domingo, 1 de noviembre de 2020

Raquelita II

"Allá, bajo una luz de vitrales roñosos, los marfiles, las tallas en madera, los retablos antigüos, los vasos griegos y otras frutas del arte se amontonaban y contradecían en un desorden agresivo, como si una catástrofe histórica - se dijo Megafón - los hubiese arrojado a esa playa sin decoro"

Mi abuela Nora siempre gustó de llamar “Raquel” a su segunda consuegra Ester. Ester es la abuela de mi hermana. Siempre fue una mujer muy cordial y nunca le dijo nada, pero a mi madre le molestaba. Se ha levantado e ido de cenas por ese motivo.

El marido de mi abuela Nora, Jorge, se casó con ella hace 55 años. En todo ese tiempo nacieron mi tío y mi madre, mis primos, mi hermana, yo, y uno de mis primos se murió. Las cosas, en mi linaje materno, sucedieron al revés de como deberían ser y por eso un nieto se murió antes que un abuelo. 

Vaciar la casa de alguien que todavía está vivo es como matarlo un poco. Faltarle el respeto entrando entre sus cosas, invadiendo su intimidad, con la extrañeza de corregir un texto ajeno, corriendo comas y puntos y borrando mayúsculas mal puestas. 

Cuando la madre de mi abuela, Ana, fue a un hogar fuimos con mi madre y mi abuela a vaciarle la casa y me llevé tres libros: Rojo y negro, de Stendhal; Bouvard y Pecuchet, de Flaubert; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Me acompañaron ya en varias mudanzas y en varios momentos distintos de la vida. Años después volvería a ese departamento. Una señora enana nos recibió para mostrárnoslo, por algún motivo mi madre y ella no se entienden y mi madre abandona la escena al igual que las mesas familiares luego de que mi abuela llame “Raquel” a Ester. Con mi padre y el marido de mi madre lo vemos: mis padres estaban pensando en comprarlo para mí. 

Cuando le conté a mi abuela Nora que iba a vivir en lo de Raquel me dijo que extrañaba que yo viva en la que había sido la casa de Ana. “Pero si nunca viví ahí”, le contesté. “Bueno pero en el barrio, ya sabés”. No entendí muy bien pero no pregunté. Desde que no compraron la casa de Ana mis padres y yo, es decir, nuestra relación, la mía con cada uno de ellos no fue la misma de antes. Las relaciones nunca son las mismas de antes pero con los padres como una se relaciona toda la vida va perdiendo registro. La última vez que hablé por teléfono con mi madre, hará una semana o dos, me dijo que envidiaba el amor que le tenían las hijas de sus amigas a sus amigas, es decir, a sus madres. “Porque me duele que vos seas tan desapegada”. Entiendo que ese lloriqueo es el precio que tengo que pagar por mi libertad. “Bueno. Son cosas que pasan” le dije. Lo bueno de no compartir más cenas es no atravesar ese incómodo instante en que se levanta de la mesa cuando algo no le gusta. Mi madre es de las personas que cree que con su noble y poderoso y prístino amor va a cambiar a todo el mundo y por eso fue docente toda su vida. En abril de este año se lo dije a mi hermana y no lo entendió. Capaz algún día le resuene, o capaz que no. 

El segundo día que fui a la casa de Raquelita justo me llamó Jorge en el camino. Me llama más que mi madre, cada dos o tres días, y yo lo atiendo porque tengo miedo de que no llegue vivo al después de la pandemia. Aunque eso es lo que pasa con los abuelos y las abuelas en algún momento: se mueren. Antes, después que sus nietos, pero se mueren. Es 17 de octubre, día de la lealtad peronista, y escucho el acto digital por teléfono celular y las bocinas desde el piso 15 del balcón. Alberto recita el 17 de octubre de Marechal pero los datos se me cortan. La lectura del presidente se fragmenta como cuando empezamos a mediar y convertir la experiencia en un relato. Cuando tenía 19 años militaba en una agrupación que se llamaba Megafón y entonces leí el libro, y después Adán Buenosayres y ahí empezó el amor por la literatura argentina. ¿Empezó ahí? ¿O leí primero el Adán? Iba a dejar la universidad hasta que la militancia peronista me salvó la vida. Las reuniones de formación política, repatir folletos en las escaleras que decían "Conocé Filo y Letras", estar en los pasillos charlando y fumando con los compañeros debatiendo realidad política nacional e interuniversitaria le dieron un nuevo sentido a todo.

Pero trazar genealogías siempre me resultó una tortura. Como cuando creí que la primera vez que me gustó una mujer fue a los 20 años y después recordé que cuando era chica tenía una amiga con la que nos besuqueábamos desnudas a escondidas de nuestras familias a los 10 años, cuando arreglábamos para ir a dormir una a la casa de la otra. Y después me acordé de que, a los 17, en quinto año del secundario, con una chica a la que había mirado distinto toda la secundaria fuimos a escuchar tango y casi nos damos un beso, y nos prometimos hacerlo en la fiesta de egresados. Todo relato de experiencia es en realidad un recorte, un efecto de. Cuando le dije eso a una alumna entendió que estaba atentando contra “la vida real” (dijo, con sus 14 años, indignación latente y un poco de wifi que se corta). Le pregunté por qué. Por qué creía que un relato de una experiencia era más insignificante que la experiencia en sí misma, y en tal caso, qué cree que es la experiencia en sí. Me preguntó: “cómo qué es? La experiencia es la experiencia, y ya”. Creo que tiene razón. Lo que yo quiero decirle es la posibilidad, la potencia de una narración para dar carne a una vivencia o convertirla en algo más, digamos, hablando rápido y mal. La posibilidad de que algo no sea “y ya”, de subvertir ese “y ya” (o de no subvertirlo, da igual, no se puede ser contestataria todo el tiempo: son cosas que pasan). 

