hija le hace a sus padres. Piglia dice en su texto “Ficciones del dinero” que la plata no es una herramienta para un fin, a veces ni siquiera un fin en sí mismo, sino un regente en la economía de las pasiones. Así funciona, tanto en la vida como en la literatura. 

En la historia de mi familia pero también en la historia nacional, y por qué no en la literatura, los problemas de dinero son una constante. Mis abuelos se casaron hace más de cincuenta años y es la primera vez en su vida que tienen problemas de plata. Sin embargo, no pierden a veces el sentido del humor: “Hoy es nuestra primera noche solos”, me dice mi abuela, contenta, mientras comemos la segunda porción de rosca de pascua, porque a partir de ahora las enfermeras vendrán cada mañana y se irán a las 8 de la noche. Recuperan algo de la autonomía que perdieron en la vejez, de a poco. En realidad le estaba contando sobre esta novela a mi abuelo, que cada vez que me ve me pregunta cómo vengo con la-que-no-debe-ser-nombrada (la tesis). Quería hablarle de Bullrich pero en realidad, por dentro, estaba pensando, preguntándome cómo voy a hacer para, llegado el caso, tener que mantener a mis padres, con un sueldo monotributista docente como el mío, soy guionista, estudié letras, me gusta contar y analizar historias, nunca pensé en enriquecerme ni en hacer guita. Pero para eso falta tiempo y hace cuatro semanas empecé una psicóloga nueva que me dijo que a veces la preocupación en sí misma no ayuda a planificar una hoja de ruta para solucionar eventuales problemas que puedan surgir, los cuales despertaron esa preocupación. Sino, a veces, solamente agrandan el panorama y enturbian la posibilidad de vislumbrar soluciones. Pero, ¿qué debería hacer? ¿cambiar de trabajo ya pensando en esto? Mi mamá siempre me dice que no me preocupe por esas cosas, que la vida se acomoda y que tengo la suerte de tener dos títulos de grado y pronto uno de posgrado y me pregunto si realmente lo dice en serio o si es una manera de calmarme o de calmarse. Mis abuelos teniendo ambos títulos de grado y siendo profesionales, con propiedades, ahorros (yo pertenezco a la clase de donde salieron los intelectuales orgánicos del país en los setenta, la bendita clase media urbana) tienen problemas de plata a los 80 y pico de años. ¿Será que no pensaban vivir tanto? ¿será que no podían prever que el país tomaría el rumbo que tomó? ¿será que quizás, incluso habiendo planificado todo bien, hubo contingencias que escaparon a cualquier tipo de libre albedrío y agencia humana? ¿será que lo que no previeron fue acaso el rumbo que tomó la economía de las pasiones familiares? ¿será?

De la rosca de pascua pasamos a los sanguchitos de miga y de la charla sobre la tesis en donde yo me aburro de mí misma pasamos a la charla sobre gatos. La enfermera tiene 6 gatos y un conejo. ¿Seis gatos y un conejo? ¿Y cómo se llevan? Mi abuela contó que una vez, en la escuela que iban mi tío y mi mamá de chicos, muy progre para ser los sesenta, tenían una mascota del grado. Un hamster. Iban rotando y cada finde el hamster iba para una casa diferente. Al llegar a lo de ellos, se murió. “Los hamster se mueren fácilmente, los asusta cualquier cosa y la quedan” dijo Tamara. ¿Los hamster se mueren fácilmente? Me acordé de una compañera de la primaria que se había comprado uno, Hamtaro le puso, como el dibujito. Pero había sobrevivido una semana con su perro salchicha que ladraba sin cesar.

Cuando salí de la casa de mis abuelos, caminando por la Plaza Almagro, pensé en llorar un rato. No entendía si por Hamtaro, por los problemas de dinero, el rumbo del país, la tesis, la economía de las pasiones, las pasiones a secas, mis abuelos y su edad, el estrés de los últimos meses, lo sola que me sentí durante todo el día. Capaz era solamente la humedad. Pero me distraje porque vi a un chico llorando en los brazos de una chica en un banco, y a una señora llorando en los de otra, en el banco contiguo. Era una foto rara. El mundo no está en un buen momento, ni a nivel económico ni pasional, sin duda alguna. Y yo menos. Cada vez tolero menos todo. Creí que cuando cumpliera treinta iba a tener más herramientas para lidiar con la contingencia y la tragedia, pero la realidad es que siento que tengo menos plafón para el dolor y la frustración.

