Las mujeres nunca viajan solas
What do I do when my love is away?
Does it worry you to be alone?
How do I feel by the end of the day?
Are you sad because you're on your own?
No, I get by with a little help from my friends
"¿Argentina? Por la tonada creí que era uruguaya" Así continuó el parlamento de la chica que servía el desayuno del hotel Brighton en Valparaíso, quizás también limpiaba, quizás quien sabe que otra cosa. La mucama, más tarde, se definió ella a sí misma al darme su número de teléfono para que le avise “por las dudas” la patente del coche en el que viajara a Isla Negra a ver la casa de Pablo Neruda, viaje que finalmente decidí no hacer por la cantidad de plata que salía ida y vuelta, pagando yo sola todos los gastos. Fue la primera y única vez en el viaje que lamenté no estar con más gente: la economía se lleva mejor si es compartida. Lo mismo sucede en el hogar, las cenas y otros frentes cotidianos.
"Me falló mi compañera así que me vas a tener que aguantar un cachitito". Le dije que no tenía apuro, era cierto: estoy de vacaciones. "Vas a ser vos solita?" Sí, le digo y sonrió. "Quien te va a acompañar?" Pregunta al rato mientras trae un jugo y un pedazo de naranja cortadito: "para el covid hay que tener mucha vitamina" sonríe, por suerte se olvidó de la pregunta que me acababa de hacer, así como segundos antes se había olvidado de que me había hecho exactamente la misma pregunta. De todos modos estaba sumamente acostumbrada, y no me molestaba en lo absoluto. Examinando alrededor de la terraza del hotel mientras tomaba mí café con huevos revueltos y tostadas entendí: las mujeres siempre viajan acompañadas. Alrededor mío había tres parejas, una de lesbianas y otras dos heterosexuales. En otra mesa, cuatro amigos, probablemente dos parejas por cómo se comportaban. Recordé el cuento que había leído en el avión "Otro Manhattan", de Donald Antrim, donde dos parejas de amigos se acuestan con la pareja del otro. El cuento empieza de manera excelente (“se habían mentido tantas veces, durante tantos años, que sus engaños mutuos se habían convertido en moneda corriente”). Como todos los cuentos, las películas, las series, los amores y las cosas que me gustan, tiene un buen comienzo. Al igual que este viaje.
Me pregunté cuántas de estas parejas serían también así, probablemente todas, en mayor o menor medida, porque hablar es casi un pase directo a la mentira. No ahondé demasiado en esa idea, pasé directo a preguntarme qué habitación tendrían, probablemente la más grande de todas, con balcón y una linda mesita, Agatha Christie. Que el hotel tuviera en sus habitaciones nombres de escritores fue lo que me convenció para reservar a último momento y cancelar el otro hospedaje que había reservado con casi un mes de antelación, en Playa Ancha, en literalmente la otra punta de Valparaíso. Entendí lo que había dicho mí astróloga de la revolución solar en acuario que tenía este año: lo inesperado te va a sorprender. Para una persona que tiene siempre todo bajo control o eso pretende cambiar de habitación de hotel un día antes de viajar contaba como algo inesperado. Más tarde, en otras terrazas, en otros hoteles, en otros bares, en la mayoría de las excursiones de hecho - digo mayoría porque las que no las tengo contadas con los dedos de la mano-, vería que esta constante no cambiaría. Obviamente está lleno de mujeres que viajan solas, pero ninguna se había cruzado en mi camino (a excepción de Sonia, la colombiana con la que más adelante iría a la Laguna Céjar, ya en San Pedro de Atacama, o la holandesa de pelo corto con la que iríamos al tour de coladas a la Plaza Sotomayor, mi último día en Valparaíso).
“Ofreciendo unas habitaciones cómodas y WiFi en toda la propiedad, el Hotel Brighton Valparaíso de 3 estrellas está a 950 metros de la Biblioteca Santiago Severin, y a poca distancia a pie del Cerro Concepción. La propiedad se encuentra en el barrio Cerro Concepción, a 2 km del centro de Valparaíso.
