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Ponele las ventosas al hombre invisible

lunes, 28 de marzo de 2022

Cachita

La noche de año nuevo hubo fiesta en la casa de Gloria y entonces recordé que no era la primera vez que nos veíamos. Nos habíamos cruzado esa vez que fuimos a asistir a Candela porque le habían robado. En realidad esa tampoco fue la primera, la primera primera primera de todas fue hace cinco años, cuando yo todavía salía con Jazmín y Carlota, su mejor amiga, con Gloria. Me causó gracia que se llamara Gloria, como que esos nombres no eran muy de nuestra generación. Jazmín me contó toda la historia mientras tomábamos un helado después de cruzárnoslas en la calle: Gloria estudiaba abogacía, había perdido sus papás en un accidente de auto y había heredado dos departamentos, una casa de fin de semana y un caniche, el caniche de la familia: Cachita. Para ese entonces Cachita tenía siete años. Que en años perrunos serían como cuarenta y uno. Como los días que duró nuestro affaire después de la noche de año nuevo. 

- Entonces, ¿vive sola? - era la pregunta que hacíamos todas a los 19 años, cuando ya queríamos emanciparnos pero todavía no nos daba el sueldo. Un año después me mudaría con Jazmín, a los tres años nos separaríamos, pero como para entonces tampoco nos daba el sueldo seguimos viviendo juntas hasta el día de hoy. 

El tiempo que Carlota y Gloria salieron mucha gente entraba y salía de casa para quedarse charlando con Jazmín. Yo no les prestaba demasiada atención porque estaba lidiando con mis propios asuntos. El trabajo, la carrera, la familia, el sobrino nuevo, esas cosas. Pero el día que le robaron a Candela, que en realidad tampoco le habían robado, algo cambió. Hay algo que se prende, mejor dicho un portal que se abre cuando empezás a prestarle atención a una persona que hasta ese momento no te había llamado la atención pero siempre estuvo ahí. A pesar de haber compartido pizzas, porros, cervezas un montón de otras veces, la vez del no-robo en lo de Candela se sintió como la primera vez. Lo cual es, también, bastante simbólico, porque un robo que no es un robo, una confusión como el pecado originario de nuestra relación, dice mucho de lo que sería, después, toda la relación. 

Candela era muy despistada y creía que todo el mundo conspiraba en su contra. Esa noche llegó a su casa, no encontró su laptop y frenética tiró un mensaje en todos sus grupos de whatsapp. En el de las más amigas, estaba Jazmín. En el de las compañeras de yoga, estaba Gloria. Jazmín estaba emparchando una especie de tambor gigante de la batería que no sé cómo se llama y me mandó en su lugar. Estaba bien porque Candela, como todas las amigas de Jazmín, eran también por default un poco amigas mías. No entendía bien qué tenía que hacer, pero agarré la bici y pedaleé Avenida Rivadavia hacia abajo al rescate. Cuando llegué la situación se había disipado: la laptop estaba en realidad en la casa de la mamá de Candela. Gloria hablaba muy rápido sobre su reciente ruptura con Carlota, y entonces me acordé de que hace mucho no la veíamos por casa. Le mandé un mensaje a Jazmín: “¿che, Carlota qué onda?”. Jazmín me mandó un audio que no llegué a escuchar hasta dentro de dos horas más tarde, cuando estaba entrando a casa de vuelta: Carlota se había mudado a vivir a Entre Ríos con su nueva pareja, con la que había engañado a Gloria reiteradas veces en estos años, esa especie de tercera en discordia que siempre iba y venía dentro de la relación, y otra parte más que no llegué a escuchar porque me crucé cara a cara con Jazmín terminando de cenar. 

- ¿Comiste? Hay fideos. ¿Qué pasó?

- Nada… al final era falsa alarma. No quiero fideos. Ya comí.