Le conté en un audio a mi mamá cómo había ido todo. Aprovechando la actualización de novedades le hice un chiste por lo del hamster muerto que se llevaron un finde, como tarea del colegio. “No era un hamster, tampoco era el colegio, y tampoco se murió”, me contesta en un segundo. La memoria me resulta complicada, ya no me acuerdo ni de las cosas que leí. “¿Cómo que no?” le pregunto mientras enciendo el auto. “Era una ratita blanca de laboratorio que ganamos en un sorteo en un taller de ciencias al que íbamos, que se llamaba Eureka (muy progre, muy buen nombre, super psicocool -sic-). La abandonamos en la calle porque nos daba asco, después de unos días. Esa es la verdad verdadera”. Largué la carcajada. Ninguna de las dos historias tenía mucho sentido, sobre todo porque era completamente extraño y hasta agresivo imponerle a unos niños que se lleven un animal a sus casas, sobre todo si era un roedor; “cuando yo era chica no existían los hamsters ni nada de eso” agregó mi mamá, como para darle más grosor al verosímil de su versión de la historia, ¿nada de eso qué? ¿los jardines? ¿las consignas escolares? ¿los fines de semana? Pero en la vida funciona como en la literatura: no importaba qué versión era la verdadera, qué había pasado en realidad. Las dos historias funcionaban, justamente por lo desopilante del caso, el alivio cómico del final y la imagen de un niño teniendo como consigna cuidar a un roedor y fracasando en su objetivo.

Cuando llegué a casa no pensaba ni en los problemas presupuestarios, ni en la que no debe ser nombrada, ni en Hamtaro (pobre, ni muerto lo dejo en paz) ni en mis abuelos, ni en el futuro. Pensaba en que la semana pasada dije tres veces "me tengo que acordar de esta frase para ponerla en algún lado, algún cuento, algún guion". Nunca las anoté, y al día de hoy no me acordaba ninguna de las tres. Pensé que no me podía pasar lo mismo con el pobre hamster del jardín de mi mamá y de mi tío, y entonces abrí el blog y me dispuse a escribir: "Los domingos, hace ya varios meses, vuelvo al barrio de mi infancia".




miércoles, 25 de marzo de 2026

Pensamientos mundialeros

Como no suelo ser una persona con mucha buena suerte, cuando algo me pone nerviosa invento rituales. 

Se llaman popularmente “cábalas”, aunque para los judíos entiendo es otra cosa: se trata de conocer la naturaleza de Dios. 

En el judaísmo, se estudia la cábala de por vida.

Aunque tiene que ver con eso, con entender, o inventar una tradición.

Pero si pienso que algo sea de por vida me da taquicardia.

Solo puedo pensar, entender la vida así: de a fragmentos.

Años sueltos, horas específicas. Como casillas de un excel desordenado.


Por ejemplo: el año en el que hice el ingreso al secundario rendía todos los exámenes con la misma lapicera. 

No la usaba para otra cosa. Solo para rendir. Siempre la misma lapicera.

En la escuela, había una chica 

Decía que me daba mala suerte porque siempre que aparecía me pasaban cosas malas

(En realidad, solo gustaba del mismo chico que me gustaba a mí y eso me ponía de mal humor)

Un verano estuve preparando un final. Fue el más difícil de la carrera. 

Use el mismo talón de post its para marcar todos los libros, la misma lapicera, el mismo cuaderno, el mismo resaltador. Todo el verano. Hasta que no quedaran ni tinta, ni hojas, ni postits.


Siempre intento encontrar de las cosas buenas el patrón 

Castillo, la calle donde siempre hay lugar para estacionar cerca del trabajo 

Las 19hs. La hora en que los autos de mi cuadra se van y consigo espacio en la puerta de mi casa

Las 12:09 del mediodía, hora que se arma la fecha de mi cumpleaños.

El lugar cerca de mi casa donde siempre tienen las chipa que más me gustan.

Mantener las tradiciones.