Este hotel está a 1.3 km del Paseo 21 de Mayo. El Hotel Brighton está situado a pocos pasos del Parque Cultural de Valparaíso. Equipadas con suelo de parquet, las habitaciones cuentan con un escritorio, TV con múltiples canales y TV de pantalla plana con canales vía satélite. Las habitaciones de huéspedes tienen vistas panorámicas al mar. Toallas de baño y toallas también están incluidas en cada unidad. El hotel ofrece un desayuno bufé en el restaurante. Hay diferentes sitios para cenar como La Concepción y el Cafe Turri a 225 metros. Se tarda 18 minutos en llegar al Aeropuerto Valparaiso". Eso decía en internet al googlear la casa que me hospedaría hasta el viernes. No decía mucho sobre la historia del lugar, que claramente tenía alguna interesante, aunque quizás era simplemente una más de las miles de casas antiguas que habitan Valparaíso, Valle del paraíso. De todas maneras noté la incomodidad de comenzar una descripción para vender un lugar con un gerundio, aunque amaba a los gerundios. “Como toda ciudad que se respeta, Valparaíso tiene fecha de fundación. Los españoles fueron generalmente sabios para elegir sitios donde fundar sus ciudades. Por eso a Valparaíso no lo fundó nadie. Simplemente lo parió Juan de Saavedra, con una sonrisa. Y los que vinieron después recogieron esa sonrisa amarga, porque sin una sonrisa en el corazón no se puede vivir en una ciudad como esta, tan demasiado llena de demasiados”. Transcribo el fragmento que me fascinó - aunque no más que el resto del libro - de los Apuntes porteños de Lukas, Renzo Pecchenino, un dibujante y humorista valparaíense, al que no pude asistir a su museo porque estaba cerrado desde que comenzó la pandemia. En ese libro curiosamente se menciona que antes de que Valparaíso fuese la ciudad que es ahora, muchísimos años antes, cuatrocientos años antes, lo primero que se veía al llegar era el cementerio, en lo más alto del monte. Y es precisamente frente a ese cementerio que está ubicado el Hotel Brighton. Ayer Marcos, el nochero del hotel, quien muy amablemente me había preparado una hamburguesa con aros de cebolla al llegar a cambio de dos cigarrillos, me dijo mientras cenábamos que solía haber muchos fantasmas por ahí. Claro, no me había dado cuenta - la descripción del hotel la leí después de llegar, y el libro de Lukas todavía mucho después- de que estábamos ahí mismo: con todos los muertos. Curiosamente, al morir, también se está acompañado: lleno y rodeado de tumbas, de seres queridos y familiares que lo velan a uno, lo lloran, lo duelan. Son pocas las circunstancias en la vida donde una realmente está sola, y aún así hay quienes vivimos la mayor cantidad del tiempo desenvolviéndonos de esa forma. Que no se malentienda: eso no significa que no necesitemos ayuda de los amigos, de los familiares o de los simples desconocidos como Marcos que se conviertan en nuestros ángeles de la comida, o Pancho, el chofer que me trajo hasta el hotel desde el aeropuerto, debido a que por los protocolos de fronteras protegidas no se me permitía viajar en transporte público hasta obtener mi resultado negativo del hisopado que me hice al entrar. Al encontrarme con Pancho, otra vez, la pregunta: “¿Sos vos sola? En la aplicación decía dos pasajeros”. Sonreí y me expliqué: no me dejaba poner uno solo. Así lo pagaba: reserva doble, paga doble.