Llegó mi padre y se puso a ver cosas en un armario que hay en el pasillo. Me pregunta si quiero hacer un estudio de género de las recetas de cocina y unos libros que tenía Raquelita de una editorial gallega, una colección que se llama “Para mejorar tus actitudes”, y se dividen en tres series diferentes “tus hijos”, “tu profesión” y “tus hobbies”. Son tres libros gordos pero sospecho que Raquelita no los habrá leído ni una vez. En el esquinero hay un CD adentro del envoltorio y dice “abu: feliz 2014, te quiero, Clari”. Es un CD de Ricardo Montaner que no recuerdo haber comprado nunca aunque esa es mi letra.

Raquelita no solía usar los regalos que le hacíamos, es como Rachel de Friends, solo que no los cambia, solamente los acumula y los deja ahí mientras dan testimonio del paso de los años, los rituales, los recuerdos, y esas cosas que después arman el recorte de la vida, resuenan (o no, da igual). En uno de sus cajones tiene unos pirinchos del carnaval carioca de vaya una a saber qué fiesta. Me pregunto por qué habrá acumulado tantas cosas, después me acuerdo que quizás haber pasado hambre, tanto hambre, en la infancia, tuvo algo que ver. Como si quisiera hacer de cada suceso un evento asible, de cada cumpleaños un souvenir y poder guardarlo todo, después de no haber tenido nada. 

Cuando terminamos de vaciar el aparador y embalar la vajilla de la boda de Raquelita y Alberto abrimos otro placard y mi padre me dice que esté atenta porque ahí puede haber plata. A Raquelita también la salvó a su modo el peronismo, mejor dicho el segundo gobierno peronista. A Alberto lo conoció en el 48 y se casaron en el 50, gracias al desarrollo de la industria nacional pudieron abrir el negocio que los mantendría a ellos y a sus tres hijos, comprar la casa de Joaquín V. González y un Ford cinco puertas. Toda la vajilla de la boda es 'hecha en argentina'. En esos juegos de copas, cubiertos, tacitas y platos de diferentes tamaños se encuentra entera la potencia del país que hemos sabido ser. Antes de vivir con Alberto, Raquelita nunca había ni siquiera imaginado comer más de una vez al día. En cada aniversario Alberto le regalaba a Raquelita una esclava de plata. Ninguna de todas las treinta de los años que cumplieron está en el departamento de Caballito. Asumimos que se fueron, al igual que con todo el dinero de la herencia, cuando le robaron en 2015. Como el macrismo para los militantes peronistas, el 2015 fue una bisagra en su vida, un momento donde la desesperanza desmoronó todo lo conocido hasta entonces, y del que nunca terminó de recomponerse del todo.

Aprovecho para ir a la cocina. Como había hecho hace 10 años con los libros de Ana, esta vez escruto los cacharros en desuso. Me guardo tres pírex, una azucarera, un mate grande como a mí me gustan (aunque de nada sirve el tamaño ya, eso también se convirtió en un acontecimiento solitario). Un juego de vasos, un aparato para hacer el repulgue de empanadas que tiene forma de boca de cocodrilo y unos mexicanitos regordetes que ofician de salero y pimentero. Son horribles pero me parecieron graciosos. La vajilla de la boda y los otros dos juegos más antigüos le corresponden a mis primos y primas. En realidad creo debería decir “un salero y un pimentero que tienen forma de mexicanitos regordetes”, pero todo depende de dónde una ponga el foco, el huevo o la gallina, y si quiere ser contestataria (o no). Mi padre termina de vaciar el placard pero no encontró un solo peso. Creo que el "puede haber plata" era más una expresión de deseo que de posibilidad. Mi padre siempre cuenta que cuando se murió Alberto Raquelita no los dejaba llorar, y les decía "Bueno. Son cosas que pasan", tal como le digo yo a mi madre siempre que se queja de algo. De todas formas, ella nunca se volvió a casar ni siquiera novió con nadie, o no al menos que haya contada. Se quedó viuda hace 37 años y viuda sigue, y probablemente viuda termine, esclava de la plata y eterna devota de su luto colorido y silencioso. Nunca hablaba de su marido, aunque no hacía falta. Mis tías dicen siempre que una vez muerto, Raquelita fue al negocio, lo vació entero y cuando vinieron a reclamar una deuda aseguró y reaseguró que ellos no tenían nada, absolutamente nada, que el negocio lo habían fundido los milicos como al resto del país. Era un poco, solamente un poco, cierto. A ella nunca le importó nada de todo eso, para Raquelita el silencio era realmente salud.

En el baño hay todavía un par de zapatillas con las medias adentro. Es difícil trazar genealogías, recortar la experiencia en un relato; pero seguro si tuviera que contar cómo empezó a morirse Raquelita fue en el momento en que la llevaron a un geriátrico sin decirle nada, de modo que dejó en el baño de su casa un par de zapatillas con las medias adentro, esperando lo que no iba a pasar nunca: algún día volver. 