En el último mundial, ví todos los partidos afuera de mi casa 

Con gente diferente 

Salvo el partido que perdimos 

Esa fue mi cábala central. 

No repetí grupo de gente ni una sola vez.

¿Servirá la misma cábala para el próximo mundial?



Sin embargo, no suelo tener buena suerte en general.

No soy una persona muy de ganar.

Me sorprende, en general, cuando se ganan cosas: 

Elecciones, partidos, el mundial.


Soy mala en los juegos y en el amor

A veces gasto plata en cosas que no sirven 

("Lo barato sale caro" siempre dice mi papá) 

No suelo ganar concursos

O convocatorias para nada.

Solamente una vez gané algo: una beca para hacer mi tesis doctoral. 

Toda regla tiene su excepción.

Después, en general, 

solo se trató de arriesgar y de perder. 

Abrazo mi condición de loser

(Es un gran método para hacer humor) 


De todas las desgracias intento aprender

Sacar el patrón 

Entender cuál es la hora en que llega el mensaje esperado o la invitación inesperada 

Que ponga color a mi día: 

Algún amigo me invita a tomar una birra

Alguna amiga me manda un audio largo contándome una historia graciosa

Puedo avanzar bien con mis tareas de trabajo 

Mi mamá me pregunta cómo estoy


Intento retener frases que puedan servirme para un guión, para un cuento, para el próximo poema. Para algo. 

Este finde solamente anoté una. 

(Sé que hubo muchas más, pero no me las acuerdo)

No importa. 

Saber perder es parte de mi esencia

La incertidumbre 

De lo inevitable 

El gran aprendizaje.


El amor del secundario, los apuntes, algunas tradiciones, algunas amistades 

se perdieron

por mi gran impericia a la hora de retener

Algo que no sean datos o frases inútiles.






miércoles, 25 de febrero de 2026

17 de febrero de 2020 (Hoy me porté mal 2)

Hoy quise hacer 2 cosas que no debía

1) intenté colarme en el subte

2) intenté tener una charla con una mujer que antes me quería, aún sabiendo que me había dejado de querer   


Fracasé exitosamente en todo. 

La patovica de la estación salió de no sé dónde 

dijo no creerme que tuviera la sube en negativo 

"Apoyá la tarjeta, a ver" 

La mujer me avisó: el próximo mensaje que mandara no lo iba a contestar 

(Y el que avisa no es traidor)


Ya aprendí:

La experiencia y los gritos de la patova sirven como correctivos

Y ahora las cosas que no deben hacerse solo quedan en intentos 

Ya aprendí: el primer poema del año tiene que estar a la altura.  


El verano en Buenos Aires se hace largo, hago cuenta regresiva para que llegue el otoño.

Faltan 34 días: No pude colarme ninguna vez en el subte porque los llenaron de policías

Faltan 30 días: No pude convertirme en aliada del paso del tiempo

26 días: No pude dejar de escribir, aunque me dijeran “basta”

20: No pude entender lo que es “basta”

(¿cómo se calcula el tiempo?)


10: Ya aprendí, la ciudad se me hace ajena cuando la transito sola,

5 días: Ya aprendí. Nunca hay que desatender los avisos.


Pero atesoro un par de recuerdos

(precisamente dos)

Y un primero de enero distinto. 

Me refugio en una ficción donde tengo todas las respuestas, siempre un haz debajo de la manga

y digo todas las palabras que se dicen cuando te dicen 

"no te creo que tenés la sube en negativo"

Soy perspicaz, doy respuestas astutas, y me retiro de los lugares con gracia y dignidad. Adulta.


Pero ya aprendí: no se trata de decir las palabras que se dicen

Ni de madurar

A pesar de todo lo que le dije nunca me hice entender

Corrí al subte escaleras abajo y me zambullí en el vagón

Bien merecido tenía ese grito

Y aún así no hubo nada de mí que la enamore, y ya aprendí 

A partir de ahora, de una vez y para siempre: 

juntarme solo con gente que note si me cuelo si me quedo 

O si me voy

Porque nunca ninguno de mis poemas va a estar a la altura.