Después de pedir mesa para una sola persona, a la hora del almuerzo, un poco me molesté. Aunque la molestia no me duró demasiado. Pero hubo una idea que no me dejó en paz durante la comida: tranquilamente podría haber tenido una acompañante o un acompañante que se retirara del viaje a última instancia, por cualquiera de las posibles contingencias que le suceden a uno, quizás había dado positivo de covid el día anterior a viajar, o nos habíamos peleado o se había muerto, y una tiene que darle un montón de explicaciones a cientos de ignotos que, probablemente con las mejores intenciones y sin saber, le están recordando a uno el fracaso de un viaje planificado para dos. Milagrosamente no era mi caso. Nada de eso había sucedido. El viaje había sido planificado por mí y para mí. No había demasiados fundamentos en esa decisión, aunque había sido, sí, una decisión.
En la terraza la única persona sola además de yo era un varón. Las lesbianas en la mesa de al lado de la mía me vieron y reconocieron al segundo, al igual que Marcos ayer: “yo tengo muchos amigos acá, disidentes, toda la wea”. Le sonreí. Sabía que habíamos conectado al instante. No entendí como pasaba eso, pero nos reconocemos al segundo, como si tuviéramos el rombito ese de los sims que arriba dice "GAY". Siempre, en todos lados, nos pasa. En Mar del Plata al segundo nos habíamos hecho amigas del mozo gay. Intenté no pensar en eso, pero fue medio imposible: era la última vez que me había tomado vacaciones, hasta ahora, y todavía tenía las cicatrices al rojo vivo de esa estúpida historia.
"Como soy muy vanidosa no acepté un no como respuesta" le contaba la chica a su pareja en la mesa de al lado, no sabía en torno a qué, me sorprendía que las mujeres siempre solemos hablar de todo entre nosotras, con amigas o parejas, ayer la pareja que se sentó al lado mío en el avión no se habló en las dos horas de vuelo. Él miraba una serie absorto y ella durmió una hora y otra hora jugó a un jueguito de pintar flores y lunares. Después al aterrizar tuvieron un par de diálogos operativos "espero que no nos hagan demorar mucho", "no sé si la valija va directo a Madrid o tendremos que recogerla". No entiendo si ese silencio se debe a que es una relación de hace muchos años, tantos que ya se quedaron sin nada de qué hablar o si quizás siempre fueron así. En cualquier instancia me resultó aburrido, pero es cuestión de gustos personales, a mucha gente le hubiera parecido aburrido irse sola de vacaciones como hacía yo. Lo que sí me volvió a picar, mientras pagaba el almuerzo y emprendía un viaje hacia Playa Ancha por la curiosidad que me daba el lugar donde había cancelado mi reserva, es que a las parejas nadie les consulta nada. Nadie les pregunta con quiénes viajan ni por qué hablan tan poco o por qué hablan tanto o por qué se tocan se besan y se ríen. Nunca se les ocurre preguntar, por ejemplo, si las dos personas que dice en la reserva son esas efectivamente o si hubo un cambio de amante a último momento. Si se quieren o se odian, si esperan hijos o alguno se hizo vasectomía o se ligó las trompas. Los únicos que vivimos dando explicaciones sobre nuestras decisiones somos nosotros, los solteros, e incluso pagamos las consecuencias de nuestros actos en ese estilo de bares que tienen carteles como “no hay wifi, hablen entre ustedes”. Durante el viaje, durante los 22 días que estuve de viaje, me preguntaron cosas de todo tipo: si tenía hijos; si iba a tener hijos; si tenía pareja, si me ponía triste no tenerla. Lo de los hijos merece un excurso. Si no tenemos hijos es porque estamos trabajando, muchas veces contesto que mí trabajo es aburrido solo porque no quiero hablar de eso. Es mentira, me encanta mi trabajo, pero no me interesa hablar de eso porque en lugar de contar qué monerías hacen mis hijos tengo que decir lo bien que me va en mí trabajo. Lo que estoy diciendo es una obviedad, soy consciente, solo que nunca pensé que se me haría tan viva esa impostación de los mandatos, y además nunca había vivido sola hasta el año pasado, perdón, el otro,(al ser 3 de enero todavía no cambie de año mentalmente, vivo en el horóscopo chino) que me mudé en diciembre, entonces técnicamente soy nueva en el rubro. Hace poco me dijeron que se necesitaba coraje para viajar sola. Me resultó insólito ya que literalmente fue sacar un pasaje con descuento en un ciber monday y después subirme a un avión, burocracia mediante, y cuarentena preventiva los días previos. No entendía la admiración u opiniones que despertaba la vida de soltera. "Vas al cine sola? Guau, qué increíble, qué experiencia, no?". En realidad, no. Es, literalmente, sacar una entrada y sentarte. El problema es que lo hagas públicamente. En sus casas, los que viven solos y los que no, muchas veces se sientan solos y ven una película o una serie con una pizza, un helado o alguna fruta. El tema es que lo hacen en sus casas. El pecado, entonces, es mostrarse en público estando sola.