A diferencia del peronismo, que siempre está volviendo, como si fuese en cada ciclo que se reinventa, un nuevo 17 de octubre de 1945.


lunes, 12 de octubre de 2020

Raquelita I

Todo en mi vida sucede de manera anfibia. No sé cómo se vive si no es entre dos mundos. Nunca tuve una sola casa hasta los 23 años. Creo que fue por eso que aprendí a hacer hogar en cualquier lado. 

Cuando nací mis casas eran la de mis padres y la de Raquelita. Vivíamos a tres cuadras de distancia. En lo de mis padres me cuidaba Marisa, la niñera que después de grande me enteré que es lesbiana. En lo de Raquelita me cuidaba yo. Raquelita acomodaba sus pupas, se sacaba los collares, se acostaba en la cama después del almuerzo y ponía la repetición de Videomatch a todo lo que da. Yo jugaba con los relojes que eran de su difunto marido, que era relojero, y con una torá chiquita que tenía un yad en miniatura. A mí me encantaba y una vez Raquelita me descubrió intentando llevármelo. “No, no no, eso va ahí adentro”. Me dijo y señaló la mini torá. Fingí demencia como hago y como hice siempre. Pero a las dos cuadras le dije a mi madre que teníamos que volver “es que me olvidé de algo”. Le devolví el yad con mirada culposa pero Raquelita no me retó. Nunca me retaba. 

El viernes 9 de octubre de 2020 volvimos a ir a lo de Raquelita. La llave se me traba, “tu abuela tenía la puerta blindada” dijo mi padre con un gesto de desaprobación. Pienso “quién le iba a entrar a robar en un piso 15”. Igual le robaron. En 2015 un día como cualquier otro la llamaron, supuestamente del banco, y le hicieron el cuento del tío. Nunca nadie supo exactamente cuánta cantidad de dinero le habían sacado, pero seguramente era mucho, porque toda la herencia de Alberto se la había quedado ella. Raquelita nunca volvió a ser la que era desde ese día. Dejó de salir. Siempre salía a tomar el té con las amigas, iban a Las Violetas o a algún café de barrio si era fin de mes. Dejó de comer. Dejó de cocinar. Llegó a estar, todavía está, muy medicada. Antes de eso cocinaba mucho. Nunca me enseñó, ni a mí ni a ninguno de mis primos o primas, a cocinar kepes. Después todos aprendimos por nuestra cuenta. Ahora todos mis primos y primas tienen sus esposas y maridos respectivamente a las y los que les cocinan kepes. Después de lo del robo a Raquelita le costaba mucho quedarse sola, o se caía o llamaba a alguno de sus hijxs o nietxs cada dos por tres. Entonces mis tías y mi padre contrataron una chica para que la cuide, como a mí me cuidaba ella de chica. No se llevaban muy bien. Mi abuela decía que la acompañante le cantaba con sorna “la abuelita, la abuelita, qué viejita la abuelita”. Estoy segura de que tenía motivos de sobra para hacerlo. No quiero decir que esté bien, quiero decir que seguro Raquelita la había provocado. Lo de la sorna lo digo yo, seguro Raquelita ni sabía qué significa “sorna”. Mi abuela no terminó el secundario. Se casó a los 20 años con Alberto Charrúa. El apellido es mentira, originalmente era otro y lo cambiaron cuando llegaron de Damasco a la costa uruguaya del Río de la Plata porque no le entendieron la pronunciación. Todo empieza entonces con un mal entendido. De mi genealogía ficcional debo haber heredado el amor por inventar historias, por eso me debo haber hecho guionista.

Raquelita enviudó a los 43 años y nunca se volvió a casar, pero nunca hizo duelo ni decía que era viuda. A los 56, cuando mi padre -que es el hermano menor- se mudó con mi madre, vendió su departamento en la calle Joaquín V. González y se mudó a uno en la calle Hortiguera. La casa que ahora va a ser mía. 

Yo no tengo pareja pero igual cocino para mí. Cocino mucho y estoy segura de que si Raquelita probara algo de todo lo que hago no le gustaría nada. No había muchas cosas en general en el mundo que le gustaran. Igual siempre me recibía y cuando pasaba mi madre o mi padre a buscarme ponía la pava y cebaba unos mates dulces espantosos. 

El día que cumplí 25 años llamé a Raquelita al número del geriátrico. Me preguntó cuándo iba a tener un novio porque ya tenía todo: “el título, la casa”. No se refería a su casa, ni sabía que ahora su casa iba a ser mi casa, yo tampoco lo sabía para ese entonces. Todo en mi vida sucede de manera anfibia y siempre un poco a los ponchazos, no de la forma ordenada que a mí me gustaría que suceda. De todos modos las cosas, más o menos prolijamente, siempre se acomodan. “Abuela, qué estás haciendo estos días” le pregunté mientras daba unas vueltas por el parque. “Tejo y tejo, nada más que eso, todos los días lo mismo. Acá ya se murieron varios con eso del Covid, eh. Bueno, no tantos, pero yo ni salgo de mi habitación. ¿Vos estás bien? Yo te quiero mucho”. “Estoy bien, abu. Yo también te quiero mucho”. Le digo. Raquelita tampoco sabe que soy lesbiana y que no está en mis planes tener un novio. No se lo dije. Mi padre lo sabe pero se lo olvida a propósito sistemáticamente. 