martes, 26 de diciembre de 2023

Cinema verité

 Hay rituales que subsisten a través del tiempo, a pesar de las tecnologías y de los cambios en las formas de hacer arte, de relacionarnos, de concebir el estar en el mundo. Hacer fila es uno de ellos. Llegar a la situación en sí, a la plaza, a la sala de cine, al teatro, y empezar a ver el tumulto y la conducta que nos distingue como argentinos: ponernos uno detrás de los otros. Hay un indicador inconfundible de que una convocatoria a un evento, cualquiera sea el tópico del evento, es exitosa: la fila que se forma en la puerta. Antes que las reseñas, antes incluso que hacer números, las filas nos introducen en la antesala de lo que se dirá después sobre el hito. Pero la fila es también uno de esos rituales implícitos en donde la gente parece entenderse sin tener que hablarse. Como tirar fuegos artificiales en año nuevo, o dejar el asiento en el colectivo. Más allá de los pocos desertores que siempre resaltan, las señales son claras: se llega a determinado horario, según la disposición espacial se espera en la calle o en el hall de algún cine, teatro, restaurante, el supermercado. Uno detrás del otro, grupos de amigos, parejas, familias, gente sola. Siempre se espera en fila, es un estado anfibio: uno fue ahí a hacer otra cosa (comprar, comer, ver algún espectáculo, viajar en avión o en micro, cargar nafta) pero la fila es ese mal necesario. Más allá de las apreciaciones sociológicas, ver y sobre todo observar concentradamente a los demás me permitía dejar de verme a mí, huir de la psicosis autorreferencial.

Tres años atrás había empezado a trabajar en la dirección de festivales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Era un trabajo que me permitía hacer lo que más me gustaba: estar afuera de mi casa, ocupar casi las doce horas del día en algo, estar en cualquier clase de eventos y, sobre todo, observar a la gente. Ese año, sin embargo, hice algo que nunca antes: me ausenté de mi trabajo varios días seguidos para irme a trabajar al Festival de Cine de Mar del Plata. No declaré las verdaderas razones: solamente truché un certificado, dije que tenía pulmonía y saqué un pasaje. Resulta una nadería pensar que todo sucede por alguna razón, pero a veces eso es un poco cierto. Mi amigo Lisandro me había prometido que en ese Festival íbamos a conocer a Pedro Almodóvar. Otro plan de escape de la psicosis autorreferencial, muy efectivo, es superpoblar el cerebro de fantasías delirantes. Ni bien lo mencionó imaginé el encuentro, probablemente en alguna Trattoría de la calle Güemes o en algún barsucho cercano a la Plaza Mitre, o algún café de especialidad nuevo. Hola, me llamo Elena, estudié cine, no, no trabajo de eso, sí, me encantaría vivir de eso. Vivir de. Como si fuera una cuestión fisiológica, no material. Hay muchas formas de vivir del cine, estar en la producción de festivales es una. Ese era mi consuelo autoindulgente. Pero no me perturbaba demasiado porque todas esas otras fantasías, las de la primera juventud, que algún director exitoso me descubra, que viniera alguien casi enviado por el destino a ofrecerme el trabajo de mi vida, habían desaparecido hace ya tiempo. Lo que se despertó cuando Lisandro mencionó la posibilidad de una cena con Almodóvar fue otra cosa. Una especie de llama que me hizo sentir viva, motivada con algo después de mucho tiempo. En realidad la verdadera excusa por la que había salido eyectada de Capital era que me acababa de separar de una relación de varios años. No sabía si necesitaba la oportunidad de mis sueños, conocer a un ídolo, simplemente decir que iba a estar en un lugar y estar en otro, o un poco de aire de mar. Tampoco importaba. En realidad esas cosas nunca importan, porque siempre se está huyendo de algún lugar pero eso es inútil porque uno siempre va hacia donde sea con uno mismo. 

El placebo de sentir que tenía el control de algo mientras toda mi vida se derrumbaba frente a mí funcionaba. La excusa de perseguir a Almodóvar era suficiente para olvidar el padecimiento, no tanto de la ruptura en sí, sino también de los meses previos a la separación. Ese pensamiento y el miedo de que la gente en mi trabajo se enterara de que no estaba enferma realmente, ocuparon mi tiempo de viaje en taxi de la terminal hacia el hotel. No tanto mirar el mar, no tanto la preocupación de que todavía Lisandro no me contestaba ni un mensaje. De todas formas, era buena plata. Nunca había hecho algo tan grave como mentir en mi trabajo pero en realidad sabía que a nadie iba a importarle; que era obvio que se iban a enterar, porque en el ambiente de la cultura la gente se conoce, se comenta cosas al pasar. 