Más tarde repensé un poco lo del coraje. Quizás sea cierto. Otra vez estoy en la terraza del hotel, es la hora de la cena y me pedí una picada con una soda, termino de comer y fumo, escucho a la pareja de adelante hablar alegremente en italiano mientras repaso la sensación de hoy más temprano en el colectivo, yo me paro y el señor de atrás me deja pasar, siento que intenta escabullir su mano por mi cartera y aparto rápido el brazo, agradezco la sabiduría de los hermanos brasileños del corpo fechado, el tipo debe creer que como soy blanquita soy gringa pero se confunde, yo nací en Buenos Aires Capital y me robaron más celulares de los que estoy dispuesta a confesar. Por suerte fue un segundo, no me saco nada, maldije mí inocencia de salir con la billetera con todo el cambio, las tarjetas, los documentos y encima tener el GPS del celular prendido en altavoz, que me olvidé de apagar luego de sacarme los auriculares, y la vocecita iba hablando sola mientras todos en el colectivo me observaban. Negué con la cabeza un poco impactada al bajar del colectivo, quise llegar al Cerro Alegre pero en lugar de eso me tomé otro hacia Viña del Mar, bajé ni bien vi arena y mar y me senté, sin traje de baño ni nada, a tomar un mate. Se me nota demasiado lo turista, un poco me quedé asustada, de estar tan sola, de que Valparaíso sea tan salvaje y laberínticamente borgeana al punto de lindar con lo ingrato, de no haber premeditado antes qué hacer el día de hoy. Mi camino a Playa Ancha también se había frustrado, la idea pintoresca que tenía de perderme en las calles de una ciudad ignota se había demolido por completo cuando llegué a un punto en el Cerro Playa Ancha dónde parecía más una villa que un lugar digno donde pasear, caminar, leer y tomar mate. No podía ser tan difícil: cerro arriba me alejaba del mar, cerro abajo me acercaba a la playa, pero no entendía ya dónde era el arriba o el abajo, no veía más el mar, y cuando llegué a él playa no había sino unas vías de tren abandonadas, y además estaba realmente lejos del hotel, que supuestamente quedaba en el Centro, aunque fueran solamente dos cuadras.
Entonces pasó algo insólito. Me bajé del colectivo, y mi segundo ángel de la guarda apareció. Se llama Catalina, estudia preservación patrimonial (¿cuántos preservadores patrimoniales se necesitarán en una ciudad que tuvo cinco terremotos? Seguramente muchísimos), y va con su hijo Tomás a la playa, Tomás tiene cara de aburrido y sostiene un barrenador que pasea entre su mano derecha y su mano izquierda mientras Catalina conversa conmigo. Le pregunto dónde estamos exactamente y si podría sentarme en algún lugar lindo por ahí, se me ríe en la cara y me habla con confianza "primero quiero saber quién te mando a turistear por acá". Le digo que nadie, que me mandé sola, se ríe más. Nos subimos a otro colectivo, menciona una plaza por ahí, le agradezco, nos agregamos a instagram (por ahí me pasó el libro más tarde), me regala porro (para convidarle a Marcos esa noche), y me bajo en otro lugar que tampoco es muy que digamos para caminar. Cuando estaba empezando a insolarme me compré una coca y me prendí un cigarrillo. Lo único que sé hacer cuando estoy nerviosa y no sé que hacer es fumar. En ese momento, mirando alrededor la plaza Widman en Playa Ancha, completamente desértico todo, pienso que me gustaría, al menos por un instante, bajar un poco la guardia, que alguien tomé las decisiones por mí, pero que las tome bien.