Fui a mi habitación con las manos todavía engrasadas de haber arreglado la cadena de la bici más o menos a la altura del Teatro de Flores. Mientras me las rasqueteaba con una virulana perdida entre las esponjas del baño recordaba el acercamiento con Gloria, más exactamente el momento en donde había empezado a verla diferente. Fue una tontería, Gloria entró a la habitación con una torre de cajas de pizza, las demás hablaban de cualquier otra cosa pero la imagen me pareció fenomenal, entre tierna, servicial y ridícula, una torre de pizzas más grande que una chica. Gloria no era ni muy linda ni muy especial ni muy nada. Era rubia, sí, como todas las chicas que me gustaban, y se vestía con ropa de marca, como absolutamente nadie que yo conociera. Cuando salimos me ofreció llevarme en su auto hasta casa, aunque tenía que irse para el otro lado. Como yo estaba en bicicleta y el auto era demasiado chiquito, decliné su invitación. En eso pensaba cuando Jazmín entró en remera y bombacha al baño y me golpeó la espalda. “Qué” le dije un poco molesta, odiaba que entrara al baño sin avisarme, como si fuéramos hermanas. Después de conocer tanto tiempo a alguien a pesar de todo una quiere preservar algo de intimidad, para no sentirse tan vulnerable. No porque Jazmín fuese a usar en contra mío esa cercanía, pero ante la duda siempre es mejor tener uno o dos, a lo sumo tres secretos que nunca nadie supo ni le pensás contar. “A Gloria le encantaste”, me dijo sonriente. Empezó a cepillarse los dientes mientras yo renegaba con una uña que no quería desengrasarse. 

- Esperate que no terminé - la golpeé con el culo un poco para afuera y se me abalanzó encima, todavía con pasta de dientes en la boca. Fue como si tuviera miedo de perderme o quisiera asegurarse de que yo seguía en algún sentido ahí, aunque eso era absurdo porque hace años que no estábamos juntas. Cojimos sobre el inodoro, en la ducha, sobre el lavamanos. Cojimos en la cama, en el placard y en el sillón. Esa fue la última vez que cojimos, y a partir de ahí todo empezó a desmembrarse de a poquito. Hablábamos, de esa noche hasta ahora, cada vez menos. Reíamos cada vez menos. También porque yo conseguí un trabajo nuevo y empecé a estar menos en casa, a ganar más plata y a tomarme atrevimientos sin consultarle. Ella parecía bastante contrariada con mi independencia. Me di cuenta de que quería que la necesitara. Que no era que yo estuviera siendo egoísta, tal como me decía, sino que me estaba convirtiendo en adulta, y mi adultez ya no la incluía. Ya no teníamos 19 años. Y al parecer, ella imaginaba una adultez para siempre codo a codo conmigo, lo que era materialmente imposible y, además, poco interesante. Hasta que no hablé con Marcos, un compañero de la facultad, no me había dado cuenta de que a pesar de considerarla una amiga, seguía siendo mi ex novia. 

- Me parece raro que no hayan cojido antes, a decir verdad - tomábamos café mientras estudiábamos. Yo no quería saber nada con analizar relaciones de ningún tipo. Ni las amistades, ni las amantes, ni las híbridas. Estaba absolutamente harta, absorta entre tareas laborales y exámenes de la facultad. Marcos jugueteaba con la cucharita de plástico mientras revolvía el café y hacía un ruido molestisimo

- ¿¡Podés parar!? - le dije, sacándole la cucharita de la mano y tirándosela para afuera. El verano estaba terminando y en diez días sería otoño. Hacían veinticinco grados y tenía un rodete que me tiraba la cabeza porque así y solo así podía concentrarme y no quedarme jugando horas y horas con mi pelo.  

- Bueno, epa, qué humorsete que andamos manejando eh… sabés que tengo la solución.

- ¿Para qué? ¿Para esta cuenta que no me sale? - Marcos negó con la cabeza, feliz, y se agachó a buscar la cuchara del suelo. Le puse cara de asco - No te vas a volver a poner eso en la boca, me imagino… 

- No, no. Tranquila. No: tengo la solución para que la abogada te vuelva a hablar.