Cuando llegué al hotel Selent, bien cerca del centro, una persona a quien no tenía agendada se contactó conmigo para pasarme la dirección que me tocaba cubrir esos primeros tres días. No era el Hotel Continental, en donde pasaba toda la acción y a donde iban los famosos y los no tan famosos a entrevistarse, sino un cine alejado del centro, el Ambassador. Me desilusioné, pero no pedí que me cambiaran porque quería despojarme de esa sensación con la que peleaba constantemente de querer estar siempre en otro lado. 

Me tomé otro taxi para Avenida Córdoba y Pedro Luro, realmente muerta de hambre. Allí me apersoné en la boletería, y una mujer bastante entrada en años me dio mi cartelito de organizadora. “Yo no soy Jimena Victoria Guzmán”, observé al leer el nombre que rezaba el plastificado. Cuando algo está plastificado es que es en serio, y temí que el equívoco fuera irresoluble. La señora, todavía sin mirarme, exclamó “Ah, no”, sin la enunciación específica para entender si se trataba de una pregunta o de una exclamación. "No… Me llamo E le na Victoria, mi apellido no es Guzmán sino Glusman. Es judío, no ibérico. "¿Cómo? Bueno, no sé, después lo vemos, a mí me dieron esto… a ver, correte, dale que ya va a llegar la gente."

No había nadie llegando. Pero entendí que no tenía nada que ver con ella y entonces me corrí. Le pegué el primer llamado del día a Lisandro, que brillaba por su ausencia, y no me atendió. Probablemente estaba viendo alguna función de algo, pero me empecé a ofuscar. Quizás había sido un error absoluto venir. Miré mi cartel con el nombre de otra persona y me empecé a preguntar si no había sido en realidad un error de audición. Elena Victoria Glusman, Jimena Victoria Guzmán. Éramos prácticamente la misma persona, solo algunas letras de diferencia. Sonreí porque ya empezaba a amigarme con mi nueva identidad cuando vi a una chica intentando deshacerse de una gitana en la esquina del cine. La señora quería encajarle una bolsita de esas que siempre tienen ellas, llenas de mostacillas, hiervas y otras cosas inservibles, y la chica muy pasivamente negaba con la cabeza, pero la gitana se le tiraba encima mientras la perseguía. Me interpuse entre ambas. La gitana me miró como si hubiera visto un fantasma y negó con la cabeza, contrariada. Mientras se daba vuelta conjuró, mirando directamente a la chica “soltera va a quedar”. 

— ¿Te lo dijo a vos o a mí? — dije con los ojos maniáticos. La chica me devolvió una mirada ambigua con el ceño fruncido. Me di cuenta de que tenía más o menos mi edad, y que era o había sido estudiante de Cine también. Éramos inconfundibles: los anteojos, el pelo carré de algún color fantasía, los rulos, el flequillo. Tenía todo lo judío que yo no, a pesar de que mi apellido sí lo era. La chica prendió un cigarrillo y avanzó hacia la puerta del cine, ubicándose primero en la fila. Me indigné porque ni siquiera había agradecido que intercediera entre ella y la gitana que la quería maldecir. Prácticamente la había salvado. Pero los signos del desinterés son inconfundibles: ella había venido ahí a ver una película, no se iba a detener en otra cosa. 


Empecé a cortar entradas y a conversar con conocidos que me fui encontrando hasta que se hizo la hora de dar sala. Al principio pensé en no saludar a nadie pero dado que era Jimena y no Elena la que estaba ahí, pensé que tendría esa especie de salvedad como excusa para negar todo más adelante. Era idiota, obviamente, pero de todos modos volví a la idea de que a nadie le importaba realmente. 