En la entrada de Viña del Mar el nombre del lugar está escrito con flores y la gente se saca fotos. Me había subido y bajado a tantos colectivos que había perdido la cuenta. Me acordé de la última vez que me intentaron robar en Buenos Aires, camino a mi casa, de una cena con amigos. Tres personas se habían bajado del colectivo a correr al ladrón mientras yo volaba por los aires al igual que mis anteojos y caía, dándome la rodilla contra la acera. Me levanté, rogando que los lentes no se hayan roto, y un chico que luego resultó ser compañero de la facultad, me devolvió mi celular. Me acompañó a mi casa, y antes de dejarme en la puerta, me dijo que me cuide, que no me había pasado nada de milagro, que la distancia del colectivo a la vereda realmente no era para saltarla así, y agregó: “vos tenés un Dios aparte”.
Llegué a un parador en la playa, el bar Abarka dónde otro ángel me prestó un cargador para el teléfono y pedí unas empanadas después de tomarme tres mates. Una niña llamada Sara corretea alrededor y cada vez que alguien la llama pienso que me hablan a mí. Otra familia se saca fotos divertida, hacen chistes con la comida vegana. Mientras termino un capítulo del libro que estoy leyendo me pregunto si lo voy a lograr, si es posible, si puedo descansar y bajar la guardia al mismo tiempo. Miro el mar desde el parador, mi cartera con el mate, la billetera: Cómo me voy a meter yo sola al mar, cómo llego a la espalda con el protector solar? Es increíble que no hayan inventado un método de protección más eficiente para los que viajamos solos, pero tampoco puedo pretender que el mundo se adapte a mis decisiones.
Al volver de la playa me bajé del colectivo detrás de un chico con camisa y pelo largo, podría ser un compañero de la facultad o un amigo , me es familiar, de nuevo me siento un poco mejor. Seguí mi memoria visual y subí por una calle hacia donde recordaba está el Hotel Brighton. De repente miro al costado y encuentro un cartel que dice “Cerro Alegre”. Sin querer, había llegado a uno de mis destinos frustrados más temprano. Más tarde, luego de la cena y porro mediante, Marcos me contaría que los lunes después de fin de año nadie trabaja en todo Chile y, como dice el libro de Lukas, una vez que se llega a Valparaíso no hay que buscar más: todo Chile está ahí. Suspiré aliviada, pensé que había venido en un momento poco conveniente, y ese pensamiento fue recurrente durante varias ocasiones en el viaje: cuando hubo alerta de Tsunami en Iquique, el día antes a que yo llegara; cuando comenzaron a subir los contagios por covid. Cada vez que compraba algo con tarjeta y lo pagaba a precio dólar + impuestos. Cada vez que llegaba a un lugar y estaba cerrado o una excursión no se podía hacer por la pandemia. Cuando me enteré que hay un agujero gigante en la capa de ozono y realmente podría ser gravísimo estar expuesto al sol, cosa que yo había hecho absolutamente todo ese día. Nunca fui una persona con mucho timing, en general, las cosas me salen bastante lentas, podría decirse a destiempo, o sin tiempo, en general me taro con cosas que sucedieron hace mucho, o no, o las olvido rápido. Pero mi dios juega dados y