La semana de su cumpleaños número 83 la llevamos al hogar y festejamos ahí con sanguchitos, alfajores de maicena comprados, coca cola y un café quemado que hacen en la cafetería ahí mismo. Raquelita no comió ni tomó nada. Lxs hijxs de mis primxs corrían por todos lados y llevaban y traían unas sillas de plástico. Cuando nos despedimos mi abuela le pidió a mi tía Gra, su hija mayor, que por favor no se vaya. Pensé "por qué será que las madres siempre son más hijas de puta con la hermana mayor".

En el departamento de Hortiguera las cosas están como las dejaron dos años atrás, cuando se la llevaron medio engañada a Raquelita al geriátrico, “al hogar”, como le dicen. Ella no sabía que nunca iba a volver. Hay un esmalte sin abrir en la mesa del living. “¿Todo se puede tocar, no? Digo, acá no entró el covid” le pregunto a mi padre. El departamento se estancó en el tiempo. La torá miniatura y las fotos, todo intacto. Intento abrirla a ver si todavía sigue ahí el yad pero está oxidada la ranura. En la habitación hay tres de esos relojes despertadores que fabricaba Alberto, el marido de Raquelita, bueno, el ex marido, ¿el finado? ¿cómo se dice cuando alguien era el marido de alguien pero se murió? Tienen una gallinita y hacen un ruido horrible. Cuando nació J y compartíamos habitación en la casa de mi padre en Palermo teníamos uno de esos en el cuarto. J se levantaba en medio de la noche y lloraba mucho. Solamente se calmaba con el ruido del bendito reloj que a mí no me dejaba dormir. Una vez me molestó tanto que lo saqué al balcón, después de que J se duerma, y con el ruido de los postigos se volvió a despertar. Nuevamente, fingí demencia. En realidad fingí estar dormida. La casa de Palermo era de las casas más lindas en las que viví. Teníamos dos pianos verticales, uno de la madre de J, Victoria, quien ni bien me conoció me quiso como a una hija. Para ese entonces me cuidaba ella mientras mi padre trabajaba. Marisa ya no venía porque había conseguido trabajo de abogada. El día que nació Emilia Victoria me llevó al hospital a conocerla. Se llevaban muy bien con mi madre, mejor que mi madre y mi padre, de hecho. 

Al año de que mis hermanxs nacieran ya nadie me cuidó nunca más. Iba y venía sola a todos lados. Mi madre me compró una Guía T y así conocí Buenos Aires por mi cuenta cuando tenía 11 años. Empecé a ir a la escuela sola, a comer con mis amigxs sola, luego al instituto para hacer el curso de ingreso. Iba de la casa de mi padre a la de mi madre, de Palermo a Almagro con el 36. Siempre me perdía y tardaba el doble de tiempo en llegar a los lugares, pero siempre los caminos se acomodaban. 

En Hortiguera no entra ni un solo piano, igual ya no toco. Toqué pocos años, pero ese es otro tema. El departamento se me hace gigante para mí sola y me pregunto si a la gata le va a gustar. No recordaba que era tan grande. Se ve que cuando venía siempre había más gente. Mi padre pelea con la persiana baja mientras yo revuelvo los cajones de la cómoda y miro a mi alrededor. Anoto en una lista todo lo que hay que arreglar, vaciar, limpiar, poner en bolsas, donar, vender, pintar, electrificar. Tengo que definir yo demasiadas cosas y sé que aunque voy a intentar hacerlo de forma ordenada no se va a poder tan ordenado y prolijo como a mí me gustaría. 

“Papá” le digo antes de salir señalando la pared “con razón la abuela se volvió loca: por mirar la 24 horas del día este empapelado tan feo”.


martes, 29 de septiembre de 2020

Más de seis meses en aislamiento

Cuando tenía 24 años salí con una mujer bastante más grande que yo. Tenía (en ese momento) (supongo tiene ahora también) la risa y las manos más lindas del mundo. 

Mes 1: Le mentí a las personas incorrectas para cobrarle a este mundo intrépido sus injusticias. Igual me quedé con sabor a poco.

Unos meses, un viaje e incontables salidas después dejamos de vernos. Terminó, como la mayoría de las cosas felices, tan rápido que un poco creí haberme inventado todo lo que había pasado entre nosotras.


Mes 2: Me excusé todas las veces que tenía que hacerlo porque me importan más las formas que el contenido. Igual no me perdonaron.


Una vez me preguntó si le iba a escribir un poema. Le escribí varios poemas, pero ninguno me convencía del todo.  


Mes 3: Quise conocerla e inventarme en un mundo que ya no existe. Los cuerpos que amé, las mujeres que desnudé, los lugares que visité. Las horas en las que dormí y en las que no dormí. Las noches frías esperando el colectivo, las noches de verano bailando en la calle. Todo eso ya no importa. Nunca la soledad fue tan concreta, entonces, ¿cómo? 


Ella le había dicho a todas sus amigas que yo tenía 25 años. Por algún motivo la ecuación le cerraba enunciada de esa forma. No existieron circunstancias donde me lo preguntaran directamente, así que no tuve que mentir con mi edad ni una sola vez. 


Mes 4: Me quedé esperando mensajes, señales, algo. Todo fue en vano. Absolutamente inconducente. Además, ¿para qué? Hablando nunca se entendió la gente.