Siempre fui malísima contando historias. No sé reponer los hechos tal como sucedieron. La verdad era que aquella tarde, cuando llegamos al café a nuestra habitual jornada de estudios, comencé por el final: “Gloria me cortó”, le dije antes de siquiera habernos sentado. Marcos achicó los ojos en un gesto muy interrogativo y muy suyo. “Primero decime quién es Gloria”. Entonces reculé: le conté que en año nuevo habíamos ido a la casa. Que estábamos hablando de las resoluciones para el próximo año mientras poníamos pedacitos de queso en una tabla y trocitos de salame al lado, y entonces se me abalanzó en la cocina porque quería olvidarse de Carlota que vivía hace unos meses en otra provincia con su pareja. Y ahí me preguntó quién era Carlota. Marcos me preguntó, quiero decir. Entonces volví al otro hito: la noche que le robaron a Candela y la torre de pizzas y la cadena de la bici y que entonces volví a cojer con Jazmín pero después todo se puso raro entre nosotras y todavía, hasta el día de hoy, no entendía por qué. Hay algo de contarle lo que te pasa a un amigo que funciona como efecto placebo. Como si por poner en palabras los hechos hiciera que esa vez, ahora sí, pudiéramos darle un sentido, un cauce, una respuesta a lo que no entendemos, a aquello que nos desconcertó en tal o cual situación o eso que nos dolió. Nunca entendía por qué motivo pondría tanta fé a la narración, pero por caso no importa: por algo le seguimos pidiendo consejos a nuestros amigos, seguimos yendo al psicólogo, seguimos confiando en el lenguaje. La conclusión, después de estar horas y horas hablando intentando contarle a Marcos los detalles importantes de todo lo que había pasado, es que yo conscientemente me había dejado usar por Gloria para que se olvidara de su ex, lo cual Marcos me había señalado como un error, gesto que me molestó porque eso ya era irreversible, y señalarlo inconducente. Cuestión que un clavo no saca a otro clavo, como dicen. Cuarenta y un días luego de la noche de año nuevo, en un mensaje, cortito y al pie, Gloria me había dicho dos cosas: estaba viendo de irse a Italia a estudiar un máster, y no quería verme más. Así, todo en la misma línea, después de que le preguntara “en qué andás? Querés que nos veamos hoy?”. Quedé desconcertada. En otro momento hubiera hablado con Jazmín del asunto, pero ella estaba ensayando y además como ya dije todo estaba raro entre nosotras, entonces me quedé sin palabras. Literalmente, no le contesté nada. Habían pasado de esto ya varios días. Sabía que no íbamos a volver a hablar porque su mensaje era claro: “no quiero verte más. Sos divina, pero sigo pensando en Carlota”. No podía creer que no le diera vergüenza estar perdidamente enamorada de alguien con un nombre tan horrendo. Sin embargo miré fijo a mi amigo y arqueé las cejas. Me resigné a que la cuenta con la que estaba dialogando hace ya varias horas no iba a salirme ese día. Un profesor de la facultad nos había dicho que en esos casos, cuando nos taremos con algún valor que no da, sigamos: “sigan adelante, los números fermentan y después se levantan como la masa para el pan, van a ver, terminan dando, sea como sea”. Ojalá con la vida funcionara así de lineal todo. 


- Mi hermana tiene una amiga. Que hace amarres. Y te juro, no me pongás esa cara, TE JURO que funcionan - quedé con la boca abierta porque honestamente nunca había escuchado una idea tan mala.

- Boludo, estudiamos MATEMÁTICA, vos no me podés estar hablando en serio.

- ¿Qué tiene que ver eso?

- Pensé que no creías en esas cosas. Se supone que vamos a ser científicos.

- No - Marcos negó con el dedo en un gesto tajante y muy suyo. Luego hizo un sonido de negación con la boca - además eso no importa. Una cosa es a qué nos dedicamos y otra cosa en qué depositamos nuestras esperanzas

- Ay, qué poético… - levanté la mano para pedir la cuenta - Nada de amarres, ¿me escuchaste?