quizás, como dice la canción, esta vez esté a mi favor. Mientras subía al dichoso Cerro Alegre pasé por un Coffee Shop. Al pasar y ver de refilón el cementerio pensé “menudo lugar turístico”. En el libro de Lukas dice que en abril de 1855 ese cementerio se vino abajo. Literalmente: cayeron todos los cadáveres después de una lluvia muy fuerte e invadieron la ciudad. Mucho del viajar no tiene que ver con obsesionarse con detalles inconducentes, tomar la mejor foto para después poner en alguna red social y olvidarte de que existe. Mucho tiene que ver con observar al rededor y simplemente, eso. Retener frases sueltas. Al igual que la chica del desayuno, yo también soy muy vanidosa y me cuesta, muchísimo, pedir ayuda, o la pido precipitadamente, cuando no la necesito, sobre todo en el trabajo, con cosas que podría hacer por mi cuenta pero prefiero que otro las solucione. Es una trampa a una misma, en verdad, el creer que somos todo poderosos y podemos con todo, siempre con todo. En eso estaba, observando la nada, cuando encontré unas chicas haciendo voguing y un señor mirándolas de manera perversa, relamiéndose. Fruncí el ceño, y es ahí que caí en que no había tomado agua mineral en todo el día. Cerca del hotel hay un Minimarket pero el señor solo vende Gatorade. Todavía la ciudad no se recupera de la fiesta de año nuevo, “nosotros tampoco” agrega sonriente. De la fiesta, del año en sí, del anterior, de la pandemia, diría yo. Compro una Gatorade azul y respiro profundo, el aire del mar me caló las costillas, incluso mucho más fuerte que a la tarde. En Valparaíso, y en todo Chile, anochece por completo como a las nueve y media de la noche, por lo que las jornadas son verdaderamente largas, y yo recién terminaba de procesar todo lo que había pasado en un solo día. En tres grupos de whatsapp distintos los amigos preguntan y conversan, conversamos, mando fotos, hacemos chistes, me río sola en frente al teléfono. Mientras tomaba Gatorade como una condenada, más por el miedo a deshidratarme que por la sed, entendí: frente al Cerro Alegre estaba el cementerio, es decir, exactamente al lado, pero en otro cerro, el Cerro Concepción: en el cerro Concepción había un cementerio, en donde la vida comienza la vida termina. Sonreí por la ironía, después Lukas lo explicaría en Apuntes porteños muchísimo mejor que yo: “En Valparaíso los extremos se juntan, todo está en su lugar, compacto, como los extractos de la tierra”. Y entonces me invadieron dos certezas, contundentes y abrumadoras: además de ser algo divertido y una tendencia básica del ser humano que vive en sociedad, la gente suele estar con gente porque estar con una misma es realmente difícil. Y por eso yo, porteña de cabo a rabo, fundamentalista y militante de la autosolvencia y auto resolución y autocuidado, y otros slogans narcisistas, me había encontrado en otro puerto, en otra ciudad cuyos habitantes también se llamaban porteños aunque estábamos muy lejos de casa, con tanta gente amable dispuesta a ayudar, para caer en la cuenta de que en realidad, aún estando solos, nunca estamos solos, ni los que estamos solos somos radicalmente diferentes al resto de la gente.