Esa noche no hablé con Lisandro, no conocí a Almodóvar, y a la salida tampoco había visto a la chica a la que la gitana la había maldecido (¿a mí o a ella?). Sin embargo, al salir de la última función ya había entablado buenas conversaciones con los otros que estaban trabajando en el Ambassador, me invitaron a una fiesta en el Club Alsina, una especie de vórtice carnavalesco hacia los años noventa, donde había bastante gente extraña. Ahí conocí a Martín, un director que estaba presentando su ópera prima y tenía 17 años más que yo. La conversación viró extraña sobre cuestiones aleatorias, hasta que dijimos que sería lindo ir a ver el mar, y nos retiramos amablemente sin saludar a nadie. Me preguntó cómo me llamaba, “Jimena”, le dije. Pasamos juntos la noche pero a la mañana siguiente se fue antes de desayunar porque tenía una rueda de prensa. A todo esto, Lisandro seguía sin aparecer, y de nuevo me tocaba el Ambassador con mi falsa identidad. Ya había desechado toda esperanza de conocer a Pedro Almodóvar. Al lado del velador genérico de hotel, había un bon o bon, una notita con el teléfono de Martín y escrito en letras rápidas “ojalá pronto nos volvamos a ver”. Sonreí, pensando en el gesto vintage, aunque supuse que debía ser algún tipo de afán reivindicatorio e inconducente de las costumbres de su generación. Me calcé y salí al desayuno. En el patio del hotel había una leve brisa pero hacía bastante calor. Tomé café amargo, sin azúcar, y decidí embarcarme en un nuevo día de trabajo.

Esa noche cité a Martín en el puerto, lejos del resto de la sociedad y no apareció, ni virtualmente ni de otra forma. Supuse que estaría cenando, quizás hasta con Almodóvar, o haciendo alguna otra cosa y entendí que ese sería el primero de varios comportamientos erráticos en los que si me dejaba llevar me arrastraría a la locura. La gente como Martín es indetectable, como bichitos bolitas en el pasto un día de lluvia, pero hay cierto momento de la vida en el que una los detecta rápido como a un mosquito gigante que está por succionarte la sangre. Mejor siempre pegarle la palmada aniquiladora antes, y no dejarlo que haga un banquete a cuesta de la vida de una. De todas formas, sabía que podía conseguir algo de él y lo tomé como eso: una mera función a cumplir. Era apático, pero iba a ser mucho mejor aprovechar lo que tenía para ofrecerme en términos laborales, porque sabía que afectivamente no iba a poder ofrecerme absolutamente nada.

Mis intuiciones estaban en lo correcto. Comencé a trabajar con Martín en su productora al mes de habernos conocido. Me convertí en su asistente de dirección. Lo que tardé en darme cuenta un poco más, era que mi traba emocional hacia el resto de las personas tenía que ver, fundamentalmente, por el amor gigante que sentía hacia él. Nunca nadie iba a igualarlo. Cuando me di cuenta de que estaba realmente metida en un brete, pensé en renunciar, pero me dije a mí misma que no podía ser tan pero tan débil, y haber estado en su momento tan pero tan equivocada creyendo que podía manejar como yo quisiera la situación. Nadie en realidad puede. Intenté de todo. Salir con gente presentada por amigos, salir con gente que conocía por aplicaciones, salir con gente del secundario. Los meses iban pasando y la opinión que tenía de mí misma quedaba cada vez más degradada. Martín por lo pronto se había vuelto a casar, tenido más hijos, y yo seguía siendo su amante. Era todo tan cliché que ni siquiera me esforzaba en analizar las posibilidades de salir de la situación. Solamente vivía mi plano emocional casi casi por inercia, fingiendo que no me importaba. 

Pero lo cierto es que como dupla creativa nos iba bien. Funcionábamos, nos entendíamos. Empecé a ganar plata. Bastante. Finalmente trabajaba en cine, no sé si se podría decir que vivía. Empecé a liderar algunos proyectos de la productora. Volvimos al festival de Mar del Plata, y fuimos juntos a otros festivales. Nos expandíamos. La vorágine del trabajo hacía que los encuentros amorosos sean cada vez más furtivos, más pasionales y más vacíos de palabras y llenos de intimidad. No conversábamos de otra cosa, pero no importaba, estaba implícito: cojer era condición necesaria y suficiente para que el trabajo funcionara. Fuera de Martín tenía historias ocasionales, pero eran eso: historias ocasionales. Nada pasaba de un par de meses, o a lo sumo medio año. Veía a mis seres queridos alrededor construyendo cosas con otros en ese terreno, comprando autos, casas en conjunto, teniendo hijos. Todos hacían que pareciera tan fácil... Sabía que no lo era, pero el pasto siempre es más verde en frente. Una amiga siempre me preguntaba si yo realmente quería eso, y cómo imaginaba que era, si me la pasaba trabajando. “No se puede criar un bebé si estás veinte horas editando proyectos y reunida con productores, eh”. Mi hermana me decía algo parecido. Criar un bebé. Yo ni siquiera fantaseaba con criar a nadie, solamente pasar más de dos noches seguidas acompañada por alguien que me quisiera. No podía ser tan difícil. Me resultaba, además, un misterio. Casi ciencia ficción. 