- Boluda, pero… ¿qué perdés?

Nada perdía. Y mientras me tomaba el subte D desde Cabildo y Congreso hasta el centro, para combinar con el subte A hasta el final del recorrido en San Pedrito, un viaje que venía haciendo cotidianamente hace varios años, le empecé a dar vueltas al asunto. Quizás mi escepticismo era mayor al dolor, a la desesperación que me provocaba la idea de no verla nunca más en mi vida. Era obvio que íbamos a volver a cruzarnos, nos veníamos cruzando sistemáticamente en situaciones aleatorias, y si se iba dos años a Italia a estudiar luego volvería (¿o no?) y en alguna instancia, cuando ya no pensara nunca en ella, iba a volver a aparecer (¿y si no…?). Lo cierto es que le creí. Le creí cuando me dijo “no te quiero ver más”, y como los números son bastante lineales, pensé que las palabras funcionaban también así, como una especie de sentencia, sobre todo porque era abogada y para ellos la letra de la ley es la letra del hecho. Culpable, inocente, falta de mérito: son todas palabras que hacen a la presencia y no a la ausencia. Cuando entré a casa tenía una sola certeza: claramente no nos íbamos a ver más. No me quedaba ninguna esperanza. El hilo casual que nos había unido todo este tiempo se había cortado con su maldito veredicto: “sigo pensando en Carlota”... ¿Y qué? ¿Acaso no vivíamos viéndonos con gente aunque pensáramos en otras personas?

Esa noche Jazmín había cocinado sushi y decidimos poner una película de terror. Antes de acostarme le mandé un mensaje a Marcos: quiero hablar con la amiga de tu hermana, pero solo para tantear a ver qué onda. No me contestó hasta la mañana siguiente, mientras yo estaba en el trabajo. Escuché el audio unas horas más tarde, volviendo a casa y pensando en comprar garbanzos para cocinar en la cena. 

- El curry es comida de invierno - me dijo Jazmín cuando entré con un kilo de garbanzos cremosos, los condimentos, leche de coco y todo listo para mi receta

- Entonces comé lo que se te cante el culo - sentencié, pasando a la cocina y sin dejarle lugar para responder. Sabía que dentro de poco iba a tener que mudarme pero estaba postergando el tedioso momento de buscar un departamento nuevo. Además la cursada y el trabajo quedaban para el mismo lado, zona norte, cerca de la casa de Gloria, casualidad. Un montón de posibilidades habían pasado por mi mente el mes y diez días que habíamos pasado juntas: nos mudamos, nos compramos una casa en Cañitas, comemos sushi todas las noches, vamos al cine día por medio. La fantasía es un terreno peligrosísimo cuando estás empezando a conocer a alguien, sobre todo cuando hay tanta piel en la cama y tanta fluidez en la conversación. 


2.

Marcos me pasó el dato de la bruja entonces la fui a ver al día siguiente a la salida del trabajo. Quedaba en Boedo, la otra punta del mapa, en una casona gigante y por un momento pensé que era bastante probable que muriera allí adentro. Subí por Quintino Bocayuva hasta San Juan y esperé. Estaba a punto de irme cuando abrieron la puerta.

- Ah… mal de amores - me dijo ni bien entré. No parecía una bruja. Era un poco más baja que yo y tenía puesto un jean y una remera de modal normal. Esperaba ver a alguien con turbante o algo parecido. Pero no era nada de eso. Hablamos un poco y me explicó sus servicios: podía hacer amarres, que era como lo más extremo, hasta otros intermedios en los que se podía invocar a la persona en cuestión para que reapareciera en nuestras vidas casualmente, ya sea cruzándonosla en alguna situación, o enviándonos algún mensaje o creando alguna situación que nos volviera a unir - De todas formas, tengo que advertirte algo: estoy consultando en este momento y… no están las cosas del todo bien.

- ¿Qué quiere decir eso? - pregunté con el ceño fruncido. La bruja se tocó el pulso y negó de nuevo con la cabeza. De repente se puso bizca y un poco me asusté. 