Plaza de los poetas
Seremos una danza
En la colina y nada más
Una puede tomarse vacaciones e irse de su ciudad, pero no tomarse vacaciones de la pandemia. Frente a la Plaza de los Poetas está la Sebastiana, una de las que era la casa de Pablo Neruda en Valparaíso, pero no pude entrar porque había aforo completo, me impacienté y me fui. En la Plaza de los Poetas hay tres estatuas: una de Pablo Neruda, otra de Vicente Huidobro y otra de Gabriela Mistral. La estatua de Mistral tiene las manos mutiladas, no entendí si a propósito (¿Alguna referencia a su conocido poema “Dame la mano”?), o por alguna contingencia del tiempo. Automáticamente mandé fotos a los grupos de whatsapp y hubo chistes, risas, intertextualidad con Juan Domingo Perón. En la feria de los poetas no hay absolutamente nada. La señora del quiosco me avisó que por la pandemia ya hace dos años que no abre. Esta zona de Valparaíso, en el Cerro Bellavista, está absolutamente desierta, en todo mi recorrido vi tanta poca gente que de nuevo sentía que estaba en ese lunes post fin de año, aunque ya estábamos a jueves. No entiendo si es por la crisis, porque el camino a la recomposición de después de año nuevo continúa o por qué motivo. Por la Avenida Yerbas Buenas bajé hasta la Avenida Ecuador, de ahí arriba por la calle Cumming y terminé en el Parque Cultural Valparaíso. Este parque, en la época colonial, era un polvorín y luego fue una cárcel. Desde 2009 y gracias al gobierno de Michelle Bachelet y a la obra de grandes artistas brasileños que presentaron un proyecto de preservación a gusto, funciona como parque cultural. Sin embargo, entre que dejó de ser una cárcel y 1999 y se inauguró como Parque Cultural estuvo tomado por colectivos de artistas que rechazaron y se amotinaron varias veces para que no lo convirtieran en otras cosas. Además de la vista panorámica sobre toda la ciudad, el lugar era increíblemente bello, aunque estuviera rodeado de pabellones y hubiera por todos lados vestigios de que había sido efectivamente una cárcel antes. La cantidad de cosas que deberían haber pasado ahí mismo se sentía, no sabía cómo explicarlo, pero estaba en el aire del lugar. Esa debería ser la verdadera Plaza de los poetas, pensé, no la otra con las estatuas insulsas: allí estaba todo el mundo, tomando mate en las glorietas, tocando música, los niños corrían, y hacía un clima espectacular. No se necesita demasiado coraje para hacer un viaje sola pero sí para convertir una cárcel en un centro cultural gigantesco y en un vacunatorio para menores de edad. El ser humano es un ser extremadamente raro y pintoresco de a ratos. Más tarde le diría a uno de los músicos que tocan en el hotel que era una locación espectacular para una película de terror, aunque un poco cliché. Él trabaja en una productora de contenidos, conoce solamente el Sur de Argentina y le hubiera gustado viajar más. Lo acompañan otros dos músicos, Jeremías y otro que no me dice el nombre. Durante la cena hicieron una versión de Gracias a la vida medio jazzeada que ameritó que les dejara doble propina mientras me terminaba un salmón a la plancha con arroz. Que yo esté cenando sola les da la pauta de que pueden sentarse en mi mesa, conversar de manera confianzuda, invitarme a una milonga al día siguiente, pedirme cigarrillos, preguntarme de todo. Les dirijo, a los tres, una mirada igual de encantadora que de distante y llevo la charla alegremente, no me gustaría trabajar fuera de mi país porque estudié gratis y le debo algo, cómo les explico, iba a hablarles de la educación pública pero en realidad eso a nadie le interesa, algo parecido me había pasado con Valentina, la hija de la señora que limpia en el hotel, cuando emprendía una elaborada teoría sobre las generaciones y las edades y los mandatos pero ella solamente quería llevarse el desayuno. No pude evitar ayudarla y llevar algunas sobras hacia adentro, “ella ya es parte de la casa” sonríe su mamá, la señora que limpia en el hotel. Devuelvo la sonrisa por compromiso, no me siento parte de la casa sino no estaría pagando por dormir ahí, pero obviamente tampoco