Mis pocas amigas solteras siempre decían que me envidiaban. Ay, si yo fuera tan buena como vos en el trabajo. Claro, pensaba yo, el pasto siempre es más verde en frente. Yo lo daba por hecho, pero de afuera, quizás, parecía tan fácil. Me gustaba tener algo propio, pero no podía ser lo único. Y a la vez, ni siquiera me esforzaba por conocer gente No hacía, literalmente, nada al respecto. Cedí el control. Me parecía bien. Un poco es como los espectadores de cine: hay quienes hacen catarsis cuando ven una película, introyectando el recorrido del protagonista y sintiéndolo propio, y hay quienes eyectan hacia afuera los males, creyendo que a ellos no. Nunca les pasaría algo así. Juzgan las decisiones del protagonista, dicen cómo lo hubieran resuelto. Al final, son dos caras de la misma moneda. Quienes ven la verdad en el cine postergando tomar decisiones con la promesa de que en algún momento la vida se va a poner así, de película; y quienes directamente buscan la trascendencia en la vida, sin entender que hay cosas muchísimo más grandes que la vida.


Pero los paranoicos también tenemos enemigos. No pensé en esa frase hasta el último Festival de Mar del Plata en el que me acosté con Martín. Era el primer día, en la función de apertura. Los directores y directoras saludaban y sonreían ante las fotos de prensa. Fue ahí cuando la vi. De nuevo, vi en la fila una joven, muy parecida a aquella que estaba en el Ambassador el año en el que fui detrás de Almodóvar impúdica e infructuosamente. Estábamos, esta vez, en el hall del Hotel Continental, donde siempre sucede todo. Al llegar había detectado que detrás de la estatua del lobo marino de la izquierda se asomaba una lluvia torrencial. Había hecho calor todo el día, porque noviembre en la costa funciona como si fuese enero. 

Fue adentro que la joven llamó mi atención, no tanto por el hecho de parecerse a aquella que vi esa vez, sino porque era la única persona sola de todo el lugar. Los demás conversaban, debatían entre sí, se sacaban fotos, iban, venían. La chica no. Leía un libro y escuchaba música con headphones, estaba tiesa en la fila como esperando un colectivo. Yo ya no cortaba entradas. Hacía mucho tiempo que no hacía fila para casi nada. El dinero trae comodidades como ordenar comida que traen a tu casa sin tener que esperar para pagar en ninguna caja de supermercado, entrar directamente a lugares se había convertido en la normalidad. 

En eso, Martín y otros compañeros de trabajo se acercaron a mí para avisarme que en la sala acababa de entrar Pedro Almodóvar; “dale, Ele, vamos, ¿qué pasa?”. Volví a mí intentando no perder de vista a la chica de la fila, la de los auriculares, la del Ambassador. Tenía una excelente memoria visual, estaba bastante segura de que si no era ella por lo pronto era una hermana menor. Fue en vano. No la volví a ver hasta después de la función. Todavía la luz estaba a medio prender y la sala estaba en silencio, mirando los créditos. Me di cuenta de que estaba solo a dos butacas de distancia. A su lado, una butaca vacía, quizás la única de toda la sala. Una señora con varios bártulos y retazos de ropa puesta - podría ser tranquilamente una gitana - se le acercó y le gritó: “me dijiste que estaba ocupado este lugar, sabía que era mentira. ¿Ves que era mentira? Que te perdone Dios por ser tan sinvergüenza”. La señora salió sin esperar respuesta. La joven se empezó a reír y se generó un murmullo bastante incómodo. Ya nadie miraba los créditos después del griterío. ¿Habría escuchado Almodóvar toda la batahola entre estas dos mujeres solitarias que van al cine y pelean por sus lugares? 