- Que no están… no es su momento. No están en un buen momento. 

- No. Exacto: por eso vine.

- Sí, pero no… no están destinadas a ser. 

Elegí un truco de invocación más o menos moderado, porque lo de los amarres salía muy caro y me asustaba un poco, a decir verdad. Dudé y pensé en salir corriendo sin pagar pero ya me había metido en esa y además sentía que estaba fallando un poco al trabajo de la pobre chica que le había puesto todo el esmero (se había puesto bizca varias veces e incluso se había agitado mientras hacía el truco). Por pudor no le conté a nadie, absolutamente a nadie, ni siquiera a Marcos que había concretado esa visita. Sin embargo, con el correr de los días, empezó a dolerme más que el truco no funcionara que el hecho de haber pagado una cantidad irrisoria de dinero para volver a encontrarme con Gloria. La situación no tenía nada de glorioso: Candela y Jazmín se habían peleado, y no había vuelto a saber nada de ninguna de ese grupo. Pasó un mes, luego dos. El verano llegó a su fin y con él comenzó el último año de facultad. Empecé a pensar que el dolor de la pérdida de Gloria iba a costarme mi último esfuerzo, antes de comenzar a pensar en la tesis para la licenciatura. En el trabajo me iba bien, normal, pero alcancé un punto de alienación y escepticismo que no hacía otra cosa que trabajar, cursar, volver a mi casa y llorar por Gloria. Me enojaba su abandono, me molestaba haber depositado mi confianza en algo completamente absurdo como una bruja, y además sentía que me estaba privando de otras cosas por tener la cabeza acaparada con el recuerdo de una relación que había comenzado a ser, y no había sido. El orgullo, sin embargo, me impedía comunicarme con ella, aunque ella tampoco me había escrito. Un martes llegué a casa después de cursar, a eso de las once de la noche, y Jazmín estaba con el celular y las patas arriba de la mesa, el jean desabrochado después de un plato de carne con fideos. 

- Ay, no… murió Cachita. 

- ¿Quién?

- El perro de Gloria, ¿te acordás? Ese caniche insoportable…

- Ah no, no me acuerdo - fingí demencia. Me acordaba de todo, absolutamente cada centímetro de materia universal que la comprendiera.

- Sí… se ve que hace un par de meses, mirá: posteó una foto en su instagram y puso “estos dos meses fueron los más tristes, porque mi compañera fundamental ya no está” y una foto de ella de chiquita… por favor, qué perro tan feo - Jazmín se levantó y quiso mostrarme el teléfono pero negué con la cabeza y corrí hacia la cocina

- No me interesa - Jazmín soltó una risotada macabra y me dejó en paz. Abrí una lata de atún y me saqué los zapatos mientras la mezclaba con un cacho de mayonesa. Era lo máximo que podía hacer por mi pulsión vital, no me interesaba comer nada, ni cocinar, ni saborear, apenas podía masticar. Sin embargo, acostada en la cama luego de bañarme, entré a las redes de Gloria y vi el posteo. Vi la fecha: 21 de abril. Me llamaba la atención que no subía nada desde hace dos meses exactos, el 21 de febrero, donde había puesto otra foto con el perro ese inmundo y solamente un corazón. Evidentemente ese día había fallecido pero nadie lo había entendido entonces tuvo que hacer espamento más tarde. Estaba haciendo cuentas con los días cuando recordé que ese día había ido a ver a la bruja. Pensé que en lugar de hablarme a mí para contarme lo triste que estaba por Cachita había decidido poner un mensaje críptico en redes. “Quizás” pensé, retorcidamente “creyó que si yo lo veía iba a hablarle”. “Quizás… la bruja entonces… no hizo tan mal su trabajo”. Me dormí inquieta pensando en que no entendía hasta qué día era legítimo pensar en una persona con la cual solamente compartiste una poca parte de tu vida. Tenía 25 años: ¿qué era un mes y once días en 25 años? Nada. De hecho, esos dos meses habían pasado absolutamente irreconocibles. En un par de meses más iban a ser simplemente días de corrido en la masa selvática de contingencias que acechaban en la cotidianeidad. 

