domingo, 28 de julio de 2019

25 de marzo de 2019

En esta casa somos un asco queriendo. 
Desagotamos la amargura como la cañería vieja de nuestro edificio. La correa de la persiana se cortó y mi habitación quedó a oscuras. A veces funciona el portero eléctrico, y ya tuvimos que comprar dos veces un nuevo flexible para el calefón. “Se calienta el teflón” nos dijo el encargado. “Pero para qué necesitan tanta agua caliente, che”. 
 Me persiguen las cosas que no digo y las que digo no me hacen falta. 

- Quizás ese día nadie dijo nada porque es legítimo también sentir que no estás preparado para frenar todas tus historias pasadas y las presentes para que empiece una nueva, entendés? Como que vos conocés a alguien, no? Y de repente estás atravesado por todo lo que te está pasando y podés elegir el camino a que es darle lugar a ese alguien, frenar momentáneamente todas tus historias para empezar a escribir con la otra persona, o el camino be que es seguir adelante con la vida como si no la hubieras conocido, y casi siempre solemos elegir el camino be, porque - S interrumpe
- Pero no sabés nada de cierres, por eso te gusta tanto escribir sobre amor
- ¡¿Acaso se puede escribir sobre otra cosa?!

No hay noche donde no nos encontremos en la cocina con las lagañas pegadas, busquemos algo dulce en la alacena, y no nombremos las cosas que hacen falta.
“Deberíamos comprar una escoba decente”. Como si nombrarlas hiciera que las cosas se materializaran.
Me calzo las ojotas y las medias a la vez, y le digo a S que no se torture, que amar es dar lo que no se tiene….

- ¿Ahora leés a Lacan?
- Lo leí en tuiter, pero lo cito como si lo hubiera leído.

¿Qué es lo que no tengo? En este momento, una correa para la persiana, por ejemplo. 
¿Qué es lo que sí tengo? En la heladera hay siempre huevos y leche. Mi mamá me enseñó a sacarle la cáscara al huevo sin romperlo todo de un tirón, y eso me sirvió más que muchas cosas que lei-. En un cajón, un flexible para agua fría que nunca colocamos porque el que estaba roto era el del agua caliente. Tres botellas de aceite. Muchas bolsas de café Bonafide que compramos de oferta en el día% y nos sentimos poderosas por haberle ganado al capitalismo.

Ya sé, le digo a S, como si hubiera cruzado el Rubicón de las respuestas, “tengo que encontrar una mujer parecida a ella”
Pero que esté en el mismo momento que yo, 
que quiera frenar todas sus historias (presentes y pasadas) para apostar a escribir algo conmigo
Así dejo de ser este cadáver exquisito que soy ahora.
Una vez me dijeron que está bien querer estar entero para ver a alguien y la verdad que nunca me tomé el atrevimiento de ser tan cautelosa 
No conozco eso de “no me siento preparado para”,
La torpeza me invade y como me llevo puestos los muebles y los pupitres de la facultad 
(aunque tal vez sea eso y nada más que eso, la razón por la cual
nunca digo que no). 
Pero esa vez 
Ni ella ni yo
Ni ella ni yo...
S dice que ya tomó una decisión, “y una vez que tomo decisiones, ya no hay vuelta atrás” y yo pienso que qué bien tener esa determinación, que qué mal duelar una relación, que no existen cierres determinantes y, más por vicio universitario que por sabiduría genuina, asevero enfáticamente cosas de las que no estoy segura ni con las que coincido plenamente.
Pero intento encontrar una respuesta estética a esta amargura
(O quizás convertir la amargura en algo estético). 

Hace tanto que no puedo escribir como me gustaría, en esta casa somos un asco escribiendo
Por eso leemos poemas ajenos
Para ver si de ahí sacamos algo 
Nombrarnos en palabras de otrxs
Ya son varias las noches donde cenamos helado, monologo sobre las heridas que abrazo y relamo como si fuera un gato, remato con algún chiste que involucre alguna anécdota banal del día (“sos la persona a la que le pasan las cosas más raras del mundo, sabías?”), S y a veces C, cuando está, festejan; al rato nos vamos a dormir concluyendo que qué tanto más fácil es cocinar una comida rica antes que construir una 

Pero no, ni ella ni yo... 

S se sentó en los banquitos que me prestó mi mamá. Los usábamos para todo cuando estábamos recién mudadas y no teníamos ni mesa ni sillas 
“te acordás cuando estuvimos una semana sin heladera? Parece que fue hace un siglo” pregunta
“Fue la peor semana de mi vida” le digo mientras unto nutella en una galletita de salvado 
“No, no fue” S sabe que exagero. “Qué difícil vincularse” concluye. “Casi tan difícil como cambiarle la correa a la persiana” digo. No debería ser tan difícil, pienso. Pero las cuestiones del deber ser son complicadas. Como el tema de la culpa y la responsabilidad afectiva que ahora se puso de moda (¿ahora se puso de moda?). 
Voy a robar con algo así para la próxima vez que quiera escribir algo. Un poema que diga “vine hasta acá a decirte que no quiero que me ames porque afrontar esa situación sería demasiado”.  

S y yo sabemos que es mentira. Que la semana sin heladera no fue tan terrible, que siempre voy a querer que me amen, que valga la pena juntarse aunque no estés del todo entero, y que en realidad ese día nadie dijo nada porque ya estaba todo dicho pero no hay forma posible de jugar con el sobre entendido

El monólogo sobre las miserias cotidianas concluye, pero esta vez el remate no está tan bueno: 
“por eso ese día nadie dijo nada, ni ella ni yo”.