Salimos del Continental hacia la Avenida. No sabía cuánto tiempo había pasado pero había empezado a llover. Los demás conversaban sobre la película, a dónde ir a comer, y yo seguía absorta. Estaba segura de que eran las mismas dos personas que había visto en el mismo lugar, en otro cine, años atrás, e intentaba encontrarle algún sentido a la banal coincidencia, pero no lo tenía. Los paranoicos también tenemos enemigos. Me acordé de un cuento en donde un hombre bastante neurasténico conoce al amor de su vida pero decide dejarla porque sabe que su neurosis será permanentemente una carga para ambos. Se reencuentran diez años después en el carnaval de Venecia. La mujer, bióloga, se casa con su mejor amigo pero ese vínculo tampoco funciona y luego ella hace un clon de sí misma para que ocupe su lugar. Finalmente, a pesar de que lo sigue queriendo - al protagonista - sabe que la relación es inviable, y ella se va y él también. Siempre me había parecido un cuento un poco zonzo. Sobre todo porque ese mismo autor había escrito algo muy parecido cuarenta años antes, en otra historia, en donde el hombre con tal de no deshacerse de una mujer que ama inventa una máquina para perpetuar su imagen de forma hologramática en la tierra. Básicamente, el cine. El inventor, en este caso, es un niño que juega con sus playmobil y le da la dirección de sentido que se le antoja a la trama. Otro personaje, el narrador, es quien cae y es víctima del engaño. Se enamora de la proyección, descubre la invención pero luego descubre, también, la verdad. Gracias y en torno al cine. Los personajes no son conscientes de que son marionetas, de lo que sienten, incluso de sus fobias más grandes. Solo eso lo saben los autores.


Las señoras que se acercan a decirnos cosas en la calle, sin tapujos, como unos enviados de otras galaxias o dimensiones donde se ven cosas más allá, serían grandes personajes de una historia. Pero nunca entendí cómo escribir historias. Sólo mirar, indicarle a los intérpretes qué hacer. Me había acostumbrado a manejar las vidas de otros, en la ficción, y había olvidado que también a lo largo de mi existencia alguna que otra vez debería tomar decisiones. Todo, absolutamente todo, había sucedido por azar. Mar del Plata, Almodóvar, Club Alsina. Yo: siempre espectadora. Por eso ahora era castigada por algunos dioses que me odian y me aman al mismo tiempo. Los paranoicos también tenemos enemigos. No podemos aprender de los grandes errores de la vida, porque en cierto punto sabemos que no importa y que hay que seguir jugando. ¿Quiénes tienen las verdaderas máquinas de mirar? En la obra de este escritor hay un sistema que reúne a todos sus tópicos y personajes como un octágono en el que están conectados sin un sentido claro pero en líneas horizontales que forman una figura. En el momento en que dejé de ser Elena y pasé a ser Jimena, en el momento en que falté a mi trabajo por un sueño insignificante, solo por estar, por pertenecer, por querer verlo todo, es que perdí el control. Al final todo se trata del juego entre los que buscamos ser queridos, y los que no pueden dejar de querer más y más. El juego de Dios es más complejo, porque no juega a los dados sino a una partida de truco entre seis jugadores que maneja, cada uno, un sistema de señas completamente diferente. Un sistema en el que es más fácil encontrarse que perderse, aunque todos hablemos diferentes idiomas. 

Seguí a la turba de gente abriendo mi paraguas de forma torpe, habiendo perdido completamente el rastro del lugar que habían mencionado para la cena de esa noche. Los seguí, aun sin tener hambre, ni ganas de estar ahí.

Sí, Dios me había castigado por ser tan sin vergüenza. Me enamoré de una persona que nunca me amó en lo absoluto. Siempre fui mejor amante que novia. Nunca hice nada para que las cosas sean como yo quería que sean, me detuve en señales inconexas de la vida, del universo, de las mujeres que vociferan en la calle. 


Por eso, como me dijo la gitana hace seis años, sigo soltera.