El día que cumplí 25 años llevábamos varios meses sin vernos.  Me sentí entonces igual que cuando tenía 24. La quería como desde el primer día que la vi, y la extrañaba como desde el último.


Mes 5: Me vengué eliminando de mi horizonte de referencias todas las canciones, todas las fotos, todos los conceptos que me recuerden a ella. También fue inconducente. Las excusas para recordarla aparecen sin que las busque. No tengo suficiente coraje para olvidarla, para empezar a escribir otra historia. No puedo. No me alcanzan las horas ni los días para hacer este esfuerzo, ya hago demasiados.


A las 00:00 am intenté encontrar en ese pasaje entre un año y el otro todas y cada una de las razones por las cuales habíamos dejado de estar juntas.


Mes 6: Las palabras que existen en el mundo (si algo existe está en el mundo me dijeron una vez, te gusta ser redundante cuando escribís) no abastecen lo que se siente estos días en el encierro.


No vinieron a mí las verdades ni las explicaciones. Pero al menos ya tenía escrito mi (su) poema.


jueves, 14 de mayo de 2020

Novela semanal

Necesito que, por un día, las cosas dejen de pudrirse y de romperse
Necesito que me digas cómo hiciste para olvidarte de mí tan fácilmente
Necesito que me digas quién de las dos hubiera terminado muerta si hubiéramos seguido juntas
(Si hubiéramos decidido pasar este encierro juntas)
Necesito qué me digas qué fue de todos tus miedos, en qué etapa de cocción están
Si pudiste estar un poco menos triste, sentirte un poco menos tonta como me decías a veces
(O sentirte toda poderosa como te mostrabas casi siempre) 
Necesito saber si me extrañás mucho, un poco o nada. Estoy casi segura de que nada pero dejame corroborar
Si aunque sea no extrañás un poquito algo de todo lo que era ese pequeño diccionario compartido

Quererte fue como recibir todos los jueves un folletín: 
no sabía qué giros inesperados iba a tomar nuestra narrativa
Y tenía que esperar semana a semana a ver con qué iba a encontrarme
El suspenso me carcomía los sesos, no podía dormir de la intriga
A ver si ese día te habías levantado con ganas de quererme mucho
Un poco
O nada 

Reivindico mi juventud todos los días cuando creo
Que haberte querido fue ese antes y ese después para darme cuenta
De cómo tenía que seguir viviendo
(sin vos va a ser, te la vas a perder, y ahora estás lejos y no vas a poder ver el fruto de todo lo que dejaste en mí)

Te mentía cuando te decía que no sabía estar sola, era porque quería que te quedaras conmigo
Y como te dije una vez: siempre los planes eran más lindos cuando eran planes compartidos

Quizás el error fue ese, fue haberte dado todos los planes del mundo
Haberte dejado entrar en todas las cosas que me gustaban y después no saber cómo sacártelas, cómo sacarte de mí, cómo despegarme de vos, cómo empezar de nuevo
Si cada vez que se hace de noche siento que te extraño, un jueves mucho
Al otro jueves un poco
Al otro jueves nada
Y después, jueves de nuevo, vuelvo a empezar extrañándote mucho, 
Querer decirte las cosas que sólo vos me podés escuchar
Lavar los platos mientras te cebo un mate, mirar las hojas y el cielo desde tu balcón
Hacer con la desnudez solamente lo que me dejabas hacer vos
Hacer con el lenguaje ahora lo que nunca querías que hiciera
(Destrozarlo todo, revisitar el no entendimiento y reirme, reirme del mal entendido constante)
Nunca fui muy ducha con las palabras, solamente quise aparentar que sí
Para que me quieras mucho
Aunque sea un poco
O aunque fue nada