dije nada, es increíble cómo una sale de Buenos Aires y automáticamente todo nuestro marco teórico conceptual y sobrepsicoanalizado se desmorona en medio segundo. Los porteños, los de allá no los de Valparaíso, nos pasamos tanto tiempo conversando y conceptualizando cosas sin absoluta importancia, la vida es mucho más gigante que eso, que es una especie de plano cerrado y obturado, probablemente por la tendenci a juntarse con gente que piensa parecido a una misma. Esa noche me despedí de Marcos, en una despedida igual de torpe y atareada que la noche que nos conocimos: se iba a trabajar a otro hotel y esta era su última jornada en el Brighton. Nos deseamos suerte y todas esas cosas que se dicen cuando te conocés viajando, que si viene a Argentina me escriba, que lo recibo en mi casa con las gatas, que Buenos Aires le va a gustar porque hay muchos lugares disidentes a donde ir, que, que, que. A la noche siguiente fui a la milonga. Jeremías me quiso pasar a buscar y, anticipándome a sus posibles intenciones, le dije que no, gracias. Tocaron Merceditas, la canción que me cantaba en el piano Victoria, la mamá de mi hermana, cuando vivíamos en Palermo. Cuando cumplí quince años me hicieron un cancionero, mis papás, las parejas de mis papás, los amigos de mis papás, Victoria eligió esa canción de parte suya para mí. En el centro de la pista todos bailan. En la milonga conocí a una chica de Estados Unidos que vive en Villa Crespo hace años, y entre cervezas y papitas de paquete me cuenta que solo quedan dos milongas conservadoras en Buenos Aires, ya las mujeres bailan entre ellas y no importa quién lleva o quién trae, “ahora todo el tango es queer”. Yo finjo entender lo que dice. Minutos antes se había reído de mí luego de que Jeremías me hiciera señas para irnos a otro lado y yo le dijera que no con la cabeza y que chau con la mano. “Pensé que te ibas a ir con él”, me dijo, tentada. “Sí” suspiré “él también”. Me sorprende que haya un circuito tanguero chileno y me doy cuenta de que no pertenezco a ninguna tribu pero coqueteo con muchas, soy una simple observadora de las comunidades: el stand up, el ballroom, el tango. Me gusta ver, escuchar, sentir pero esa es mí participación en todo porque carezco de constancia y sobre todo de habilidades. La estadounidense me insistió "ya te vamos a sacar la milonguera que hay en vos", y se fue a bailar con una chica que estuvo lanzándole miradas envidiosas toda la noche, probablemente por ser la mujer más linda de ese lugar. Incluso Jeremías se había sentido agobiado con su belleza, luego de decirme que estaba en contra de vacunarse pero que igual estaba vacunado, y antes de que yo comenzara un sermón inconducente sobre la derrota colectiva del virus, la ideología y otras cosas sumamente aburridas, qué dulce encantó tiene tu recuerdo Merceditas, la infancia y la primera juventud (¿cuántas juventudes van a caber en una sola juventud? ¿Hasta cuándo dejaré de sentirme poco joven mientras todos sigan sosteniendo que lo soy? Esto vendría a cuento de mi teoría sobre las generaciones que le quería contar a Valeria pero no le interesó, y a mí realmente ahora tampoco me interesa) se reproducen como una película en la retina, así nació nuestro querer con ilusión y mucha fé, acaso no todos los quereres nacen iguales y mueren iguales, y lo del medio que a nadie nunca le importa demasiado porque el corazón después ya está completamente marchito es lo que define las relaciones? Es Merceditas la leyenda que hoy palpita en mí nostálgica canción, a pesar de haberla sentido salvaje y hostil de a ratos caminé la ciudad, la hice mía por un rato, me despido con armonía de la noche y las luces de Valparaíso que se reflejan sobre el mar, hasta la próxima canción y ruego, imploro, que de todo lo efímero, lo doloroso, lo incomprensible, lo inasible que sucede en el mundo, de todo lo triste, lo alegre y lo neutral, de todas las conversaciones obturadas y de las que efectivamente sucedieron, de todo lo aburrido, lo incómodo, lo abyecto, siempre me quede la poesía.
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