3.

El primero de mayo comencé a buscar un departamento en zona Norte para mudarme cerca del trabajo y de la facultad. Me había hartado Flores, la casa que alquilábamos hace años con Jazmín y sus problemas edilicios, me había hartado Jazmín que había vuelto a juntarse con su antigüa banda a ensayar todos los días y no me dejaba ni dormir ni estudiar. Una tarde, viendo los avisos clasificados en el teléfono celular, vi una propaganda extraña de un horóscopo. Estaba en el subte yendo hacia el trabajo y de un cimbronazo sin querer apreté el anuncio: el sitio era extrañísimo. Hablaba de comportamiento esotérico, y mencionaba al pasar que una bruja angustiada podía realizar mal su trabajo. Me reí porque no entendía qué quería decir eso. Hasta que esa tarde, en la facultad, en el teórico de Álgebra III me encontré con Marcos que, como todos los jueves, me había guardado una silla. Me pasó un mate y mientras lo cebaba le pregunté si sabía, acaso, si la amiga de su hermana, es decir la bruja de Boedo había estado angustiada. Marcos se rió. No entendía de qué le estaba hablando. 

- ¿Te acordás que me dijiste que vaya a verla porque así Gloria me iba a volver a escribir?

- AH, sí… - el profesor nos miró mal por estar hablando y le hice un gesto para que siguiéramos la conversación después -. ¿Y? ¿Te volvió a escribir? - salimos del aula. Me estaba haciendo pis encima después de dos horas de clase y tanto mate entonces la quise hacer corta.

- No, no pasó nada, pero… bueno. Quería saber porque vi hoy un coso que decía que una bruja angustiada podía hacer mal su trabajo, entonces pensé… nada, te va a parecer cualquiera: pero capaz la bruja se confundió entonces por eso Gloria no me volvió a hablar nunca más.

- No pero boluda - Marcos se rió a carcajadas mientras tiraba la yerba en un tacho de basura - Que haga mal su trabajo no significa necesariamente eso… pueden ser mil cosas, ¿no entendés lo que es un trabajo? En brujería es distinto… no es que se confunden y ya… - me fui corriendo al baño porque iba a mearme encima. Mientras me limpiaba quedé suspendida en el aire con el culo a diez centímetros del inodoro. Googleé: trabajo en brujería, y los resultados definían a los trabajos como “aquellos hechizos que realizamos con fines concretos, como por ejemplo conseguir trabajo o una pareja”. Otra página arrojaba la siguiente disquisición: “en los hechizos tipo amarres es importante atender a la coyuntura y estudiar bien las oraciones mientras se realizan los amarres. Probablemente alguien que direccione mal los conjuros, se confunda las posiciones de los hilos o haga algo mal, puede provocar consecuencias adversas, por ejemplo la muerte del ser querido o de alguno de sus seres queridos, incluso hasta sus mascotas. Es importante tener años de experiencia para realizar los conjuros amorosos… las consecuencias pueden ser funestas”. Y muchas cosas de ese estilo. Llegué a un anuncio en Mercado Libre y luego a un posteo de Facebook donde aparecía una noticia en donde una foto de la bruja de Boedo estaba con la cara borroneada y un epígrafe que rezaba: “Analía Baltasar presenta cargos por estafas, podría cumplir una condena de 6 a 8 años. Su casa en Boedo está dentro de un circuito de estafadoras”. No seguí leyendo. Tiré el celular adentro de la mochila y luego me subí el pantalón y apreté el botón de la cadena. Sentía un gusto amargo que nunca antes había sentido en mi vida. Al salir del baño, ni busqué a Marcos. Corrí hacia la parada de subte para tomar el último antes de que cerrara, con la certeza de que nunca más volvería a dirigirle la palabra. Después de pasar el molinete miré el vagón llegando al andén. Yo tenía la culpa. Había sido yo: esa tarde, con mi visita a Boedo, había asesinado a Cachita.