lunes, 20 de abril de 2020

Simulación

Borges no entendió nada cuando escribió “El simulacro”. Es un cuento sobre el funeral de Evita. Cuando lo acusan de gorila siempre ponen ese ejemplo. El cuento no solamente es feo de leer si no que destila odio de clase. Transcurre en una chacra en Chaco, cerca del río. Tiene aire exterior por donde lo mires. Leer cosas donde hay aire me da claustrofobia. Y también me enoja que no tiene idea de lo que era simular. Ni la más pálida idea. Creo que nadie sabía lo que era hasta que nos tuvimos que encerrar a todxs porque afuera estaba el bicho.
Todo el día vivimos en un “como si” . Simulamos que salimos entonces subimos a la terraza. Simulo hacer deporte, entonces subo un tramo de escalera y lo vuelvo a bajar, una dos tres veces. Sami tiene las manos ocupadas, “si no estuviera con el mate te filmaría” me dice. Imito a esos que suben videitos a instagram diciendo que hay que aprovechar la cuarentena para. “¡¡¡¡Aprovechá este encierro para despertar a todo tu edificio haciendo esta pelotudez en tu escalera!!!!”digo. Nos reimos en serio. Finalmente termino de subir y me quedo sin aire. La terraza hace las veces de balcón, simulamos estar en el mundo exterior, me llama una amiga por zoom, tomamos mate cada una en su casa. Intento subir a una parte de la terraza donde está lleno de cables, pienso “no es un gran plan accidentarse en este momento”. Mi amiga se ríe, se fuma un pucho y la veo a través de la pantalla del celu y pienso en la última vez que fui a su casa a estudiar y estuvimos hablando dos horas de cómo nos habían roto el corazón hace poco.
Simulo un encuentro con familiares jugando al tutti fruti por zoom. Nos conectamos a las 7 en punto. Tengo un mate y picada de frutas, siempre que voy a lo de mi mamá comemos picada de fruta y tomamos mate. Me deprimo. Todo esto de las videollamadas y los barbijos me deprime. Toda la estética hacemos lo que podemos con la pandemia me deprime. Ya sé que es buena onda y sarasa sarasa. Simplemente no puedo, no me la trago. Un rato está bien. Después ya no.
Mi abuela me envía un mensaje y simulo que me da risa, me preocupa que siga haciendo su vida como si nada porque si se muere nadie va a poder ir a verla. Mi padre me llama por whatsapp. Estoy pelando garbanzos y él también. Nos reimos, los dos vamos a hacer hummus esa noche. Simulo que estoy entera para contenerlo, simulo tener todo controlado. Unx se da cuenta de que creció cuando empieza a reconocer también la fragilidad de lxs padres.
Es sábado a la noche, simulo que estoy en una cita. Me pongo linda de la cintura para arriba pero abajo estoy en ojotas con medias. La noche es cálida, abro la ventana, tengo ganas de prenderme un cigarrillo. Tengo un rodete que me saco al minuto 10 de encuentro y dejo lucir mi melena que está más salvaje que nunca. La seducción se difumina entre una computadora y la otra, no hay forma de desempolvar mis encantos si no puedo mirar a los ojos a alguien, si no puedo sentir su cuerpo en el espacio. Mis muletillas se vuelven absurdas en esta distancia pero igual me río mucho. Tomamos cerveza y hacemos lo que podemos, hablamos también de cómo hace poco nos rompieron el corazón.
Simulo que no tengo el corazón roto, entonces leo, leo y escribo, trabajo todo el día, me pongo algodón con té en los ojos. Cuando todo esto termine voy a estar más ciega que de costumbre. “Cuando todo esto termine” es un pensamiento recurrente, a la vez que “¿cuántas veces se pueden lavar los platos en un mismo día?” y “debería haberme hecho el corte que quería antes de que empezara todo esto”.
Simulo que no la extraño. Simulo que no quiero saber nada de ella y de cómo está pasando el encierro. Simulo que no me araño los dedos para no escribirle ningún mensaje. Desapareció de todos lados. No tengo modo de enterarme, no pregunto, no sé, pero quiero saber. “Qué dolor hacer como si fuéramos dos desconocidas” también es un pensamiento recurrente. Hay días en los que todo lo que tengo me hace acordar a ella, hay días en los que ni siquiera me acuerdo su cara, su voz o su nombre. Cuando era adolescente estaba obsesionada con una frase de Roger Waters que decía "la memoria es algo raro, la historia es para los tontos". Simulo que le escribo un mail en son de paz, simulo que le escribo otro en son de guerra. Ningún acuerdo sirve. Hago pactos conmigo misma que después no cumplo. Me puse quince veces una fecha límite para dejar de estar triste por ella. Simulo que el desamor es un sentimiento controlable por la razón, me reitero a mí misma que esto no puede atravesarme así, que no merece la pena: "un verano juntas no puede haberme significado tanto". Prorrogo los deadlines sistemáticamente: hasta mediados de mayo está bien seguir dándole vueltas. Más tiempo no. Escucho mucha música, simulo que me lleva a algún lado pero sigo encerrada mirando por la ventana. Simulo que la música es otra cosa. No debemos estar hechxs para vivir sin todas las cosas que nos gustan alrededor. A la noche las luces de lxs vecinxs se prenden y es mi hora preferida del día, cuando se está poniendo el sol y están todas las ventanitas iluminadas. Simulo que todos los recuerdos del poco tiempo que pasamos juntas no me significan nada, que en comparación al resto de cosas que viví, pum, se difuminan, no existe. Que su amor no supo mostrarme cosas diferentes. Simulo que lo que vivimos no fue importante para mí. El mundo se puso en pausa justo el día que dejamos de hablarnos para siempre y se me quedó su existencia pegada al cuerpo. Quiero hacer ruido hasta que se entere que pienso en ella y que ya la perdoné, pero no sé bien cómo. Simulo que no me importa, sigo con mi vida. Cuando me pregunten qué hice durante la mitad del año 2020 voy a decir “estuve en mi casa simulando que vivía”. Por suerte vivo con mi amiga y con la gata, tenemos una rutina. Hay días que ni siquiera hablamos, pero nos ofrecemos comida. Pedimos cosas ricas por delivery o las cocinamos nosotras, hacemos lo que podemos.
Arrancaron las clases a distancia, simulamos todxs que esto es un cuatrimestre. Las estrategias de todxs para transmitir los saberes son de las más ingeniosas, al punto de que un poco me emociona porque se nota la extrema voluntad, y los pocos recursos con los que contamos. El amor toma formas muy diversas en el encierro. El llanto también. 
Río con amigues en los grupos de whatsapp, eso me mantiene con vida y me da toda la paciencia que necesito para afrontar la contienda cotidiana de la simulación. Ya se me acabaron las palabras. Duermo hasta 14 horas de noche, sueño como si no hubiera un mañana. El invierno es mi estación favorita y me la voy a perder. Me estoy perdiendo Puan a las seis de la tarde mientras cae el sol y hay algún plan de después del trabajo en algún barcito cerca. Me estoy perdiendo los cafés a las corridas, los almuerzos en el colectivo, la vida ajetreada que llevaba y de la que no debería haberme quejado tanto. Simulo que no es peor salir y enfermarse o enfermar, y me perdono a mí misma el egoísmo de querer por un minuto que todo sea como antes.

domingo, 5 de abril de 2020

Un cuento para D


La otra noche soñé con D. En 2018 soñaba prácticamente todas las noches con ella. Desde entonces dejé de poder dormir bien. Cuando me levanté a las 3 de la tarde con el sabor de la mañana completamente perdida pensé “voy a escribir un cuento sobre D, mejor un poema sobre D, mejor otra cosa”. No escribí nada sobre D. Tampoco le escribí a M nuestro amigo en común. Hace un tiempo me lo crucé en la facu y le dije que íbamos a hacer un sindicato, el sindicato de quienes habíamos sido histeriqueadxs por D. No le dije histeriqueadxs, creo que usé una expresión como “romper el corazón”, pero no me acuerdo. M se rio. Me acuerdo que en otro poema en ese momento escribí “me aferro a la idea del sindicato”. Busco el poema pero me rindo en el intento. Mientras cocino el almuerzo pienso: sería la banda de los corazones solitarios del Sargento Pimienta pero con D. 

4 de julio de 2018
Hoy la madrugada se adelantó nuevamente a las 4 am. Me desperté como si hubiera dormido 8 mil años seguidos, con más energía que nunca. Miré el teléfono por cábala, la noche anterior había funcionado pero ésta ya no: la buena suerte no tiene patrones de conducta. 
Justo el lunes le comentaba a la terapeuta que siempre me resulta productiva la intensidad. Si, use el término “productivo”, quizás como resabio de la cantidad de textos de Historia que había leído, que hablaban de economía, productividad del suelo pampeano y demás. La llanura pampeana es el suelo ideal para una economía agroexportadora como la nuestra. Tiene el clima ideal, las propiedades del suelo ideal, todo para que funcione. Y aún así, nos morimos de hambre cada vez más. Qué paradoja, pienso, qué contradictorio cuando todo está dado para que las cosas funcionen y no funcionan.
En la economía de lxs escritorxs lo productivo no es lo que nos hace ganar dinero, sino lo que nos hace escribir. Yo le decía que escribía gracias a toda esta intensidad, que me cuesta quedarme en una zona de confort, que me cuesta estar tranquila, que sufro pero perdono rápido, que la entrega plena siempre después me produce desasosiego, desilusión, desencanto. Todas empiezan con “des”, porque no hay sustantivos para designar sino es por la negativa la pérdida del encanto. ¿Algo horrible es algo que perdió su encanto? ¿O es algo que nunca lo tuvo? El prefijo “des” también también aparece en palabras como “desapego”, “desestructurar”, “desarmar”. No encuentro sinónimos que las definan por la positiva, siempre se definen por la negativa. Tienen todo para funcionar y no. Son como el suelo pampeano. 

Todas las mujeres que me rompieron el corazón se parecen, las que me lo hicieron más grande, más lesbiano y más feliz lo hicieron cada una a su manera. Lo de la felicidad en realidad es dudoso. Lo del corazón también. Creo que ya estoy grande para usar expresiones como “romper el corazón”.
Con D nos encontrábamos casualmente en todos los eventos a los que íbamos, durante años. Hasta que tuvimos que aceptar que nos haríamos amigas. Ella vivía con su novio, después se separó. Cuando se mudó sola le regalé una frapera que me había robado de un cumpleaños de 15. Tomábamos cerveza y pedíamos comida. Siempre me decía que quería “probar estar” con alguna chica. Yo pensaba “y bueno, probá”. Nunca me animé a decirle “probá conmigo” pero estaba rendida a sus pies, respondía a todos sus llamados al instante, pasábamos horas chateando (¿qué horas? Días, semanas). Me perturbaba un poco lo alta que era y que siempre me hablara de los varones que le gustaban. Se anotó a cursar una materia conmigo. Se anotó a cursar otra materia conmigo. Se anotó a la carrera de guion donde yo había estudiado. Poco a poco fue tomando cada uno de mis espacios. No entendía si yo le gustaba o quería ser como yo. Tampoco se lo pregunté. Le entregué cada partecita de mí como quien junta entre las manos un puñado de arena y lo va deslizando por sus dedos de a poco para que caiga al mar. Con esa delicadeza y confianza. Cada vez que había un evento pensaba en ella, y eso que salía con otra gente mientras tanto. Pero era siempre la primera persona que pensaba para ir a lugares, ¿cómo se llama cuando estás completamente tomada por alguien? Había perdido total soberanía sobre mí, toda yo era de D. Pasábamos tanto tiempo juntas que todxs nos preguntaban si éramos novias. Yo vivía con mi madre en ese entonces y ella repetía casi todos los días “dios, te tenés que mudar ya, urgente, ¿cuándo te vas a ir de esa casa?”. Me hubiera gustado que me invitara a vivir con ella. Ahora que vivo sola me gustaría mandarle fotos de mi casa y que me de consejos para decorarla. Tiene un gusto increíble para la distribución de muebles en interiores. Hace poco me escribió un mensajito para juntarnos. Le pregunté: “¿para qué?”. Nunca me contestó.  
Siempre armábamos planes que nunca íbamos a concretar. Era sabido por las dos que nunca íbamos a concretarlos, el chiste era justamente ese: pensar el plan más delirante. Lo convertimos en un ritual hasta que el ritual empezó a asfixiarme. Desde entonces me prometí nunca más volver a pasarla así de mal. 
Una vez fuimos a leer juntas a una varieté donde nadie nos escuchó leer. La foto que nos sacaron esa noche es bellísima. Recuerdo que la puse en todas las redes sociales con el siguiente pie de foto: “quedate con quien te mire leer como yo a D”. Bailamos mucho y fichamos un montón de chicas. A una de ellas me la sigo encontrando en todos los eventos a los que voy, pero no sé cómo se llama ni nos hicimos amigas porque la buena suerte no tiene patrones de conducta. 

3 de julio de 2018
Ayer mi hermana y yo nos desvelamos a la misma hora. Cuando charlamos de esto mientras almorzábamos le pregunté si creía que un fantasma o algo así había pasado por la casa y nos había despertado a las dos a la vez.
Las razones de su desvelo y del mío no eran las mismas, pero que haya sido todo a la misma hora me hizo pensar que en realidad no estamos tan separados y aislados como creemos. En unos cuentos de Marcelo Cohen aparece una figura que se llama “panconsciencia”. Es como un interruptor que permite que en un momento u otro se conecten dos personas, vean lo que están pensando y después sigan con sus vidas como si nada. 
Pienso que vivir en una misma casa desde hace tanto tiempo capaz fomenta este tipo de conexiones entre desvelos, consciencias y demás. 
Por alguna razón a mi hermana le molestan las explicaciones de fantasmas. Le molesta todo lo sobrenatural. Hay cuestiones que resuenan en la cabeza de una y se hace imposible conciliar el sueño. Llamarlo "fantasmas" o "neurosis" no hace a la diferencia.

A D nunca la llamé por su nombre, tenía un apodo que no era mío, la mayoría de la gente le decía así. Por eso cuando pongo “D” pienso en otra mujer que me gustaba ese mismo año (2018 fue el año que más materias metí en la facultad y que más mujeres me gustaron y no me dieron bola. El otro día leí un tuit mío que decía eso y pensé “bueno, no estuvo tan mal. Peor es estar encerrada un mes en cuarentena porque probablemente vamos a morir todxs dentro de poco”). A esta D apenas la conocía. Me gustaba como…  ¿“platónicamente” le dicen? Una vez vi que se habían agregado a facebook mutuamente. D y D. No hablaba con ninguna de las dos y pensé en escribirle, a ambas, para decirles: “¿qué hacen, pakis curiosas?” pero no dije nada, porque además el término es despectivo y horrendo. Mi vida está demasiado atravesada por las redes sociales y me olvido que a veces afuera hay un mundo con colores y olores y otros detalles que tengo miedo de perderme. Como cuando vas mucho tiempo mirando el celu y levantas la mirada y te das cuenta de que el cielo está naranja empasado después de llover, por la ventanilla en el bondi. Ahora extraño mucho andar en colectivo, o simplemente salir de mi casa, ¿dónde estarán todas las D a todo esto?   
Ese día que nos cruzamos en la facultad nuestro amigo M me preguntó cómo había hecho para olvidarme tan rápido de ella. “No fue tan rápido, y creo que me deserotizó la maldad” le contesté. Aunque tendría que haberle contestado la verdad: desistí por cansancio. Es agotador querer y que no te quieran. Mi ex me decía siempre “vos vivís tirando agua para tu molino”. Nunca le contesté que en mi cabeza, mi molino era nuestro molino. Contestarle eso hubiera sido reconocer que -otra vez- yo estaba queriendo más de lo que ella me quería. La buena suerte no tiene patrones de conducta pero yo sí. 

21 de junio de 2018
Sueño número 4
Soñé que la chica que me gusta me pedía que le fuera a cuidar la casa mientras ella llevaba a su abuela al hospital. “Un toque y vengo, ponete la tele si querés, o música; podés usar la compu, bah, podés usar lo que quieras, yo no voy a tardar mucho. Cualquier cosa te llamo” me decía. Estar yo sola entre sus cosas, teniendo absolutamente todo para mí y poder espiar cuanto yo quisiera me dio una sensación de intimidad trunca, incompleta. Estaba yo, voyeur expectante, con todos los objetos de una persona. Los objetos vendrían a ser como la materialidad de ese ser. Pero no estaba ella. 
Cuando me desperté me sentí terriblemente sola.

El día que peleé por primera vez con D vez le dije a un amigo que no quería más. No quería más mendigar amor. No quería estar siempre atrás suyo persiguiéndola para que deje de llorar por el idiota de su novio. O su ex. No recuerdo qué eran para ese entonces. Sí me acuerdo de un sueño que tuve en 2018, y que sí escribí ni bien me levanté: D y yo, en un auto, el novio la maltrataba y yo le gritaba. Bajábamos del auto y yo le agarraba la cara y la miraba de cerca y le decía “vos merecés a alguien que te quiera bien”. Pero no me animaba a decirle “como yo”. Para ese entonces pensé que ese sueño se trataba de la otra D, la platónica. De hecho, estaba segura y se lo conté a D diciéndole “no paro de soñar con ella”. Tendría que haberle dicho “no paro de soñar con vos”. Todas las mujeres que me rompieron el corazón se parecen. Las que me hicieron feliz lo hicieron cada una a su manera.